19-04-09 | Por Lisy Smiles / La Capital
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Alberto Laiseca: "A mí ahora me asustan las cosas bien concretas"

In situ. Laiseca en su casa, junto a sus gatos, durante la entrevista con Señales. Atrás, su biblioteca con la mayoría de los libros forrados de blanco. (Foto: E. Mac Allister)

Le gusta manejar la escena. Hay como una sospecha de premeditación, pero algo le impide correr las máscaras. En todo caso, es interesante ese juego de enmascararse y desenmascararse. De alguna manera el protagonista, escritor, logra transmitir que puede mover los personajes, los propios o los que endosa a su interlocutores. Como cuando era chico, se aferra a sus mundos imaginarios. Pero Alberto Laiseca (1941) ya no le tiene miedo a la oscuridad, sí a las almas oscuras. Su risa es como una ventana a universos extraños, obliga a desconfiar. Sabe usarla, como en el final de la entrevista cuando advierte sobre lo complicado de la Luna, "sobre todo cuando se pone sangrienta".

Es que el Conde Laisek, como suele presentarse, prestó al escritor sus dotes histriónicas para pasearlas por el Centro Cultural Parque de España. Repitió así su rito de encantar narrando cuentos de ciencia ficción y terror. "Terror, terror", reforzaría, durante el reportaje.

Señales logró dialogar con Laiseca unos días antes de su paso por Rosario. Una llamada previa había concertado la entrevista para un lunes, a las 19.30. En ese contacto también se le avisó que lo contactaría un fotógrafo. "Está bien, que me llame", dijo, parco.

El siguiente encuentro, también telefónico, fue justo en el horario de la cita. Tras un saludo formal, Laiseca pidió un minuto, quería apagar el televisor. Una manera de marcar el territorio. El reportaje sería en el suyo, sin dudas. Explicó, luego, sobre una necesaria interrupción cuando llegara el fotógrafo: "Usted esperará en línea. Mientras, yo le abriré la puerta. Empecemos entonces". Imposible negarse.

—En internet existe una polémica en torno a si usted es o no rosarino.

—Ah, sí, sí, yo nací en Rosario, en un hospital. Estuve muy pocos días allí, por eso yo no me considero rosarino, eso más allá del afecto que tengo por Rosario y los rosarinos. Yo nací rapidito, mi mamá se repuso pronto y de ahí nos fuimos a Unquillo, estuvimos tres meses y de ahí definitivamente a Camilo Aldao, provincia de Córdoba, que es el lugar que yo considero mi lugar, porque en ese pueblito me crié. Uno es de dónde se cría.

—¿Aún conserva en su casa una foto de la plaza principal de Camilo?

—Por supuesto. Me la regaló la Municipalidad de Camilo.

—¿Ese pueblo es el territorio primigenio de su imaginación ?

—Y si, seguro, porque ahí aprendí a leer. Mi padre... yo tuve una malísima relación con mi padre, aunque debo agradecerle dos cosas, que me iniciara en el hábito de la lectura y en la música. Papá escuchaba mucha música clásica y eso me sirvió a mí. Fue el primero que me pasó El Fantasma de la Opera, que lo había publicado la revista Leoplán. Lo he leído tantas veces en distintas versiones, por lo menos veinte, y la mejor de todas las traducciones es la primera. El fantasma allí está más chispeante, hace unos chistes terribles... (imposta la voz) ¡La Carlota canta esta noche como para hacer caer ...! (Su voz se transforma como en una risa sorda) Hay muertos y heridos.

—¿Y qué otras lecturas acompañaron su infancia?

—Otras revistas e historietas que me hicieron también crecer mucho. Billiken, el Pato Donald. Mi tío Enrique me sabía traer libritos de aventuras. De Rider Haggard, Ayesha, el retorno de Ella, y Las minas del rey Salomón. Después, también muchísimos libros de la editorial Abril, de la colección Pequeños Grandes Libros. Mickey, Donald, Pluto, Pete Pata de Palo. Yo he ido recuperando esos libritos, comprándolos, tengo 40, son carísimos.

—¿Usted colecciona libros o busca esos en particular?

—Sólo busco esos porque buscar las historietas de mi infancia es una tarea sin esperanza. Por ejemplo, el Pato Donald es raro conseguirlo, están cerrados, para abrirlos hay que comprarlos. Sí en cambio compro Pequeños Grandes Libros. Pero ahora no son para los niños, sino para los adultos, para coleccionistas.

—¿Y ahora está buscando Espaghetti (Popeye), según aparece en un blog (www.albertolaiseca.blosgspot.com)?

—Sí, exactamente. Es un blog que abrieron alumnos míos, porque yo no manejo esas cosas. Ahora estoy buscando un Espaghetti y un Mickey. Si alguien los tiene, yo los pago.

—Los juegos infantiles, en particular en los varones, tienen estrecha relación con los relatos épicos y mundos imaginarios. ¿Así empezó la cosa en su caso?

—Absolutamente, es así. Recortaba figuritas de las revistas, y si me faltaban las dibujaba yo mismo y las recortaba. Organizaba ejércitos (se ríe), grandes cuerpos de ejércitos que combatían contra otros. Al principio era todo tipo mundo antiguo, con hachas, espadas, después pasé a tanques, aviones. La tecnología fue creciendo.

—¿Y de eso se acordaba cuando escribió Los Soria?

—Si, claro. En realidad Los Soria surgió, yo no lo sabía, cuando tenía 9 años. La única manera de defenderme de mi padre era la imaginación, yo me sentía el último orejón del tarro, y él me lo hacía sentir. Entonces una manera de ser poderoso era en el mundo imaginario que, por supuesto, era el único que tenía a mi disposición. Sin darme cuenta así fue que fui edificando Los Soria.

—Entonces ese territorio de su infancia puede ser llamado el territorio fundante del realismo delirante.

—Por supuesto.

—Habría que poner una placa.

—Ah, sí, sí... cómo no, allá, en Camilo Aldao, donde fue la casa de mi padre. Ahora vive otro médico en esa mismísima casa, algo curioso. Toda vez que puedo voy a Camilo, ahora hace tres años que no voy por cuestiones de dinero o trabajo. Cuando voy recorro, me encuentro con gente que conocí de chico.

—¿Se encuentra aún con algunos de sus amigos de la infancia a quienes usted asustaba mostrándose poderoso con sus ejércitos?

—Sí, con algunos de ellos.

—¿Cuándo sintió que la escritura era su deseo?

—Fue poquito a poco. Usted sabe lo que dijo el premier soviético Mijail Sergéyevich Gorbachov: "Ya no tenemos lugar adónde retroceder". Se lo dijo al pueblo ruso. Y bueno, a ellos les salió mal la cosa, yo lo mismo, ya no tenía lugar adónde retroceder. Escribía muy mal.

—¿Y quién le dijo que escribía muy mal?

—Yo mismo, pero igual... se aprende a nadar nadando (risas). Y bueno, una vez que me liberé de mi padre, empecé a liberar mi imaginación, a crecer en la literatura, muy poquito a poco. Eso lleva décadas.

—¿Qué fue lo primero que escribió o en lo que se recuerda como escritor?

—Algunas obras que lamentablemente se han perdido, una obra de teatro que a Norman Briski le gustó mucho. Pero se perdió en uno de esos naufragios, y yo tuve varios.

—¿Sus múltiples oficios de joven también tuvieron que ver con escapar de su padre?

—Por supuesto, necesitaba un tratamiento de shock, empezar todo de nuevo.

—Y estudió ingeniería química en Santa Fe.

—Sí, también. Tocan la puerta, ya vuelvo ... (el silencio es lo único que se escucha, y la imaginación, claro, que no emite sonido alguno) Llegó el fotógrafo. Sigamos... En Santa Fe sufrí mucho, porque la ingeniería no era lo mío, lo mejor que me pasó allí fue el cine Doré, donde pasaban triples de monstruos y de ciencia ficción. Ahí compré la primera versión que leí en mi vida de Alicia en el País de las Maravillas y Alicia en el País del Espejo.

—Usted suele decir que es un autor long seller, en vez de best seller.

—Así es, uno quisiera vender todo rapidito para ganar más dinero. Pero tengo un público fiel que no me abandona, lo que me da una esperanza para el futuro. No certeza, acá no hay certeza de ninguna especie.

—Bueno, la televisión debe ayudar en eso, y además fue su lanzamiento como actor.

—Sí así fue, me lanzó como actor y me potenció como escritor porque se empezaron a vender más libros míos. La contada de libros de terror se terminó, duró tres años, pero ahora empezamos algo muy distinto, donde yo hago de consultor sentimental en el canal América. Yo creo que es bueno, a uno siempre lo consultan (se ríe, esta vez con picardía). He sido consultor de ex novias, viudas, yo tengo viudas aún en vida (risas).

—¿Por qué el terror y los monstruos atraen?

—En primer lugar porque existen, empecemos por ahí. Hacen crecer la fantasía, a mi me ayudó a crecer mucho esa vaina. Los cuentos de terror que contaban las viejitas en Camilo Aldao. Papá me lo había prohibido terminantemente, yo iba igual, después no podía dormir de noche. Pero, bueno, ese es el precio que hay que pagar por el crecimiento.

—¿Y qué era lo que lo asustaba más?

—El monstruo que vivía abajo de la cama. Ese era el peor de todos. Cosa curiosa o no tanto mi monstruo era in abstractum. Sí, porque era mi padre, tardé décadas en darme cuenta que era mi padre. El subconsciente no quiere deschavarse, no quiere admitir la realidad. "No, si papá es bueno, no puede ser el monstruo que vive abajo de la cama". Pero era él.

—¿Y ahora qué lo asusta?

—La realidad, la sociedad no va bien. Hay muchos problemas económicos, es algo universal. Problemas que conocemos todos, pero por conocerlos no dejan de existir y de asustarnos. A mí me asustan ahora las cosas bien concretas. Yo ahora ya no le tengo miedo a la oscuridad, pero si le tengo miedo a la oscuridad de las almas. A eso sí le tengo mucho miedo, a las almas oscuras que en multitud de ocasiones hasta nos gobiernan y todo. No siempre, pero sí a veces.

—Dentro de esas almas oscuras usted ha nombrado al FMI, más que al capitalismo.

—Al FMI lo odio, lo que pasa es que efectivamente el capitalismo es jodido pero, ¿sabe qué? los otros son peores (risas), así que no tenemos muchas opciones. Yo dije que hasta el propio capitalismo lo iba a sufrir. Y algo de eso viene pasando. Igual ahora todos lo llaman para darle miles de millones de dólares para que los "distribuyan". Son nuestros salvadores, lástima que yo no les crea.

—¿Y usted qué cree?

—Yo no creo en ninguna doctrina política.

—¿Ninguna?

—Yo no lo veo.

—¿Y cómo debería funcionar la cosa, entonces?

—En parte con capitalismo y en parte, socialismo. Una mezcla. Lo cierto es que no se puede dejar a la gente sin educación, sin salud, sin techo. Es criminal. Y al mismo tiempo yo no me opongo a que la gente gane dinero, tienen que haber las dos cosas.

—¿Qué lee hoy?

—Más bien estoy estudiando. Los cuentos que llevaré a Rosario. Espero que le guste a la gente, que lo disfrute, que esté contenta y la pase bien.

—Y qué le pareció la propuesta de leer bajo la Luna.

— Me gusta mucho (silencio). Es complicada la Luna, sobretodo cuando se pone sangrienta.

 

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