23-11-08 | Por Eliezer Budazoff
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Todo lo sólido se desvanece en el aire

Hay libros que son vitales e inquietantes, porque alumbran el abismo que se extiende debajo de los pies de los lectores: la vida, cuando alguien la ilumina a través de la literatura, siempre revela el fondo trágico que la nutre; esa sustancia oscura, inasible, en la que se hunden los cimientos de sentido de cualquier biografía.

"Las cosas ocurren, concurren como si alguien las citara; la ingenuidad no nos permite verlas", piensa Poli Malachek, el personaje que abre Rencores de provincia, en medio del silencio que precede al amanecer. La historia recién comienza, Poli llegar de un viaje, y su discurso interior flota como una advertencia, como el olor inusual a cigarrillo que percibe debajo de los olores habituales de su hogar. La ingenuidad es una trampa que apenas puede aliviar a los protagonistas: el lector ya está cayendo en el vacío desde que abrió el libro; fue arrastrado por el vértigo que sacudirá las vidas de Poli y Selva, y el fundamento de sus certezas.

Rencores de provincia, la novela de Carlos Bernatek que obtuvo el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes en 2007, involucra al lector como espectador de una tragedia, tal vez en el sentido más clásico que le atribuyen el idioma y la tradición a esta palabra.

El territorio

La acción ocurre en un escenario de horizontes abiertos: dos pueblos dominados por el sol y las rutinas estériles de la subsistencia, uno en la pampa gringa santafesina —el utópico Danel, que ya aparece en la novela Rutas argentinas, de Bernatek— y otro en la costa atlántica más medio pelo del país, allí donde las olas de hace treinta años devolvían los cuerpos mutilados de los jóvenes arrojados al mar por los militares. En un tiempo de dioses fugaces, preñado de promesas sin sentido, los protagonistas se aferran a sus hábitos cotidianos, a sus temores primitivos, a sus certezas minúsculas, sin saber lo que les acecha. No pueden ver lo que vemos nosotros: como en una tragedia griega, Selva y Leopoldo están condenados a cumplir un destino fatal que les ha sido impuesto desde el principio, "aquello que no pudo preverse y sin embargo estaba allí, tan cercano que ni era amenaza".

Las dos historias que articulan Rencores de provincia se precipitan hacia lo inesperado, y el lector avanza sumergido en el interior de los personajes. Ambos itinerarios podrían ser considerados por separado como novelas cortas, pero comparten un mismo universo trágico, al que cada uno asiste con sus propios fantasmas, empujado a llenar el vacío que produce la distancia escéptica del relato, las trampas sutiles que trama el lenguaje del autor. Poli huye del pasado,y Selva, del futuro. El azar los reúne en un presente perpetuo —el nuestro—, donde se diluyen las ilusiones de progreso y salvación, tanto más absurdas e imposibles cuando florecen en las llanuras estériles al costado del camino. En el cruce de caminos está el "enigma del destino humano" (expresión que aparece en la definición académica de tragedia), la puja entre libertad y necesidad.

Así, Rencores de provincia, como reverso lacerante de Recuerdos de provincia de Sarmiento, pone en juego una sentencia de Walter Benjamin: "No hay documento de civilización que no sea al mismo tiempo documento de la barbarie".

En el prólogo a un libro de Juan Carlos Onetti, Juan José Saer cita un personaje del escritor uruguayo que se estremece de piedad por los hombres y "por las fuerzas sin nombre que rigen su destino": "Lástima por la existencia de los hombres, lástima por quien combina las cosas de esta manera torpe y absurda. Lástima (...) por todos los que no tienen de verdad el privilegio de elegir". Si uno quisiera comentar la novela de Bernatek en pocas palabras, habría que decir lo mismo que Saer dice de la obra de Onetti en este prólogo: "Como los de toda gran literatura", aquí los personajes "tienen un rostro que tarde o temprano terminamos por reconocer: es el de cada uno de nosotros".

Instantánea

Carlos Bernatek nació en Buenos Aires en 1955. Actualmente reside en Santa Fe. Publicó La pasión en colores, finalista del Premio Planeta 1994. En 1998 publicó el libro de cuentos Larga noche con enanos, mención honorífica del Fondo Nacional de las Artes. A la vez, Rutas argentinas fue finalista del Premio Planeta 1998. Sus cuentos integran diversas antologías. Ha colaborado con Señales y con el suplumento cultural del diario El Litoral, de Santa Fe. (Santa Fe) y La Capital (Rosario).

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