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Domingo 06 de Enero de 2008

Charlas en el Café del Bajo - Domingo 6

—Querido Inocencio: Yo soy un río de lágrimas que a veces se vuelve tinta, soy eremita obstinado que no sale de la gruta. Por cuerdas vocales barrotes, y palabras prisioneras. Soy el que habla de cielo, mientras vive en el infierno y discurro sobre luces y soy ciego en la penumbra. Hablo de fuerzas y flaqueo, digo sí y pienso en no. Arremeto y tengo miedo...

—Querido Inocencio: Yo soy un río de lágrimas que a veces se vuelve tinta, soy eremita obstinado que no sale de la gruta. Por cuerdas vocales barrotes, y palabras prisioneras. Soy el que habla de cielo, mientras vive en el infierno y discurro sobre luces y soy ciego en la penumbra. Hablo de fuerzas y flaqueo, digo sí y pienso en no. Arremeto y tengo miedo. Yo soy, como dijo el poeta: “Esa luz que no se encuentra, ese horizonte lejano, que se aleja más y más cuando se extiende la mano”. En fin querido Inocencio, soy una contradicción que lucha por contradecirla.
—¡Ah mi querido Candi! Yo soy el bruto pecado en los tiempos que han pasado, soy ese gran peregrino que abandonó la caverna y se aventura a la vida aunque la tierra sea yerma. Me hago luz en la oscuridad, y de compañía me tengo en horas de soledad. Soy el cubierto de fe, el que no baja los brazos, el que no se da por vencido ni escapa por los atajos. Soy como el poeta que sube por aquellos escalones mientras le murmura al viento: “Yo te adivino como prestidigitador, que saca algo donde parece no haber nada, y puedes multiplicar hasta el infinito las túnicas color de aire, o color de agua, y entonces quedarte inmóvil en el mismo borde de la nada.” Yo soy, mi querido Candi, un David frente a Goliat, arremeto y ya no temo. Soy, para el temible fantasma, una honda pretenciosa y para el que llega sufriente soy una mano con rosas.
—Entonces usted..., Inocencio..., usted...
—Yo soy corazón, usted razón. Soy espíritu o subconsciente advertido, usted es consciente al que la carga ha perdido.
—¿Estoy perdido entonces?
—Alguien ha golpeado a la puerta y ha dicho en una gran carta que somos tres: Usted, yo y ese que nos da vida y que llaman el autor. De manera que, ya ve, apenas si somos parte de alguien que nos anima, que nos conoce muy bien, pero que no conocemos. De manera, mi querido, que ni perdidos ni encontrados, ni vivos ni sepultados. Somos focos que a veces están encendidos y otras tantas apagados. Dice la carta del que ha golpeado a la puerta que somos tres personas distintas en un sólo ser verdadero.
—¿Y qué sentirá ese ser?
—Alguna vez, mientras me creaba con su pluma, escuché que decía: “Yo soy un río de lágrimas que a veces se vuelve tinta, pero soy el cubierto de fe, el que no baja los brazos, el que no se da por vencido ni escapa por los atajos. Soy ese, en esa gruta, traspasado por la espada. Ese que en la gran noche, y en medio de tanta nada, encontró una semilla que resultó ser de dolor. ¿Taumaturgia? ¿Obra de Dios? No lo sé, sólo sé que al germinar, y en el medio de la gruta, la planta tuvo una flor. De la flor se hizo una luz y la luz mostró un camino que me condujo al amor”.
—Tipo raro ese ¿No es verdad Inocencio?
—Sí, tan raro como nosotros y como el que ha golpeado a la puerta. Raros, pero para los enrarecidos. Me parece que, al final, los cuatro podríamos decirle a los lectores: “Sean en los momentos de gruta el que no baja los brazos, el que no se da por vencido ni escapa por los atajos”.


Candi II
candi@lacapital.com.ar

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