La lupa
Miércoles 26 de Abril de 2017

Desde arriba

Una fotografía tomada desde la estación espacial muestra un ciclón dantesco que causó enormes destrozos en Australia. El inmenso remolino de nubes se extiende con atemorizante belleza rematada en un vórtice que presagia un apocalipsis. Desde arriba parece un almohadón desarmado, algodón recién sacado de un paquete, el inicio de una instalación de algún artista contemporáneo, sábanas esperando que las tiendan al sol, se asemeja a cualquier cosa menos a lo que es, una formidable máquina de destrucción que borra barrios enteros, amontona autos como hojas secas, abate silos y galpones, saca de cuajo árboles añosos que quedan desparramados en el piso, heridos de muerte.

Desde 400 kilómetros de altura es difícil inferir los vientos de más de 250 kilómetros por hora que no dejan nada en pie a su paso, las marejadas imparables que empujan y el terror que infunden a la gente que los padece. Eso pasa con la lejanía, que atenúa las calamidades, menos las del alma, desde ya. Menos la de una existencia pedestre que debe sortear con poco (o menos) una carrada de vicisitudes que llueven como las lluvias del tornado.

El paso del tiempo, esa otra lejanía, también oficia de tamiz de la desventura y transforma tantas cosas (no todas) en recuerdos nostalgiosos, amortigua los furibundos golpazos de las pérdidas, argumenta consuelos y excusas. Disfraza de costumbre la pérdida del asombro, la ausencia de la sorpresa, el vacío del desamor. Sí, no es para siempre, hay chispazos de vida que despejan las angustias y aparecen de la nada inundando el cuerpo de alegría; apenas hay que poder pasar ese tiempo yermo. Nada menos.


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