En Madrid, Sevilla o Roma albergan dibujos de Ruiz Relero.
"Esto es una forma de arte callejero. Sería como el arte popular en relación con el arte oficial, una especie de bastardo que espera la triste homologación familiar". La voz de Eduardo Ruiz Relero llega por correo electrónico y aunque no es específicamente un sonido, su búsqueda de razones acerca un agudo esperpento del mundo actual. Así por lo menos lo afirman, desde 1996, sus frescos en las calles españolas. Anaformismo. Nada de deforme, ni de diagnóstico traumatológico. Toda una técnica, de este rosarino, que se antoja virgen a pesar de las décadas y los remitentes de la historia.
"La idea de comenzar a hacer estos dibujos anamórficos surgió de una propuesta por parte de una agencia de publicidad para una campaña de relojes Swatch", explica Ruiz Relero desde Sevilla, donde reside. Pero ese fue otro tiempo del arribo. Luego sus obras despegaron y ganaron las esquinas de la península. Para sumar esculturas, murales, copias de pinturas y dibujoides. Acaso un exquisito menú de espectadores críticos de la condición humana.
Rosario-Roma
La casa de Rosario olía a yeso y aguarrás. Mientras su padre atendía cómo los dragones chinos se secaban en la cocina, repasaba junto a su hijo los mejores pinceles de la historia, en la "pinacoteca de los genios", un copioso stock de arte que dormía en un rincón del living.
Para ese entonces la vida de Eduardo ingresaba en un "zafarrancho cultural". Su abuelo pintor había marcado el pulso y Caravaggio ya era una respuesta certera.
La adolescencia profundizó la herencia familiar y emitió un boleto que le permitió viajar por las rutas argentinas y sudamericanas. Fue el primer aviso. Acaso la confirmación de que había un mundo mucho más amplio que el ensoñador que latía en el barrio. Igual, buscó una brújula en la Facultad de Arquitectura y luego en Bellas Artes y Filosofía de Universidad Nacional de Rosario, pero ambas maduraron en el tercer año.
En 1990 el país era otro y decidió embarcar a Italia. "En los suelos de Roma arrancó todo. Allí formé parte de los pintores llamados madonnari (los que pintaban vírgenes). Luego nos restringimos a los pintores que apreciábamos del pasado. La técnica general de pintar en el suelo con pasteles y tizas en grandes dimensiones la practiqué haciendo muchas copias de cuadros. Después, empecé a pintar murales y a utilizar otras técnicas como una especie de aguada con pigmentos, que es como suelo pintar los dibujos anamórficos", explica Ruiz Relero. Las baldosas romanas precipitaron el aprendizaje y el desarrollo de nuevas técnicas para montar sus dibujos. La capital española iba a ser su próximo paraje. Y la explosión de su arte.
El puente óptico
El anaformismo es una fantasía del barroco. La técnica fue desarrollada en el siglo XV por los inventores de la perspectiva. Pero fueron sobre todo los grandes decoradores de bóvedas del siglo XVII los que sacaron aplicaciones magistrales. "Aunque no sean siempre anamorfosis en el sentido estricto, sino pintura ilusionista. Es decir una proyección convergente sobre un plano oblicuo que se nutre de las proyecciones geométricas. Visto desde el ojo del observador se ve un dibujo normal aunque en realidad sea una imagen deformada vista desde cualquier otro punto", advierte Ruiz Relero.
El artista encuentra limitaciones en la técnica. "Por eso el suelo real es una superficie que pertenece a la imagen del dibujo". Y una lectura del mundo. Porque sus dibujos convergen por debajo del tránsito mortal. Adolecen de métrica urbana.
"Pocas veces coincide que el espacio en donde está emplazado el dibujo guarda relación con el contenido, puede tenerlo con la forma. Es tan difícil conseguir un permiso, más un suelo bueno y que aparte coincida con el contenido del contexto. Lograrlo sería casi un caso providencial", cuenta. La búsqueda se fija siempre sobre un tipo de suelo absorbente, que sea plano y con juntas entre baldosas poco visibles, para que sus pigmentos (ocasionalmente pasteles o tizas hechas por él) se adhieran, sin otro aditamento.
El arte de Ruiz Relero se ajusta a obras que generalmente le encargan de festivales o municipios. Por encargo y por placer: "Trabajo poco con el sector privado ya que tengo un estilo un tanto esperpéntico para los ojos de la publicidad".
Madrid-Sevilla
Corría 1996 y Madrid asomaba expectante. Atrás quedaban el arte callejero, la enseñanza en museos y las clases con Gregory Provenzano. Su nueva morada acercó el idioma y la sensación de ser un extranjero en cada esquina. Pero la campaña de Swatch, ni bien entrado el siglo, le abrió el camino y, aunque el circuito publicitario no era de su agrado, lo puso en órbita.
Diseñó nuevas técnicas de trabajo, repasó manuales, y se largó al vacío sin importar el envase. "Digamos que la publicidad descubrió que también podía ocupar los suelos, se hicieron soportes para verse en los estadios de fútbol americano y básquet. Luego se mezcló esto con el arte de los madonnari. Y una vez que entra en la red o el artista adquiere la categoría de marca lo suben (o bajan) al Olimpo de las instituciones que lo legitiman como parte de la cultura en sentido museístico", agrega. El anaformismo era un nuevo visitante en su vida.
Tiempo después se mudó a Sevilla. Expuso en Navarra, Gandía y otros rincones de España. Por estos días trabaja en unos grabados y un dibujo anamórfico para exponer, en marzo, en la galería Allegra Ravizza de Milán.
Relero se fue en 1990. En su casa de Rosario quedaba su padre pintor, con sus momias y sus dragones chinos. Se fue porque el país se le caía encima. En Roma lo esperaba su madre, que siempre había sido una paleta franca que potenció su arte. También, el escenario de sus héroes artísticos que azotaban al barrio. Era la mejor excusa: se iba a encontrar con ellos.

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