Lo insólito y lo común
(Por Sebastián Sacco). _ La reedición de Los días de la noche recupera el mundo fascinante y extraño de las ficciones de Silvina Ocampo, una de las grandes cuentistas de la literatura argentina.
En El texto y sus voces, Enrique Pezzoni apunta una "coincidencia casi constante de lo trivial y lo extraordinario" en los escritos de Silvina Ocampo. Publicado en 1970, Los días de la noche responde en principio a esa confluencia entre lo insólito y lo cotidiano, y se reedita hoy teniendo como horizonte, entre otros, un auge de estudios críticos sobre la autora.
Sin embargo, más allá de los procedimientos estilísticos, que en definitiva son los que caracterizan y dotan de un tono propio a los relatos de Ocampo, los veintinueve relatos del volumen ofrecen de por sí un muestrario sorprendente de argumentos, tal como Borges analizara en los bosquejos de Nathaniel Hawthorne.
En "Hombres animales enredaderas", una persona que sufre un accidente aéreo, se metamorfosea y deja absorber por la vegetación de la selva en la que cae. "Las vestiduras peligrosas" presenta a una mujer que se viste provocativamente y descubre, en los periódicos del día siguiente, vejaciones realizadas a jóvenes de otras latitudes con una descripción idéntica a la suya. "Paradela" gira alrededor de un carpintero asociado a objetos que trasmiten vivencias de propietarios anteriores: la voz de Gardel repetida con sólo pisar un taburete que fue suyo; la convalecencia de un príncipe al recostarse en su cama.
En la misma cuerda, y emulando a El curioso caso de Benjamin Button (1921), de Francis Scott Fitzgerald, "Cartas confidenciales" cuenta la historia de un viejo que aparece de improviso en la bohardilla de una casa y es adoptado por la familia del lugar. Conforme pasa el tiempo, el hombre rejuvenece, aunque el relato pone en evidencia, precisamente, algunos procedimientos que lo distancian de la mera "curiosidad" argumental. El prodigio se disuelve en una aceptación silenciosa e inadvertida, mientras el personaje transita la existencia convirtiéndose en un don Juan, un niño, una caricatura desdramatizada o una anécdota dudosa, risible.
El juego de lo inesperado
Por ende, amén de los golpes temáticos, las narraciones de Los días de la noche concretan un salto continuo, el corrimiento justo en el momento de fijar un significado, género o cierre. Así, cuando se encamina hacia el fantástico, el relato decanta en una "naturalización" del suceso, o en el vaciamiento del clásico efecto que debiera producir. A su vez, cuando "lo real" transcurre límpido, se inscribe un suceso anómalo en el fondo de la urdimbre, sin que por ello la anomalía prevalezca, ni cobre mayor relevancia que la superficie sobre la que está impresa.
En última instancia, la ecuación que atraviesa los relatos de Los días de la noche consiste, en cierta medida, en hacer llegar lo que se esperaba desde otro lado: el temor a partir del centro de lo habitual, la gracia desde el campo de lo extraordinario, lo cruel en el mundo de la infancia.
Compuesto por una combinación de cuentos breves en su mayoría, un relato en verso, y dos narraciones con reminisciencias autobiográficas, las narraciones del volumen comparten el devenir de sucesos construidos casi siempre sobre la perspectiva de un "yo", o de esos "yoes" —como quisiera Bajtín—, que van bordeando y eclipsando a los hechos. Cierta impronta intimista y confesional se articula así, ficcionalmente, con la intromisión especular de miradas, frases, usos del lenguaje y versiones que ocupan los espacios del sujeto.
En el "El enigma", por ejemplo, el desconcierto identitario asume la forma de un encuentro casual, "a ciegas", de tintes anticipatoriamente actuales. Un amigo de la narradora atiende en repetidas ocasiones a una desconocida por teléfono, y termina pautando una cita a la cual decide no asistir. En su lugar, la narradora acude con una foto del joven en cuestión, pero, en el momento de mostrar la imagen, ofrece por error otra fotografía que llevaba consigo: la de Raimundo Canino, "el librero". Luego, las duplicaciones y virtualidades se suceden hasta que, finalmente, se concreta una relación en la cual, paradójicamente, la imagen del librero prevalece en la imaginación de la joven.
"Celestino Abril" narra y ejemplifica también la conversión de una identidad, o de la imagen que se tenía de un personaje. Siendo una especie de santo en la comunidad, persona piadosa, rica y generosa, Celestino confiesa al borde de la muerte que mató por codicia a su hermano. A renglón seguido, declara que, "no para redimirse, sino para disimular", aparentó una bonhomía constante a lo largo de su vida. El cierre es asimismo paradigmático; lejos de la heroicidad y la traición, algunos aplauden, el cura lo absuelve, los médicos le dan el alta.
Por último, entre los relatos en clave autobiográfica, "Nueve perros" destaca por un sostenido aliento, de una poeticidad conmovedora y una contundente sencillez estilística, que va entrelazando la biografía de diferentes perros con los recorridos vitales figurados por la voz narrativa. Como un índice de las personas, y de las múltiples cargas de sentido desplegadas en la obra de Ocampo, leemos sobre ellos: "Alegre, con ojos tristes, dando saltos, vivió perdido en la sombra. Desapareció. Ni siquiera murió"; "Odiaba su propia imagen, le gruñía, trataba de morderla en los estanques y a veces hasta en la sombra".
CUENTOS
Los días de la noche
de Silvina Ocampo. Lumen-Sudamericana, Buenos Aires, 2012, 306 páginas, $ 95.
Perfil
Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993) pasó un poco desapercibida en el grupo de la revista Sur, que integró, ante las presencias más fuertes de su hermana, Victoria Ocampo, y de su esposo, Adolfo Bioy Casares. No obstante, escribió una de las obras más importantes de la literatura argentina del siglo XX, con títulos como Autobiografía de Irene (cuentos, 1948), La furia (cuentos, 1959), La naranja maravillosa (cuentos infantiles, 1977) y Las reglas del secreto (antología, 1991). Además tradujo a Emily Dickinson, entre otras autoras.
