Los lunes tienen siempre ese principio de hastío que recién se disipa sobre el viernes; eso que estira las horas como chicle y las hace largas, tediosas, tan de lunes en la oficina. Pero éste es peor: está atrapado en Rosario con 37º en la calle, y a pesar del aire acondicionado con su ambiente de abril artificial, no puede disimular las ganas de mandarse a mudar; aunque afuera aguarde ese sol de desierto con su bochorno de sudor, con su promesa de camisa pegoteada. Es peor porque ahí, sobre el escritorio, hay doce legajos apilados que esperan por su firma; dos proyectos por presentar y ocho reclamos que atender. Peor porque marca su regreso al trabajo después de dos semanas de licencia; dos semanas de río, sierras, aroma a pino fresco. Este lunes más lunes que nunca le pesa el olor a peperina que perdura en su memoria, la corbata lo asfixia con su opresión de condena, le duele adaptarse otra vez a esta rutina olvidada, incómoda como el cambio de las ojotas por los mocasines que le aplastan los dedos del pie. Pero no le queda otra que aceptar las cosas como son; firma legajos, responde mails, lee circulares.
A media mañana se sirve café. Cierra la puerta del despacho y refugiado en la intimidad se quita los zapatos para acariciarse los pies doloridos. Nunca antes le pasó, a pesar del hastío de lunes, del desacople del regreso, de esa nostalgia de bermudas y de ojotas, nunca tuvo que sacarse los zapatos. Bebe café y fuma sin prisas antes de retomar su labor. Mientras lo hace se rasca la nariz y siente la piel como granulada, áspera. Se acaricia con la yema del dedo; tiene la piel rota, consecuencia de la larga exposición al sol. Casi como al descuido, toma un pellejito y tira hasta arrancarlo: lo mira sin interés, sacude los dedos y lo deja caer sobre la alfombra.
El timbre del teléfono lo saca de su concentración y levanta el tubo: Hola, bien, gracias; sí, por suerte la pasamos muy bien. Cambia de mano el tubo para aplacar la comezón que le afecta la aleta derecha de la nariz. Otra vez la piel se resquebraja y se abre; queda un pliegue del cual tirar para arrancar el pedazo seco. Es un impulso insensato pero irresistible, como las ganas de rasgar un empapelado, como las ganas de despegar las etiquetas de las botellas cuando una punta se nos muestra sugerente, tentadora. Cuelga el teléfono y se da cuenta de lo que hace pero ya no puede detenerse, ahora la comezón se traslada a su frente y se rasca con frenesí. «Menos mal que cerré la puerta —piensa— para que nadie me vea hacer esto, rascarme como sarnoso, como infectado».
Usa las dos manos hasta que la piel seca se empieza a despeluchar, pasa sus dedos como para quitarse un flequillo inexistente y la siente caer. Busca con las uñas como pinzas hasta encontrar un pliegue y tira; primero saca un pedazo informe que se le pega en el pulgar, después otro más grande. A medida que saca, perfecciona su técnica. Al rato ya obtiene largas tiras de piel de su frente, tiras angostas y prolongadas que cuando las corta se enroscan, dibujan tirabuzones en el aire y caen hasta la alfombra. La comezón crece. Se rasca detrás de las orejas, las mejillas, las cejas, los hombros. Sabe que tiene que detenerse pero no puede. Afloja el nudo de la corbata y siente un gran alivio, como si entrara más aire a los pulmones; desabrocha el primer botón de la camisa y es una caricia de brisa crepuscular. Con el segundo, un rumor de arroyo le invade el pecho. Piensa que debe parecer uno de esos oficinistas de publicidades de agua mineral. Qué carajo, al fin y al cabo se siente así y hace falta aflojar esa opresión que ahoga. Después de todo, está solo en la oficina, a salvo de las miradas indiscretas de sus subordinados que no entenderían ese vínculo con la naturaleza porque ellos no salieron todavía de vacaciones. Están ahí, con los sentidos inmunes al olor del río, contentos con ese aire fresco de cotillón, el verde en el tapizado de las sillas reclinables, la luz de fluorescente. Qué van a entender.
Pero tiene que sacarse la camisa porque lo asalta esa comezón en todo el cuerpo; el rito de arrancarse la piel a tiras es irresistible. Se pela los hombros y la espalda hasta que le duelen los brazos por la torsión. Y se quita toda la ropa para sacarse la piel a pedazos, hasta que no queda más que este pellejo verde y escamoso, esta lengua bífida que asoma entre los colmillos. Repta para alejarse del montón de ropas tirado en el piso, pasa por debajo de los escritorios de los demás oficinistas que lo miran espantados y sale a la calle y al sol de desierto que le hace tan bien.

Para dejar un comentario es necesario estar registrado.
Regístrese sin cargo, o si ya está registrado ingrese aqui..
Último Momento | Ovación | Cartelera | Participá | Multimedia | Clasificados | La Ciudad | Política | Economía | La Región | Información Gral | Salud | Escenario | El Mundo | Policiales | Página Solidaria | Cartas de lectores | Turismo | Mujer | Señales | Educación | Comunas y Vecinos | Estilo |