02-11-08 |
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Las ruinas de cinco siglos

La puerta de la ciudad se cerraba a las siete de la tarde. Pararse allí, bajo esa centenaria arcada de piedra coralina, casi permite escuchar cómo la primera colonia europea del continente americano se convertía en un murmullo tras los muros de Santo Domingo, la histórica capital de República Dominicana. La que se enuncia a sí misma como "la primada de América" por la cantidad monumentos históricos primigenios que concentra en la zona antigua.

   El muro de la ciudad colonial se eleva solemne frente al puerto de Santo Domingo. Atravesar la vieja puerta de las atarazanas, donde funcionaba el almacén, es transportarse a un mundo de hace cinco siglos, cuando España radicó en la isla su primera administración. Un mundo con fortaleza, cañones, piedra caliza, rocas coralinas, calles de adoquín y viejas crónicas de piratas empieza a tomar forma ante la vista.

   Están allí la primera casa virreinal, la primera calle del continente, la primera catedral del culto católico en estas tierras y la primera universidad. Esos duros monumentos de piedra, los símbolos de poder de la corona, casitas de dos pisos con rejas que dan a veredas angostas y calles estrechas contienen la genealogía de los últimos 517 años de historia latinoamericana.

   La ciudad colonial de Santo Domingo, fundada el 5 de agosto de 1498, fue declarada patrimonio histórico cultural de la humanidad. Una vez traspuestos los muros se recorre el sector antiguo de Santo Domingo, donde los autos estacionados en la vereda y los cables enmarañados sobre los balcones desentonan con los faroles en las galerías de ventanas curvas.

   Por callecitas de adoquines y con un eco de antiguos pasos en las escaleras que bajan de la muralla se llega al primer palacio virreinal de América: el alcázar de Colón. No de Cristóbal, que no llegó a conocerlo, sino de Diego, hijo del almirante, quien se radicó con su esposa en el castillo de tres pisos construido por mil indígenas. De esos pisos hoy quedan dos, tras su restauración en 1995. Vigas talladas para ahuyentar los malos espíritus conviviendo con el sello de la corona en los mosaicos marcan la primera impronta de una América mixta y sobrenatural.

   Muy cerca de allí, en la casa de la contratación, cuentan que los españoles cambiaban armas por oro a los indígenas taínos que, al ver por primera vez a los conquistadores montados, pensaron que caballo y jinete era una única criatura. La casa de Diego Colón permite ver el movimiento de la ciudad moderna desde sus centenarias ventanas. Da a una amplia plaza con bares desde los que se puede imaginar la vida de aquellos tiempos.

   A través de la antigua Calle de las Damas se llega al fuerte, con sus cañones y reloj de sol. Construcciones de las familias patricias de la época rodean la antigua iglesia de los jesuitas, que tiene una cúpula digna de un dolor de cuello, hoy convertida en panteón nacional.

La más antigua

De estilo gótico isabelino, la catedral primada Santa María de la Encarnación, construida de 1523 a 1541 provoca admiración. La religión que llegó con la conquista convive en ella con el paisaje de la isla: las columnas y el techo imitan majestuosamente los troncos y nervaduras de una palmera. Una combinación de estilos en sus retablos y capillas subyugan entre el silencio de las criptas y lápidas funerarias. El primer cuadro en llegar al Nuevo Mundo (una pintura de la Virgen María que en 1523 sobrevivió a un naugrafio) y un episodio ligado a la piratería completan los atractivos de la catedral. Sufrió pérdidas invaluables en 1586, cuando el Francis Drake cuando sitió la ciudad y fundó las campanas de la primera iglesia para hacer cañones.

La entrada a la catedral está en la plaza donde un Colón de bronce señala al norte de la isla, al punto del Atlántico donde llegaron las carabelas. Si no fuera por el Hard Rock Café instalado enfrente, esa plaza parece un paseo en el túnel del tiempo. No sólo por los faroles o bella la esquina que da inicio a la peatonal. Lustrabotas sentados a la sombra de un árbol añoso, dos ancianas barriendo la plaza con escobas de otro tiempo y un chico vendiendo diarios apilados sobre su cabeza convierten el momento en mágico, que sólo se dispersa con la insistencia de los vendedores de compacts.

La otra cara de Santo Domingo es la ciudad moderna, donde se aprecia la influencia norteamericana en la isla. Los chicos dominicanos, por ejemplo, no juegan al fútbol cuando salen de la escuela sino al béisball, que es el deporte nacional y tributa con sus mejores figuras a las grandes ligas estadounidenses.

Resignar al menos un día de playa para conocer esta ciudad de monumentos fundadores vale la pena. En los hoteles de Punta Cana se contratan tours por 100 dólares. Conviene llevar ropa ligera para hacerle frente al calor. Pero se puede aprovechar el paseo para comprar un ron Barceló o Brugal extra añejo a 10 dólares, adquirir algún recuerdo en las casas de artesanías o, a unos 8 pesos argentinos, tomar una cerveza Presidente en algún barcito frente al malecón.

En las afueras de la ciudad también se puede visitar el Faro a Colón, una mole de cemento con forma de cruz en la que, se asegura, descansan los restos del almirante. Se sostiene que una caja con sus restos fue hallada por azar en la catedral. Pero el tema es motivo de controversia con España, que en medio de disputas por análisis de ADN se arroga la tenencia de los restos del descubridor de América.

Santo Domingo es también una buena oportunidad para probar algo de la gastronomía local, como la yuca frita, el sancocho de carne y verduras o el arroz con habichuelas, una especie de guiso de lentejas que define el sabor local. El más tradicional es el restaurante de comidas típicas El Conuco, ambientado como un rancho que a pesar de la distancia no difiere tanto de una postal gauchesca de la Pampa Húmeda. Allí tampoco faltará baile, sobre todo si un chaparrón se lanza impiadoso sobre el asentamiento europeo más viejo del continente.

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