De Aníbal Brizuela poco se sabe. Es un habitante de la Colonia de Oliveros. Se supone su edad (74 años). Nunca un familiar reclamó por él. Es ese hombre flaco, que hace más de 40 años recorre el amplio predio del hospital, y que dibuja compulsivamente. ¿Quién es Aníbal Brizuela? ¿Un dato, una filiación, un nombre en un documento, sus amistades o un relato? Esa es la pregunta medular que plantea Rubén Plataneo en Tanke Papi, un documental que se estrenará el jueves, a las 19, en la sala Arteón (Sarmiento 778) y que opera como un retrato sobre este hombre de mediana estatura, flaco, con un humor muy particular y que expuso en la feria Arteba, en galerías locales, en el museo Macro y cuya obra hoy despierta interés en una galería de Francia.
Pero todo esto no ha cambiado los hábitos de Aníbal. Sigue en la Colonia, y no deja de dibujar. Lo hace con biromes de colores y sobre papel, sus trabajos son para él mensajes que va dejando en distintos lugares del hospital. “Son su oráculo”, advierte su curadora, la artista plástica Fabiana Imola, que desde hace años acompaña a Brizuela en su producción.
Imola tiene a su cargo un taller de plástica en Oliveros y allí se encontró con los dibujos de Brizuela. “Creo que fue en 2000 o 2001. Un día voy a la administración de la Colonia, donde se guardan muchos papeles, y veo una carpeta enorme con gran cantidad de dibujos y pregunto: «¿Pero estos dibujos de quién son?» Y me contestan: «Son de Aníbal, el Negro Brizuela, el que está siempre parado adelante, en la entrada». Les expliqué que era un trabajo bárbaro y se los pedí. Lo busqué y empecé a hablar con él, lo invité al taller, pero por supuesto que nunca vino, pero sí aceptó participar de una muestra que hacemos todos los años”. Ese fue su bautismo de fuego.
La película de Plataneo tiene varios comienzos. Uno de ellos es el viaje de Brizuela a Buenos Aires para asistir a Arteba. Poco se sabe de Aníbal pero todo indica que no había salido nunca de la Colonia. Acompañado por Imola, el encargado del área cultural de Oliveros, Martín Rodríguez, y de Plataneo, su cámara y el equipo de rodaje, la experiencia sorprendió a todos.
Brizuela integró el grupo de artistas convocados por el Club del Dibujo, de Claudia del Río, que expuso en Arteba en 2005. Hacia allá viajó el artista. Junto al equipo de rodaje, recorrió la muestra, haciendo comentarios de distintas obras. Claro, en su estilo. “Están haciendo yoga”, dijo por ejemplo sobre dos esculturas, o “yo le digo «no fumés», y fuma”, señalando un supuesto cigarro que él había dibujado.
Las puertas de la memoria
En el filme Plataneo empieza a acercar pistas para descubrir quién es Aníbal. Allí aparecen, por ejemplo, dos testimonios de asistentes a la feria que refieren a la capacidad espiritual de los artistas. Una joven dice: “Son ángeles”. Y el propio Brizuela opinó su la muestra: “Fue una reunión de espiritistas”
Pero el documental en realidad comienza con una pregunta sobre el propio filme que hace Brizuela y luego aparece una imagen muy atractiva y difícil de develar. Y ese es otro de los misterios, la mirada y sus velos, a los que refiere el protagonista en gran parte de su obra y de sus historias.
A modo de narrador aparece Martín Rodríguez, quien durante la película intentará acercarse a la pregunta sobre Brizuela, ampliándola, fundiéndola con otras, interrogando en clara complicidad con la mirada del protagonista.
Porque si hay una clave en el filme es el planteo sobre lo que se ve. Ese es el juego elegido por el director para no responder desde un solo lugar a la pregunta por la identidad de este hombre desconocido que comienza a contar sobre él cuando alguien reconoce sus dibujos. “Ese niño espantado” con “pensamientos tan particulares” que son como “caballos desbocados tras la puerta de su memoria”, advierte al espectador el narrador.
Y en esa búsqueda de miradas o de colaboradores para construir una respuesta, Plataneo elige también a otros artistas que validan a Brizuela (Daniel García, Norberto Puzzolo, Florencia Balestra que aparecen en sus muestras saludándolo), curadores (Fernando Farina) o los propios internos de la Colonia que conviven con Aníbal. También un ejecutivo de una importante corredora de cereales que invita a Brizuela a su oficina en el Palacio Minetti para mostrarle dónde tiene colgada su obra o una elegante señora en una galería porteña que se acerca a hacerle un comentario. Todos construyen el relato. La cámara también.
El hombre de la radio
Imola no duda, “Aníbal es un artista”. Y explica sus razones: “El camino empieza con el reconocimiento de su obra por parte de otros artistas. Yo me iba a Buenos Aires por mi obra y mostraba la de él, a León Ferrari, por ejemplo. O sea, el aval a su obra viene desde otros artistas. A partir de ese momento empezó a ingresar a lo que sería «el circuito». Así, Claudia Del Río lo invita a Arteba, empieza a formar parte del Club del Dibujo, después hay una muestra en el Macro (2007), donde armé un mural enorme, como de 7 metros de largo, con cientos de sus dibujos, y ahora encontré un galerista de art brut en Francia interesado en su obra”.
Pero a Aníbal la fama no lo modifica en sus rutinas, él no cesa de dibujar. “El dinero a él le interesa para darlo, cuando se vende algo de él, la plata es de él. A través de ese dinero se autobanca su obra, en el hospital no hay recursos para comprar papeles, para los viajes, marcos, sus materiales, salimos con él a comprarlos, igual que su ropa y sus radios”.
Sí, sus radios, porque Brizuela pide siempre que le compren una radio, la que desaparece “porque tiene un detonador” y entonces otra vez reclama una nueva. “Ya le compramos cientos de radios, y lo seguiremos haciendo”, comenta Imola entre risas.
El humor y la tragedia
El encargado del área cultural de la Colonia también ve a Brizuela como un artista pero agrega: “La historia de Aníbal es puro enigma y el enigma disuelve las historia con su paso invisible —dice Martín Rodríguez—. Misterios, sombras, huellas distorsionadas, son los velos, son los velos que hacen de todos los tiempos uno mismo, de todas las percepciones muchas más”.
Rubén Plataneo coincide: “Aníbal es alguien tan entrañable como misterioso, su compulsión expresiva y su obsesión por el cuidado de las personas estimularon mi reincidencia en la belleza, el humor y la tragedia”. Y anticipa que “todo espectador de Tanke Papi se hace partidario de Aníbal sin concesiones y siempre lo recordará con ternura y una sorprendida sonrisa”.
Si bien en la película hay melancolía y cierta tristeza (apoyada por la excelente música del grupo Angela Tullida), también hay humor.
Algunos comentarios de Brizuela pueden sonar a broma o ironía. Aníbal le gana la pulseada al director cuando en distintas escenas revela la ubicación de la cámara. Y es evidente que así lo entendió el propio cineasta que no dudó en el montaje en aprovechar esos guiños.
Dice Plataneo: “Yo sostenía firmemente mi posición de no salir de detrás de cámara, porque no soy partidario de la autorreferencia, pero Aníbal en algún momento revelaba mi ubicación, me arrastraba al borde. Me saludaba. Mirando fijo al objetivo se burlaba si me tiraba al piso para encuadrarlo. Don Brizuela siempre, con mucha seriedad, se burla de todos nosotros”. Fin, o principio.
Contacto en el río
En los dibujos de Aníbal Brizuela abundan las referencia a cuestiones místicas, pero también a personajes de la televisión o la radio, armas, y vocabulario hospitalario. “Tanke Papi” llamó, supuestamente, a un dibujo de un proyectil antitanque. Brizuela dice que su padre era policía. En la película el dibujo está documentado, aparece, se lo ve, pero hoy nadie lo encuentra, desapareció.
Brizuela ha sumado a su tarea de artista la de escritor, un ejemplo es el siguiente texto que pergeñó para una muestra en el Macro:
“Una vuelta, estaba pescando cerca del río y vi un plato volador. Me quedé asombrado porque estaba a baja altura sobre el río. Tenía forma de sopapa y no sé qué hacía pero el agua hervía. Me quedé mirando, de repente algo picó, miré la caña y cuando volví a mirar hacia el plato volador, ya no estaba. No le di importancia.
Dije: «serán los sabios o los químicos que andan izando globos». En el Uritorco siempre hay alguien.
Toda siembra es mala, negra.
La fuerza mental rechaza el daño.
Escucho: «No te confiés de los enfermeros».
Experimentan con el cuerpo, con los cuerpos. Las luces son rojas y azules como las luces de los platos.
Están conectados. Todo está conectado al pulmón electrónico. Todos respiramos porque ellos quieren. Somos como su sueño. Cuando no nos quieran más, nos apagan y a otra cosa”.

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