19-04-09 | Por Jorge Barquero
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Lombrices

El narrador que regresa. Jorge Barquero, con nuevas historias para leer.

Me citó en un bar y me pidió que le corrigiera unos relatos escritos en unos volantes publicitarios de supermercados La Gallega. Terminó siendo un gran amigo mío y de mi computadora. Pero antes de meterle mano a la corrección, a manera de buscarle o confirmar el tono de su narrativa, le pregunté a Larghi acerca de su presente. En fin, otro relato.

Allá, en un pedazo de tierra mal prestada, mi amigo cría lombrices. Cuando me lo contó, estábamos sentados en el comedor de mi casa. Me demoré en la pequeña cuchara de café, removiendo el azúcar en el infinito de comprender eso de aumentar las posibilidades de la naturaleza. Hasta ese instante de su comentario, para mí, criar lombrices era un perfecto desatino, un hecho sujeto a una encarnizada terapia, comparable a reproducir sapos en un arroyo. Las lombrices están y estarán siempre ahí, porque sí, basta hender la tierra para que se asomen. Cosa de niños.

Él me lo dijo con una sonrisa que apenas le movía los labios. Comprendí que intentaba hacerme cómplice de algo más. Y no me equivoqué: las lombrices no "agarraban", no se multiplicaban, agregó; mi amigo no veía la tierra porosa, distendida y atravesada por el paso de la lombriz en busca de su comida, de su aire o de su simple estar en la tierra junto a otras lombrices.

Mi amigo vive en la ciudad y tiene dos hijos que tienen un padre que cría lombrices. Muy temprano, todos los días, toma el camino hacia el campo mal prestado. En el trayecto, no lo conmueve la amenaza de un sol fuerte o de un frío intenso; piensa, sí, en el agua para la tierra de sus lombrices: el dueño del campo ha retirado el bombeador y mi amigo deberá acarrear agua, vaya a saber de dónde. De dónde también se le ocurrió criar conejos, ni él puede asegurarlo.

—Hago las jaulas a mano, con madera de los alrededores.

—Ajá.

—Y ya tengo el primer macho. Cosme le puse, así se llama. Porque el nombre de todo conejo que se precie de tal debe empezar con co.

—Claro, viejo, claro.

Me miró con entusiasmo:

—Y además, me enteré de que los conejos se morfan o se amasijan entre ellos, ¡mirá vos los conejitos!

Un ruido de la calle superó mi atención. En segundos, cuando recuperé el entorno, el rostro de mi amigo reflejaba un pensamiento que supuse oscuro. Tal vez estaría asociando esa costumbre de los conejos con la futura y expectante vida de sus lombrices. Su cara, al menos, me decía eso.

—Mi cara no decía nada —me dijo de repente.

—¿Cómo decís? No te entiendo.

—Que mi cara no decía nada, pero mi pibe, anoche, cuando llegué a casa me dijo "papá, estás contento".

—¿Cuántos años, che?

—Siete años, mirá vos y era cierto, porque esa tarde, en el campo, así a ojo, noté que por primera vez la tierra estaba más espumosa, como que las lombrices ya "agarraban".

Miré el fondo de mi taza queriendo huir del momento. Y hasta es probable que no haya pensado en nada. O sí:

Mi amigo no se llama don Zenón, ni está jubilado, ni es agricultor. Es un farmacéutico joven que no encuentra, en su país, la recompensa digna por sus años de estudio, por su formación. Tiene las manos duras, por las herramientas; y laceradas, por alambres; callosas; manos que penetran la tierra todos los días, en la soledad de sus ambiciones cambiadas. Pienso que un diploma estará colgando en algún lugar menos desolado; lo imagino con su vidrio y con su marco, sin descuidos. Y se me hace bravo ese penetrar la tierra a diario, ese horadar su suelo, esa búsqueda de patria, así lo digo. Patria, porque el nombre de todo país que se precie de tal debe empezar con pa.

—¿Y entonces, Enrique, las lombrices?

—Entonces que siete añitos, mirá vos, y lo alcé por la cintura y lo cagué a besos, recuerdo.

 

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