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Jueves 20 de junio de 2013
Domingo, 04 de marzo de 201201:00

Profesiones para mujeres

(Por Virginia Woolf). _ Con ironía y sutileza, la autora de Orlando reflexiona sobre la situación de las mujeres en la producción literaria. Anticipo de un libro que reúne ensayos críticos.

Por Virginia Woolf

Cuando la secretaria me invitó a venir, me dijo que esta sociedad se ocupaba de todo lo referente a las posibilidades de empleo para las mujeres y sugirió que podía hablarles acerca de mis experiencias profesionales. Es verdad que soy mujer; es verdad que tengo una profesión; pero ¿qué experiencias profesionales he tenido? Es difícil decirlo. Mi profesión es la literatura, y en esa profesión hay menos experiencia para las mujeres que en cualquier otra, excepto en el escenario; menos, quiero decir, que sean peculiares a las mujeres. Porque el camino fue abierto hace muchos años: por Fanny Burney, por Aphra Behn, por Harriet Martineau, por Jane Austen, por George Eliot; muchas mujeres famosas, y muchas más ignotas y olvidadas, han estado aquí antes que yo, han allanado el camino y guiado mis pasos.

Así, cuando llegué a escribir, encontré pocos obstáculos materiales en mi camino. Escribir era una profesión honorable e inofensiva. La paz familiar no se veía perturbada por el susurro de la pluma. No implicaba tampoco ninguna exigencia para el presupuesto de la familia. Por diez chelines o seis peqniques una puede comprar papel suficiente para escribir todas las obras de Shakespeare..., si una tiene una mente capz de hacerlo. Una escritora no necesita pianos ni modelos, París, Viena y Berlín, maestros y amos. El hecho de que el papel para escribir sea tan barato es la razón, por supuesto, de que las mujeres han triunfado como escritoras antes de alcanzar el éxito en las otras profesiones.

Pero si quieren que les cuente mi historia... es más bien simple. Solo tienen que imaginar a una chica en un dormitorio con una pluma en la mano. Solo tenía que mover esa pluma de izquierda a derecha, desde las diez hasta la una. Luego se le ocurrió hacer algo que, después de todo, es simple y barato: colocar algunas de esas páginas en un sobre, pegar una estampilla de un penique en el margen superior y echar el sobre en el buzón rojo de la esquina. Fue así como me hice periodista, y mi esfuerzo fue recompensado el primer día del siguiente mes -fue un día muy glorioso para mí- con una carta del editor que contenía un cheque por una libra, diez chelines y seis peniques. Pero, para mostrarles cuán poco conozco de las luchas y las dificultades de esas vidas, he de admitir que, en vez de gastar ese dinero en pan y mantea, en el alquiler, en medias y zapatos, o en pagar la cuenta de la carnicería, fui y me compré un gato: un hermoso gato, un gato persa, que muy pronto habría de causarme amargas disputas con mis vecinos.

¿Acaso podía haber algo más fácil que escribir artículos y comprar gatos persas con las ganancias? Pero esperen un momento. Los artículos deben versar sobre algo. El mío, según creo recordar, versaba sobre una novela de un hombre famoso. Y mientras escribía esa reseña descubrí que, si iba a reseñar libros, tendría que batallar con cierto fantasma. Y el fantasma era una mujer, y cuando llegué a conocerla mejor le puse el nombre de la heroína de un famoso poema: el Angel de la Casa. Ella acostumbraba interponerse entre el papel y yo cuando escribía las reseñas. Me molestaba y me hacía perder el tiempo, y tanto me atormentó que al final la maté. Ustedes, que vienen de una generación más joven y más feliz, probablemente no habrán oído hablar de ella; tal vez no sepan lo que quiero decir cuando hablo del Angel de la Casa. La describiré con la mayor concisión posible.

Era intensamente comprensiva. Era inmensamente encantadora. Era de una generosidad asombrosa. Se destacaba en el difícil arte de la vida familiar. Se sacrificaba día tras día. Si había pollo para cenar, ella comía el ala; si había una corriente de aire, se sentaba allí por donde pasaba; en suma, era tan compuesta que jamás tenía un pensamiento o un deseo propios; en cambio, siempre prefería simpatizar con los pensamientos y los deseos ajenos. Sobre todo -no necesito decirlo-, era pura. Se suponía que su pureza debía ser su mayor belleza: sus rubores, su gracia inexorable. En aquellos días -los últimos de la reina Victoria-, todas las casas tenían su Angel. Y cuando empecé a escribir, la encontré con las primeras palabras. La sombra de sus alas cayó sobre mi página; oí el susurro de su falda en la habitación. Es decir que no bien tomé la pluma para reseñar la novela de aquel hombre famoso, ella se deslizó a mis espaldas y murmuró: "Querida, eres una mujer joven. Estás escribiendo sobre un libro escrito por un hombre. Sé comprensiva; sé tierna; adula; engaña; usa todas las artes y astucias de nuestro sexo. Jamás permitas que nadie sospeche que tienens pensamiento propio. Por encima de todo, sé pura". E hizo el intento de guiar mi pluma.

Ahora mencionaré el único acto por el que puedo darme crédito, aunque el crédito en realidad pertenece a ciertos ancestros excelsos que me dejaron una suma de dinero -¿digamos quinientas libras anuales?- para que no tuviera que depender exclusivamente de mis encantos para ganarme la vida. Me volví hacia ella y la tomé por el cuello. Hice lo imposible por matarla. Mi excusa, si debiera enfrentarme a un tribunal, sería que actué en defensa propia. De no haberla matado, ella me habría matado a mí. Habría arrancado el corazón de mi escritura. Porque, como descubrí apenas apoyé la pluma sobre el papel, es imposible reseñar siquiera una novela sin tener pensamiento propio, sin expresar lo que a nuestro entender es la verdad sobre las relaciones humanas, la moral, el sexo. Y según el Angel de la Casa, las mujeres no pueden abordar libre y abiertamente todas estas cuestiones; deben encantar, deben conciliar, deben -para decirlo sin pelos en la lengua- mentir para poder triunfar. Así, cada vez que sentía la sombra de su ala o el resplandor de su aureola sobre la página, levantaba el tintero y lo arrojaba contra ella. No se dejaba matar con facilidad. Su naturaleza ficticia la ayudaba mucho. Es mucho más difícil matar un fantasma que una realidad. Siempre volvía arrastrándose cuando pensaba que por fin la había despachado.

Aunque me regodeo pensando que en última instancia la maté, la lucha fue ardua; me llevó mucho tiempo, que podría haber empleado mejor estudiando gramática griega o recorriendo el mundo en busca de aventuras. Pero fue una experiencia real; fue una experiencia que estaría destinada a afectar a todas las escritoras en aquella época. Matar al Angel de la Casa era parte de la tarea de toda escritora.

El laboratorio de la escritora

Virginia Woolf (Londres, 1882-1941) publicó entre otras novelas Noche y día (1919), La señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Orlando (1928) y Las olas (1931). En 1938 apareció su libro Tres guineas, en apoyo de los derechos de la mujer. La edición original de La muerte de la polilla apareció en 1942 compilada por su esposo, Leonard Woolf. “Profesiones para mujeres”, del que se publica un fragmento, es el texto de una ponencia leída ante The Women’ s Service League.
  “De haber vivido —dice Leonard Woolf en la nota introductoria—, no caben dudas de que ella hubiera hecho grandes modificaciones y revisiones en casi todos los ensayos antes de permitir que aparecieran en formato de libro. A sabiendas, uno vacila en el momento de publicarlos como quedaron. Yo decidí hacerlo, primero, porque me parecen dignos de ser publicados otra vez y, segundo, porque, de todas maneras, los que ya han aparecido en otras publicaciones habían sido escritos y revisados con inmenso cuidado. No creo que Virginia Woolf haya aportado a algún periódico o revista un artículo que no hubiera escrito y reescrito varias veces”.

ENSAYO

La muerte de la polilla

(y otros ensayos)

de Virginia Woolf. Traducción: Teresa Arijón. La Bestia Equilátera, Buenos Aires, 2012, 272 páginas, $ 87.

 

Tags: senales P03

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