07-03-10 |
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Pareja, ese mundo de dos

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Si retrocedemos al siglo XVIII encontramos que la estructura familiar de entonces difiere en mucho de la actual. Se convivía en una familia extensa que constituía una comunidad económica y las personas que la integraban luchaban para asegurarse la existencia material para ellos y su grupo, y, a la vez, mantener la sucesión de las generaciones. La vida de los sujetos estaba determinada por un gran número de vínculos: los familiares, la inclusión en una clase social que respetaba jerarquías, la pertenencia a un género que determinaba derechos y obligaciones para varones y mujeres, la comunidad local, la religión representada por el cura, y, además el sentimiento de pertenecer a una unidad mayor que era la patria.

Si bien tales vínculos determinaban desde la cuna la vida del individuo, y por lo tanto limitaban de una manera rigurosa sus posibilidades de elección y desarrollo, por otro lado constituían un reaseguro porque ofrecían estabilidad y la seguridad de una existencia sin sobresaltos. La mayor parte de su vida ya estaba escrita aún antes de nacer para luego integrarse en una comunidad protectora donde cada cual sabía lo que tenía que hacer.

La transición hacia la sociedad moderna produce un movimiento sísmico que arrasa con los vínculos históricamente afianzados, rompiendo con las tradiciones y los credos religiosos. Todo aquello que daba estabilidad al individuo, así como su cosmovisión, sus presupuestos ideológicos, son cuestionados o abandonados en el pasaje a la vida moderna. La familia no podía estar ajena a estos cambios; lo que anteriormente constituía una unidad de trabajo y procreación, adquiere paulatinamente el carácter de una asociación electiva guiada por los sentimientos mutuos.

Si anteriormente la felicidad personal pasaba por otros caminos: para los hombres casarse con una mujer fuerte y trabajadora que pariera hijos sanos y que peleara junto a su marido para lograr el sustento familiar, para las mujeres formar una familia bajo la protección de su cónyuge. En los tiempos modernos se trata de encontrar una pareja con la cual compartir la vida afectiva y donde se tornan importantes el amor y la pasión.

La idolatría de la pareja es la contrapartida de las pérdidas que produce la vida en la modernidad. Si no hay Dios ni cura, ni la familia numerosa de otras épocas, ni vecindario estable y amistoso, entonces ¿Qué nos queda? Nos queda la pareja. El amor adquiere así una importancia desconocida en otros momentos históricos. Es la promesa de una comunidad de a dos, comunidad sensual, que constituye una forma de superar la falta de relaciones del mundo moderno y promete las bondades de un desarrollo conjunto. Frente a la soledad y el derrumbe de las seguridades anteriores, se proyecta en el otro amado la esperanza de recuperar la estabilidad y el sosiego en el amor.

Es así que nos encontramos con una novedosa forma de relación que en el lenguaje de los enamorados se simboliza en un corazón donde está inscripto el nombre de ambos. Un solo corazón, una unión que les permitirá afrontar los pesares de la existencia y gozar del bienestar fruto de los buenos momentos. Pero esta apuesta está amenazada por las excesivas expectativas puestas en el otro; esperamos que llene todos los espacios, que satisfaga nuestras necesidades y que esté siempre allí dispuesto a garantizar nuestra felicidad. Demasiada tarea.

Pensemos que tenemos un juego de barajas españolas de cuarenta cartas. Suponiendo que hay veinte jugadores, en el reparto le tocarán dos cartas a cada uno de ellos; si fueran diez, a cada uno de ellos le corresponderían cuatro cartas; pero si nos encontráramos con sólo dos jugadores, a cada uno le tocarán veinte cartas. Si en lugar de cartas hablamos de sentimientos, emociones y frustraciones, podemos pensar que este conglomerado afectivo es demasiado para tan sólo dos jugadores y que en algún momento puede estallar el conflicto entre lo que el otro ofrece o puede darnos y lo que esperamos de él. Si bien las condiciones de la vida moderna estimulan una nueva manera de vincularse, también coloca a la pareja en un lugar de exigencias desmedidas. Esto desemboca con frecuencia en el baile de la escoba, donde se busca con ansiedad, uno tras otro, a aquél que pueda brindarnos un imposible. Quizás esperando tanto del otro, no podemos valorar y disfrutar aquello que éste nos ofrece.

El otro

Cuando el sujeto pierde los lazos con la familia, con las tradiciones, cuando desaparece Dios, cuando se carece de vecindades que solían crecer en el intercambio y con las cuales se cimentaba una historia compartida y una memoria colectiva, se produce una búsqueda de todo lo perdido en un vínculo con el otro, en las relaciones amorosas. Es así que entra en escena el amor.

Domingo Caratozzolo

Psicoanalista

caratozzolodomingo@arnet.com.ar

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