12-04-09 | Sebastián Riestra / La Capital
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Gary Vila Ortiz: "Sólo la vejez me ha aplacado un poco"

Gary Vila Ortiz vive en un departamento céntrico donde el único lujo son los libros y los discos. Son las cuatro y pico de la tarde. El balcón, pequeño, tiene el verde suficiente para construir la ilusión de la primavera aunque sea otoño.

El escritor, dolorido por un cólico reciente, no se achica. Como en los buenos tiempos, ofrece: "¿Agua? ¿Café? Ah, también tengo ron, whisky. El ron es bueno. ¿Querés un whisky?

Pero la charla arranca en seco. Es demasiado temprano.

–Poeta, periodista gráfico, radial y televisivo, melómano...Muchas cosas y una sola vida. ¿Cómo te definirías?

–Como alguien interesado en todos los aspectos creativos del hombre, en su cultura. Claro que yo entiendo a la palabra cultura en su sentido amplio, en el sentido de todo lo que hace el hombre: una mesa, una silla. Y no en restringirla a las artes.

–Pero lo tuyo es la palabra.

–Sí, es lo esencial para mí.

–¿Y cuándo arranca la vocación literaria?

–Nace de una actitud política. A mí me marcaron mucho los poetas españoles de la generación del 27: una de mis obsesiones ha sido y es la Guerra Civil Española. En ese momento, los estudiantes sentíamos la necesidad de expresarnos literariamente por la posición política que teníamos, de gran apoyo a la República. Y así empecé a escribir. Aunque por razones circunstanciales, empecé Medicina: hice un año. Mi viejo creía que yo iba a ser médico, como él. De ahí me pasé a la música.

–¿Y tocaste algún instrumento?

–Sí, el piano. Pero lo tocaba a mi manera. Y además no te olvides de que gracias a mi abuelo, yo iba muy seguido al teatro El Círculo, y ahí he visto cosas por las que muchos me dicen: "Sos un anciano venerable". Y soy anciano, sí, pero no venerable. Yo quería ser compositor, más que intérprete. Pero fue entonces que un amigo me convenció de entrar a Derecho. Aprobé quince materias. Y un día me dijeron: "¿Querés entrar a La Capital?". Era el 1º de mayo del 58. Tenía 22 años.

–¿Y qué te ofrecieron?

–Ser corrector. Y me preguntaron: "¿Usted sabe algo de gramática, de ortografía?". Y les dije que no. "Por lo menos es honesto", me contestaron. "Yo sé que amor va sin hache", les dije. Y así empecé a trabajar en periodismo.

–¿Y después dónde fuiste?

–Me fui a lo que ahora es la sección Ciudad. No había apuro por el cierre… Al salir nos íbamos al National, enfrente de La Comedia, a comer puchero a la española.

–¿Y ya firmabas columnas?

–No, era cronista. Después Raúl Gardelli me pidió para suplementos. Y así fui ascendiendo, por capacidad o por suerte, y llegué a jefe de Redacción.

–Vos también sos un "animal de radio"…

–Me gusta mucho y de hecho la sigo haciendo, con Cristián Hernández Larguía. Y la televisión también me atrapó, yo empecé a hacer televisión casi con el nacimiento de la TV rosarina. Y además, escribía poesía. No era fácil: me acuerdo de que una mujer me dijo: "Sus poemas son bellísimos, ¿cómo puede ser que el que los escriba sea el mismo que hace esas payasadas por televisión?". Alejandra Pizarnik me animó por carta: "No te sientas mal, el triunfo tiene algo de bastardo. Y la poesía va a volver".

–¿Y volvió?

–Claro que volvió. La poesía se había escondido. Pero una noche de asma, en casa, vi que estaban todos durmiendo y me encerré a escribir. Puse la Sinfonía de César Franck… y salió "Poemas de la flor".

–¿Y ese fanatismo que tenés por el jazz, de dónde viene?

–Yo escuchaba lo que se suele llamar música clásica. Hasta que un amigo, Alfredo Paganini, me dijo: "Vos no podés escuchar eso que escuchás. Tenés que escuchar jazz". Y así lo conocí, después se convirtió en una pasión, en un vicio. El jazz me provoca placer físico. Ojo, también sigo con la clásica: me apasionan Schoenberg, Berg, Webern, Stravinsky, Hindemith…

–Tu vida amorosa ha sido rica y turbulenta. ¿Qué representa el amor para vos?

–Todo. Sin amor, no podría vivir. Acepto que hice mal. Hubo gente a la que herí mucho y no debí haberlo hecho. Sólo la vejez me ha aplacado un poco. Aunque el deseo no me abandona. Todavía miro con cariño a alguna niña que pasa por ahí. Y no te olvides que también existe el amor por los amigos. Y a veces duele más perder a un amigo que a una mujer

–Acá no veo computadora…

–Para mí hay peligro en el uso abusivo de la computadora, del celular… Eso está creando pautas de comportamiento que me preocupan, además de que están destruyendo la palabra. ¿Qué tipo de amistad o relación amorosa van a construir los jóvenes chateando, mandando mails, hablando por celulares?

–¿Te arrepentís de haber sido funcionario durante la última dictadura?

–Sí. No sólo me arrepiento, me siento mal. Y las consecuencias las he ido pagando progresivamente. No quiero justificarme, aunque la verdad es que nunca tuve que ver con el Proceso. Yo entré porque estaba en la democracia progresista, el partido me llevó allí. Lo que poco a poco fui viendo es que hay una cantidad de gente que clama haber sido resistente a la dictadura y de resistente no tenía nada. Los verdaderos resistentes del Proceso, los más auténticos, en todo caso murieron.

–Sos fan de Newell’s. ¿Seguís sufriendo por el fútbol?

–Sí, ahora no puedo ir a la cancha por mis problemas físicos. Y te confieso, aunque parezca una barbaridad, que a mí la derrota argentina con Bolivia más bien me alegró. Aunque Maradona se portó mejor de lo que yo esperaba.

–¿Y con Central?

–Me gusta también cuando gana Central. Es que antes que nada soy rosarino.

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