15-01-12 | Por Jorgelina Hiba / La Capital
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El tulipán, extraño personaje de la primera burbuja especulativa

El tulipán negro es el nombre de un conocido libro del francés Alejandro Dumas que retrata la crisis política que sacudió a Holanda a mediados del siglo XVII cuando el pueblo de esa nación rechazó la República de los hermanos Johan y Cornelio de Witt, y clamaba por el regreso de la Casa de Orange.
   En la novela el hijo de Cornelio de Witt, Cornelio van Baerle, se obsesiona por lograr fabricar un tulipán negro, un especímen por el que la Sociedad Hortícola de Haarlem había ofrecido, en esa época, una suculenta recompensa de 100.000 florines.
   Sin saberlo, en su locura por lograr un producto imposible, el personaje se convertiría en una víctima emblemática de la primera crisis especulativa de la historia del capitalismo, centrada no en papeles abstractos de dinero virtual ni en hipotecas basura, si no en los tulipanes, bella flor originaria de Turquía que se convirtió a partir de ese momento y hasta ahora en un objeto de culto para los holandeses.
   La “tulipomanía” se convirtió así en la primera burbuja especulativa de la historia del capitalismo, un proceso económico por el cual un activo (en este caso las flores) se revaloriza continuamente fuera de cualquier lógica económica durante un tiempo prolongado, hasta que se produce una fuerte corrección a la baja de su valor.

VIEJAS HISTORIAS. En el libro “Breve historia de la euforia financiera”, el economista británico John Kenneth Galbraith retoma algunos de los ejemplos históricos más famosos sobre crisis especulativas que sacudieron al mundo.
   Para todos los analistas de la historia económica occidental, la crisis del tulipán es la primera referencia a tener en cuenta: “la especulación se da cuando la imaginación popular se centra en algo que se tiene por nuevo en el campo del comercio o de las finanzas”, explica el británico, para agregar: “el tulipán, hermoso y de variados colores, fue una de las primeras cosas que se prestaron a ello”.
   Los tulipanes llegaron a Europa Occidental desde Oriente a finales del siglo XVI, y en un principio no eran demasiado populares. Pero un virus desconocido para la época provocó que mutaran hacia formas y colores originales y extraños, lo que fue provocando un interés cada vez mayor por ellos. La inestable situación económica de Holanda, derivada de su gran actividad comercial, hizo el resto; y a principios del siglo XVII los bulbos de tulipán se convirtieron insólitamente en piezas de coleccionista.
   Ya hacia mediados de la década de 1630, su precio aumentaba ilimitadamente y conmovía todos los rincones de Holanda: “la fiebre inversora se adueñó de toda esa nación, nadie con un mínimo de inteligencia estaba dispuesto a quedarse atrás”, escribió Galbraith, quien agrega que en esa carrera alocada por un bien convertido de repente en algo imprescindible por la sola acción de una demanda desmedida los precios llegaron a límites extravagantes: en 1636, un bulbo al que previamente nadie atribuía valor se cambiaba contra un carruaje nuevo, dos caballos y un arnés. La sensación era que la pasión por los tulipanes iba a durar siempre, y que la riqueza de todas las partes del mundo afluiría hacia esa minúscula parte de Europa hasta el infinito.
   “De acuerdo con las reglas inmutables que gobiernan estos episodios, cada repunte de los precios convencía a un mayor número de especuladores de participar, lo que justificaba las esperanzas de quienes ya participaban, pavimentándoles el camino para seguir adelante e incrementar sus beneficios, y asegurándoles con ello un enriquecimiento mayor e ilimitado”, explica Galbraith.
   La locura colectiva llevó a que muchos pequeños y medianos comerciantes y propietarios tomaran dinero prestado para asegurarse la compra de algunos bulbos, cuya adquisición apalancaba su vez la toma de mayores préstamos.
   En la década de 1630, el panorama era —en retrospectiva— una verdadera locura, y el movimiento en el mercado de tulipanes parecía no tener fin: los precios subían sin parar y llegaban a cifras desorbitadas: en 1635 se llegaron a pagar 100.000 florines por 40 bulbos, y por un bulbo de la especie Semper Augustus se podían pedir hasta 5.500 florines.

LA EXPLOSION FINAL. En esa época, y antes del alerta para la consolidación del capitalismo que significó la crisis de los tulipanes, Holanda vivía una verdadera edad de oro desde el punto de vista de su economía.
   Como nunca antes, esa pequeña nación estaba entre las principales potencias europeas, no sólo por su habilidad para el comercio continental, sino también por su expansión colonial.
   Grandes navegantes, los holandeses crearon en 1602 la Compañía de las Indias Orientales, con bases en Ceilán, India e Indonesia, donde actuaba con poderes de soberanía como hacían las “grandes” Inglaterra y Francia con sus empresas en tierras asiáticas, americanas y africanas.
   La compañía empezó primero comerciando, pero en poco tiempo controló más regiones y ocupó más territorios. La administración colonial era autónoma y los holandeses preferían gobernar por medio de acuerdos con los líderes locales.
   En 1621 se fundó la Compañía de las Indias Occidentales, cuyos mayores beneficios provenían del comercio de esclavos y de la piratería, que operaba fuera de Zeeland, sobre todo contra barcos españoles. Holanda hegemonizó el tráfico de esclavos durante el siglo XVII.
   Pero fronteras adentro, la saga especulativa iba por otro camino. Y como pasa con las burbujas de verdad, esas que se arman con jabón y vuelan algunos segundos por el aire antes de desaparecer, en 1637 la historia se revirtió en poquísimo tiempo y todos los que habían comprado tulipanes empezaron a venderlos al mismo tiempo, lo que terminó en un fenomenal derrumbe de los precios.
   Según consta en crónicas de la época y en varios libros que retoman la historia, el 5 de febrero de 1637 se hizo la última gran venta de tulipanes: 99 unidades a 90.000 florines en total, unos 15.000 euros de hoy en día. Pero el 6 de febrero, medio kilo se vendía por 1.250 florines, un precio que ya nadie pagó, porque el mercado había llegado a su límite.
   Con las primeras ventas se desató un pánico colectivo que se contagió a grandes y pequeños detentores de la flor. Los que tenían bulbos en esos momentos, que habían sido adquiridos a precio de oro, se encontraron sin compradores.
   La situación tampoco era mejor para los que habían comprado a través de un contrato a futuro, porque se vieron obligados a comprar a un precio que ya no era el del mercado.
   La situación empeoró tanto que el gobierno holandés tuvo que intervenir estableciendo normas que consideraban nulos los contratos realizados a partir de noviembre de 1636, y que establecían que los contratos de futuros debían ser satisfechos con un 10% de la cantidad establecida inicialmente. Sin embargo, esas medidas no dejaron contento a nadie, porque los compradores tuvieron que pagar por algo que ya no tenía valor; y los vendedores tenían que vender a un precio menor que el acordado.
   Como pasa con las burbujas, sólo ganaron los que salieron a tiempo de la trampa especulativa. •

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