La primera vez que lo vi pensé que era un sueño. Había pasado la noche en vela, con los amigos en Grisú, divertido, aunque sin bailar. Nunca me había sentido a gusto en los boliches, sentía vergüenza, sentía que a las chicas no les gustaba, que ninguna iba querer bailar conmigo, pero era el viaje de estudios, qué podía hacer más que salir.
Cansado, esa mañana, después de pasar horas y horas y horas escuchando los mismos temas, música disco, "We will rock you" de Queen, "Piano man" de Billy Joel, mirando a las mismas chicas, alegres, atrevidas, inalcanzables, esperando que el cielo nos bendijera con una nevada, nos levantaron temprano, nos subieron a un micro y nos llevaron a hacer el Circuito Chico.
A nadie se le ocurrió que podíamos querer dormir hasta tarde. A nadie le importó. Tampoco a nosotros que, resignados como vacas que van al matadero, emprendimos el viaje sin chistar, rogando que la ruta fuera larga, tranquila, sin sobresaltos, así podíamos dormir. Un ratito más. Y así fue. Hasta que un sacudón inesperado nos despertó. El micro se había detenido. En un lugar que el coordinador llamaba "el mirador", insistía en que no podíamos perdernos la vista y nos obligó a bajar.
No sé si le interesaba tanto que disfrutáramos del paisaje como que gastáramos los pocos pesos que teníamos en el bolsillo en los puestos que bordeaban el camino.
Estaba muerto de frío, la parka que me habían regalado para el viaje estaba a años luz de los abrigos "técnicos" de hoy. El viento se colaba por las costuras, el cierre de cremallera gruesa que me había subido hasta la nariz, su contacto helado con la piel de mi cara es algo que aún hoy no puedo olvidar. Entonces lo vi. Era un edificio enorme, en la cima de una colina suave que se levantaba entre las montañas, los lagos, las altas copas de los pinos. El más lindo que había visto en mi vida. Un sueño.
De arquitectura alpina
"La edificación de arquitectura alpina, techos de tejuelas de alerce, que se levanta frente a nosotros es el Hotel Llao Llao", explicó monocorde la voz del coordinador. Y siguió: "Actualmente está cerrado, pero en sus tiempos de gloria le dio albergue a presidentes, miembros de la realeza, millonarios que viajaban desde los confines del mundo a conocer la Patagonia".
Lo escuché sin prestarle atención. En el sur, con las mejillas heladas, las aguas del lago encrespadas por la ventisca, el cielo gris, los arrayanes susurrando palabras ininteligibles en los oídos, era difícil concentrarse. Imposible. Más si se había dormido poco, mal, por culpa de un gracioso, seguro que el Kimba, que había abierto la ventana del cuarto para que viéramos que estaba nevando y se había olvidado de avisarnos de que lo había hecho.
"¿Tengo que ir?", pensé, y es lo último que recuerdo, el resto son retazos de "Bambi", Walt Disney tomando whisky parado frente a la ventana de una cabaña de madera y una chica, la más linda que había visto en mi vida, gritándome en la oreja: "Estás mojado, ya no te quiero".
Mil años después
Mil años después, después del tsunami, las torres, el muro, que hay que decirlo se derrumbó sobre mi cabeza cuando menos lo esperaba, cumplí el sueño. Muerto de frío, otra vez, crucé el umbral del gran hotel, con mi pequeña maleta para viajes express en la mano y una agitación que no sentía desde que vi a Susana haciendo shock en blanco y negro en el televisor del vecino, porque en casa había de todo, menos televisor, porque los chicos, en los 60, si sus padres eran jóvenes y progresistas, tenían que leer a Lewis Carroll, escuchar a María Elena Walsh y enchastrarse las manos con témpera ensayando bocetos de Miró, pero jamás de los jamases dejar meter la cabeza en la caja boba.
Entré al hall del hotel, ése que había soñado cuando era un chico que creía en las utopías, que no le importaba el color del dinero. Altísimas paredes de madera que imaginé noruega, acaso por los años que me pasé cantando la canción de los Beatles en un spanglish horrible, y arañas de astas de ciervo, como la mamá de Bambi, pero no tan famosos.
A ambos lados del espacioso salón me encontré con dos hogares que, gracias al cielo, estaban encendidos. Atardecía, sobre la ladera del cerro Tronador, que inmaculadamente blanca alcancé a ver antes de entrar al hotel, vi la luz. Era iridiscente, brillante, como siempre la había imaginado.
En el Llao Llao, porque ese es el sueño que soñé este invierno, una temporada en el amor. Porque, como un viejo amigo me dijo una mañana, mientras desayunábamos junto a la ventana desde la que mejor se veía el lago Moreno, la cordillera, la nieve, "el Llao Llao es un gran hotel si uno va solo, pero es inmejorable si se va de a dos". Yo estuve un fin de semana largo, pleno invierno, con el I-pod cargado de Estelares.
Nadé al aire libre mientras una nevada suave, impalpable, me acariciaba la
cabeza, crucé el campo de golf para degustar un chocolate con torta en una pequeña construcción de
estilo alpino a la que llaman club house, disfruté de una larguísima sobremesa después de una cena
épica del chef Rodrigo Ayala. Me levanté temprano, antes que sonara el despertador, y vi cómo las
montañas cambian de color a medida que el sol encuentra su lugar en el cielo, acompañado de una
taza de café caliente y un rico waffle de moras.
Los sonidos del silencio.
Al caer la noche, cuando el lobby se iba poblando de caras cansadas pero felices, rostros quemados por el sol que refleja la ladera del Catedral cuando se baja deslizándose sobre esquíes, tomé una cerveza artesanal, roja, que me infló el ánimo con el gas que el bueno de Carl Fredriksen, el viejito cascarrabias de “Up”, llena los globos que elevan sus sueños al infinito y más allá. Y lo mejor de todo, escuché los sonidos del silencio, la materia de la que está hecho el sur profundo de la Argentina, ese país de las maravillas que se extiende más allá de las calles, los rascacielos, los bocinazos, de las grandes ciudades.
Las horas perdidas
Fue ahí, mientras unas manos mágicas me daban masajes en la espalda, donde encontré las horas perdidas, las que había dejado olvidadas sobre el escritorio de la oficina, mientras sonaba insistente el ringtone idiota que algún gracioso me cargó en el celular y que no tengo tiempo ni ganas de cambiar. Es que, en el spa del hotel, un oasis que ruego poder volver a disfrutar alguna vez, se respira una calma embriagadora. Perfumada de azar, como dice el tango. Como en el parque que rodea el hotel, donde la paz, el Santo Grial que los hippies buscaban en las mañanas campestres, es más real que la ficción.
Confort a full
Las alfombras que cubren los pisos de madera son gruesas, mullidas, como las del Stanley Hotel, de “El resplandor” de Stanley Kubrick; el estilo alpino del lobby bar, con sillones tapizados en telas verdes, beiges, ocres y oro, evocan el Great Northen Hotel, donde se aloja el agente Cooper en la “Twin Peaks” de David Lynch. Un ambiente de misterio delicado y elegante.
Los cuartos, sobre todo los del ala Moreno, la más nueva del hotel, son un refugio encantador. Sus enormes ventanales dan al paraíso. La montaña, el lago, el bosque, la materia de la que están hechos los sueños. El mío, que lo soñé en el viaje de estudios, cuando todavía no sabía que los sueños podían convertirse en pesadillas, y el de todos los que llegan a Bariloche en busca de la pureza en estado natural. Y la encuentran.
De interés
Tarifas alojamiento: Edificio Bustillo: Economy, $1.485; standard, $ 1.800. Ala Moreno: habitaciones Studio, $ 4.400; suites, $ 7.515.Paquetes de tres noches, temporada alta (agosto), en pesos, por persona (base doble) con IVA incluido. Incluye: desayuno buffet; happy hour, todas las tardes; actividades dentro y fuera del Hotel; libre acceso al Health Club y a la piscina climatizada; traslados desde y hacia el refugio Llao Llao en la base del cerro Catedral; uso del refugio, y traslado in/out desde el aeropuerto, para quienes tomen categorías de habitaciones Studios y Suites.
Tarifa pasajes aéreos: Aéreos con LAN, Aeroparque / Bariloche / Aeroparque / $
609 (precio final).

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