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Martes 21 de mayo de 2013
Domingo, 03 de junio de 201201:00

El escritor con el médico

(Por Osvaldo Aguirre / La Capital). _ Soy escritor, dice, cuando el médico toma una silla y se sienta. Están frente a frente. Hay un momento de silencio. Hace setenta años que escribo y cada...

 

Por Osvaldo Aguirre / La Capital (oaguirre@lacapital.com.ar)

Soy escritor, dice, cuando el médico toma una silla y se sienta. Están frente a frente. Hay un momento de silencio. Hace setenta años que escribo y cada vez es mejor, dice él al fin, y sonríe.

Esta mañana se sintió un poco mareado, un problema de la presión. El médico, con uniforme verde oscuro, le envuelve el brazo izquierdo en una faja, y él lo deja hacer, un poco desentendido de sus movimientos. Le cuenta que está escribiendo, le habla de la obra, como si hablara de una mujer, y dice que ella lo cuida.

Pero la obra también le exige. Le pide su tiempo. A las nueve y media ya está con ella y si no lo llaman para almorzar es capaz de seguir hasta bien entrada la tarde. Pero no siente el menor cansancio: escribe a mano, toma notas en pequeños papeles de distintos colores que deja en su escritorio, alrededor de la máquina de escribir, la máquina con la que ha escrito sus novelas y cuentos. Y siempre a mano, desde su primer relato, que escribió en el reverso de un pilón de votos del Partido Socialista en las elecciones de 1948, esos votos que llevó a la escuela de Mitre y Viamonte, donde fue fiscal de mesa, y que quedaron casi intactos al final del comicio.

Escribir es inventar, dice él, y hace un gesto con la mano, como si probara un pase de magia. Qué escribe, pregunta el médico, un poco sorprendido. Soy narrador, responde él. Narrador, repite el médico. Novelista, dice él. Ah, dice el médico. Y el señor, dice él y me señala, a un costado, trabaja en el suplemento cultural del diario La Capital. Ah, La Capital, repite el médico, como si de pronto recibiera un dato que pone en funcionamiento su cerebro.

Qué importante es expresar los sentimientos con las palabras, dice el médico. Y de pronto, incomprensiblemente, cuenta algo que vio por televisión: un incidente del primer ministro inglés en la Cámara de los Lores, lo que le respondió a una diputada. Una especie de chiste malísimo, que sin embargo nos hace reír.

Bueno, la presión está bien, dice el médico después de una pausa. Retira la faja, la guarda en su maletín y se pone a completar un formulario con los datos de la consulta. Tiene que descansar, dice. Hay que saber dejar las cosas para mañana, dice. No escriba tanto, dice. Y eso cómo se hace, pregunta él, y vuelve a sonreír.

El médico se va, y él ya no se siente tan mareado. Por hoy no volverá al cuarto que da a la calle, de donde le llegan los sonidos, las voces de la ciudad. Eso que alimenta su obra, que sigue hablando en lo que escribe, una memoria y un conocimiento intactos. Igual que las viejas preguntas, que vuelve a hacerse sin necesidad de una respuesta, sólo para disfrutar del misterio. Como fue que él, hijo de un minero asturiano apenas instruido, se volcó a la literatura. Qué lo llevaba a la Biblioteca Argentina, cómo pudo leer las 800 páginas de Guerra y paz cuando era un adolescente, cómo fue que el 26 de agosto de 1944 estuvo en el Savoy durante un concierto de Ken Hamilton, cuando Ken Hamilton interrumpió su número para anunciar la liberación de París e hizo cantar tres veces La Marsellesa, cuando el público salió en manifestación hacia la calle Córdoba, donde los esperaba el escuadrón de seguridad, con los sables desenvainados.

El 10 de junio hay que ir a Fisherton, dice. Por los robles. Así como junio es el mes de los robles, dice, enero es el mes de los palo borrachos y marzo el de las acacias. Y no las acacias en abstracto, por ejemplo, sino las de Saladillo. Tampoco las acacias de Saladillo en general, por ejemplo, sino la de Saavedra y 1º de Mayo. Esa que él miraba desde el bar de la esquina, mientras tomaba un café y una ginebrita. Otro tiempo que vuelve en este tiempo, que pertenece más al futuro que al pasado desde que persiste en sus palabras, esa materia de la que están hechas las historias de Jorge Riestra.

Tags: senales P02

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