08-03-09 | Por Leonardo Iglesias
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Revelaciones de la naturaleza

Es un instante. Un disparo exacto en donde la naturaleza se detiene y traza viñetas tenebrosas de alguna estación del mundo. "Más bien misterio y algo de dramatismo, que encaja mejor", le gusta decir a Ariel Cione, un fotógrafo rosarino de 34 años que vive hace poco más de un año en Dublín y que reparte su tiempo entre las composiciones personales y el trabajo diario en el laboratorio óptico Styl Optik.

El astillero de sus fotos quedó anclado en su infancia y la primera cámara paterna. A partir de allí los recuerdos saltan por las fechas cumbres. La carrera de óptico en Pellegrini al 200. El abandono de la fotografía por un lapso de tres años. La mudanza de analógico a digital. Siempre en Rosario. Por último una búsqueda itinerante que permitiera romper el laberinto de las horas clonadas y la rutina de su paso por Italia y España. Siempre en Europa. Husmeando el punto. La próxima revelación. Horas quietas de paisaje. Horas de largas exposiciones. "La naturaleza nos rodea y sin ella no habría creación fotográfica, pero definitivamente es el fotógrafo quien se encarga de capturar según su visión y destreza el carácter de un paisaje", dice Ariel Cione.

La historia comenzó en el interior de una vieja valija negra. Allí su padre guardaba su equipo fotográfico: una reflex y un flash. Una historia que parece sacada de Cinema Paradiso, aquella épica de Giuseppe Tornatore que inmortalizó la pasión por el cine. Ariel tenía 8 años y el contacto con el arte comenzaba a despertar sus instintos.

Sus padres decidieron que era el momento justo para enviarlo a un taller de dibujo y pintura, en pasaje Minerva al 3300, barrio Bella Vista. "Fue en aquel momento, durante esas clases, cuando realmente empecé a trabajar con la luz y a entender cómo se comporta el alma de la fotografía", comenta. A los 19 años, en el Instituto Politécnico, donde seguía la carrera de Óptica, "descubrí el laboratorio y la técnica fotográfica, y los profesores Balsa y Goñi supieron transmitirme su pasión por la fotografía". El Politécnico, en donde también había cursado todo el nivel secundario, fue la puntada final y decidió arrancar como fotógrafo.

Versiones de la realidad 

La fotografía guarda, como todas las disciplinas del arte, clásicas rencillas conceptuales. Alguna vez Henri Cartier-Bresson dijo: "El mundo se está cayendo a trozos y todo lo que Adams y Weston fotografían es piedras y árboles". Los perdigones fueron dirigidos al pecho del Grupo f/64. Un selecto equipo formado en Estados Unidos, en 1932, por Ansel Easton Adams.

Si bien Cione destaca la fotografía social del fotógrafo francés y "su búsqueda infinita del momento justo y el manejo de la luz", su propia estética parece alinearse con la propuesta de Adams. "Es cierto que los temas que más me llaman la atención se alejan bastante de aquel jardín lleno de flores donde la vida parece perfecta, lo que siempre intentan transmitir son sensaciones más reales de la vida y su naturaleza", explica desde Dublín. Aunque es mucho más afín con su par paisajístico contemporáneo: el inglés David Noton.

El naturismo, que asomó su lente en el siglo XIX, hizo que la fotografía retomara, acaso por su estado de perfección, su lugar frente a la pintura. "El paisaje cambia cada minuto, un mismo lugar puede parecer el infierno o el paraíso en cuestión de horas, eso es lo interesante de fotografiar paisajes. De todos modos hay dos factores que son fundamentales para que una foto no deje indiferente al observador, una es lograr una buena composición y la otra es realizarla en el momento justo, cuando la luz y la naturaleza nos dejan ver algo que es inusual", cuenta Cione.

Pero una buena secuencia no es sólo producto de la espera. "Yo me dejo llevar por mi instinto a la hora de la toma fotográfica, puedo presentir donde hay una buena fotografía al contemplar el paisaje según mi criterio. Luego el carácter de la fotografía se profundiza en el laboratorio con procesados de alto contraste que ayudan a darle más fuerza al conjunto". Ese conjunto que logró captar cada vez que estuvo frente al derroche de la belleza natural mexicana, egipcia o española.

Noticias de Irlanda 

La monotonía y una amiga que residía en Dublín lo llevaron a Irlanda. Pero había abierto las maletas un tiempo antes. En el 2002 desembarcó en Italia. Los seis meses vividos en un pueblo perdido en la región de Veneto le advirtieron dos cosas: la cámara parecía muerta y había que sobrevivir. Luego saltó a Barcelona. La familia, el bulevar Oroño, La Florida, el río Paraná, la vida cultural rosarina y los clásicos entre Newell’ s y Central, encontraron en la ciudad catalana un bálsamo al desarraigo.

En el 2005 el paso de la máquina analógica a una digital pareció dar un guiño a la fotografía. Y volvió. "El paso fue bastante difícil, no sólo porque aprendí a fotografiar con cámaras digitales sino que tuve que procesar mis propias fotografías. Después fui cayendo en la cuenta que el momento de la toma seguía siendo lo más importante", relata. Dos años más tarde voló a Irlanda. Muy a pesar del idioma y la lluvia.

"Dublín es una ciudad muy dinámica que ofrece muchas posibilidades, tanto laborales como culturales. En cuanto al paisaje se puede disfrutar de verdes praderas, espectaculares acantilados en las costas y zonas de baja montaña. En las ciudades predominan las construcciones de casas apareadas de dos plantas al estilo georgiano y es raro ver edificios altos y arquitectura moderna", cuenta, mientras estrena su sitio web (www.arielcione.com) y prepara una nueva exposición de paisajes realizados por México, España y la isla británica.

Los pasos de Ariel estuvieron siempre dentro de una valija. La misma que le desplegó un universo mágico cuando tenía 8 años. La que lo llevó a navegar por el Atlántico con el único objetivo de retratar esos fragmentos que la naturaleza nos regala cada tanto, para demostrar que sólo somos simples mortales suplicando, sin más dramatismo ni tenebrosidad, permanecer en la retina del tiempo.

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