Mirada marciana (Haroldo Conti), narradora errática y vacilante (Ricardo Piglia) y mejor escritora argentina (Fogwill), son algunos de los calificativos que ha recibido la obra de Hebe Uhart. Persistente, fiel a sí misma, esta maestra del relato breve y el registro oral, señala —con mirada extraña y oído proverbial — los modos de funcionamiento de nuestra sociedad. Tuvo escasa difusión en los ochenta y los noventa, hasta que la aparición de Del cielo a casa y la reedición de Camilo asciende le dio el demorado reconocimiento de la crítica. Respetada de modo unánime y considerada una escritora de culto, ha influido con potencia en las nuevas camadas de escritores y escritoras.
Nació en Moreno, en 1936, estudió filosofía en la Universidad de Buenos Aires y trabajó como docente primaria y secundaria y de filosofía en la Universidad de Buenos Aires y en la de Lomas de Zamora. Publicó Dios, San Pedro y las almas (Menir, 1962), Eli, Eli, lamma sabachtani (Goyanarte, 1963), La gente de la casa rosa (Fabril, 1970), La elevación de Maruja (Cuarto mundo, 1973), El budín esponjoso (Cuarto mundo, 1976), La luz de un nuevo día (CEAL, 1983), Leonor ( Per Abbat, 1986), Camilo asciende (novela, Torres Agüero, 1987), Memorias de un pigmeo (Alta pluma, 1992), Mudanzas (nouvelle, 1995, Bajo la luna nueva, 1997), Guiando la hiedra ( Simurg, 1997), Señorita (nouvelle, Simurg, 1999), Del cielo a casa (Adriana Hidalgo, 2003), Camilo asciende y otros relatos (novela, Interzona, 2004) y Turistas (Adriana Hidalgo, 2008).
Están en edición un libro de cuentos elegidos (Alfaguara), uno de crónicas de viajes (Adriana Hidalgo) y Un día cualquiera (cuentos y crónicas, Editorial Malón). Fue incluida en numerosas antologías y revistas del país y el extranjero, Laura Yusem dirigió, con textos suyos, la obra de teatro Querida mamá o guiando la hiedra, obtuvo el Premio Konex en Cuento, por el quinquenio 1999-2003 y vive en Buenos Aires, donde coordina talleres literarios.
Se dijo de ella
Una literatura que no se adapta a las reglas de la gramática, de los géneros, de los clisés, y perturba los usos discursivos más habituales para sostener una mirada extrañada (Sylvia Saitta. La Nación, 28 de octubre de 2003).
Le ha dado a la literatura argentina decenas de personajes emocionantes, inolvidables, que establecen al hablar, al actuar, al tener sentimientos por otros, una manera de existir, de resistir, de no entregarse (Elvio Gandolfo, prólogo de Camilo asciende y otros relatos).
Es intransigente —su mirada no sale de sí, tiene la autonomía de ciertas locuras— y, con sus personajes, tiene el mismo buen trato que su maestro Felisberto Hernández (Tomás Abraham, Página/12, diciembre de 2004).
Ella dijo
A mí me parece bien que un escritor se ponga en sus personajes, cuanto más los muestre tal como son, mejor. Pienso que el escritor debe desaparecer para dejarlos hablar (Flavio Lo Presti. La Voz del Interior, 24 de octubre de 2008).
Sigo el consejo de Chejov en el que creo absolutamente: dejar de lado el contenido de lo que dice el personaje para atender a cómo lo dice, mirar del personaje cómo se mueve cómo camina, cómo se calla, etcétera. Lo que alguien dice, en materia de juicios valorativos, ideológicos entra en el circuito de su clase social, grupos de pertenencia, todos escuchamos más o menos las mismas radios, leemos los mismos diarios, por lo tanto la mayoría de las veces nuestros comentarios que pretenden ser muy personales, no lo son. A mí me interesa la especificidad de las personas (Presentación de Turistas, Córdoba, noviembre de 2008).

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