19-04-09 | Por Leonardo Oyola
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Al cazador de tormentas

La obra de Alberto Laiseca está plagada de monstruos. De hecho él defiende, de forma acérrima, dos postulados sobre este tema. La humanización del monstruo como redención y el concepto de monstruo como único en su especie, antes que el de engendro contra el orden normal de la naturaleza.

Será porque, como él dice, el concepto de monstruo como único en su especie está relacionado con el de lo que es una obra. Lo distinto. El maestro nos enseñó que cada vez que alguien hace algo nuevo, original, de bordes nítidos ha creado algo único en su especie. Un monstruo.

Y Laiseca, como sus criaturas, también lo es. Alberto es un pato mandarín. Igual que su Meng Chiang Nü de La mujer en la muralla, porque sostiene su oficio con la fuerza militar de lo que es. Una fuerza insobornable.

Novelista atonal, autor de casi una veintena de libros. Uno de poemas chinos, otro un ensayo, tres de cuentos, el resto novelas. Espíritu inquieto, el del maestro, capaz de evocar los estilos de los historiadores antiguos para sus cuatro torres de Babel como así también cambiar el Drácula de Bram Stoker para mostrarlo cansado ya de matar en su Beber en rojo. Porque el Conde Drácula de San José de Calasanz al 100, Alberto Laiseca, es un monstruo químicamente puro como Frankenstein, el Dr. Jekyll & Mr. Hyde, el Cyborg-Robot, el Gólem, los zombies, la Ella de Rider Haggard, la Momia, el Hombre Lobo, la Zorra China, el Fantasma de la Opera o Pinocho. Laiseca siempre va a ser algo nuevo. Original. De bordes nítidos. Único en su especie.

Los que tuvimos la suerte, la dicha de haber presenciado el work in progress de lo que fue la idea original, el comienzo, pasando por todo el laburo que llevó al punto final no podemos explicar en palabras lo que él nos dio compartiendo y mostrando sin mezquindades eso que él hace. Sus obsesiones. Sus ganas. Ese entusiasmo contagioso que le nace de lo que él es, cruzándolo con el disparador menos pensado.

Celebramos que la imaginación de Laiseca sea inagotable. Y mientras esperamos lo que vendrá, tenemos sus libros. Y también los de sus discípulos. El Entre Ríos de Selva Almada, los mil clavados de Natalí Tentori, los fantasmas y narcogauchitos de Alejandra Zina, la Vampiresa con cara de Chiche Duhalde de Leandro valos Blacha, el Corcho rocanrolero de Sebastián Pandolfelli, los robots de Juan Guinot, el Batman de Odiseo Sobico, el festival de Marcelo Guerrieri, cualquiera de los forajidos de mis novelas; porque todos son monstruos que también le pertenecen a Laiseca.

Porque él, como maestro, como sus adorados genios locos de películas clase B, como su mismísimo Profesor Garramunio; Laiseca no fabrica clones. Caza tormentas, las que se desatan en nuestras cabezas, las que llueven en nuestro interior, para dar vida a lo que imaginamos. Y entonces sale: algo nuevo, original, de bordes nítidos, único en su especie.

Leonardo Oyola es escritor y alumno de Alberto Laiseca. Su último libro es Hacé que la noche venga (Mondadori).

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