07-11-09 | Por Raúl Acosta
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Periodismo político

La reciente declaración de la señora K (su interpretación del trato periodístico a los pobres de a uno o los pobres en montón) es una más de la saga que apunta a demoler al periodismo opositor. Una de las peores consecuencias del gobierno K es el ataque/venganza al periodismo político. Definamos, para la nota apenas, que llamamos periodismo político a la crónica, reportaje o análisis de los hechos específicamente políticos de una sociedad. La totalidad alude a los tres poderes, sus interrelaciones y los actos de sus protagonistas. Investigación y ensayo tienen, por construcción, otros tiempos. También otras reprimendas.

En la crónica la principal queja a estos, los cronistas, es el olvido o la diferente consignación. "Yo estaba y no me mencionaste. Dijiste que habló bien fulanito pero yo, menganito, hablé mas y mejor".

En el reportaje la causal más común de los enojos es la presencia u olvido de algunos temas. "Cómo me vas a preguntar sobre ese asunto. Che, te olvidaste de preguntarle sobre ese asunto".

En el análisis hay recriminaciones envidiosas. "Dijiste que Juan puede ser diputado y yo no. Aludiste a la alianza entre Perico y Andrés, pero no tenés pruebas".

Crónica (¿qué contó?) reportaje (¿qué preguntó) y análisis ( ¿qué interpretó?) son inevitablemente subjetivos. Siempre. Los escritos y sus autores deben, como los actores políticos a los que refieren, soportar la crítica y la objeción. Desde el gobierno K el asunto es directo. Nunca es igual la crítica de un ciudadano que la de un funcionario. Y la más común, que unifica las objeciones, enojos y amenazas es esta: "¿Quién te paga para que digas eso?". Junto con la pregunta, que siempre es intimidatoria, la conclusión en una frase. "Yo sé cómo arreglar esto" (hay advertencias similares, parecidas, más duras y más graves). Quien piensa así porque así actúa es un consuelo flaco. Desde la llegada de los K el asunto es plural y caliente.

En general toda crítica, toda opinión genera aceptación y rechazo. Los deportistas se enojan (dejan de dar entrevistas), los estudiantes se enojan (escrachan, toman facultades, hacen asambleas en la calle), los políticos también se enojan. La diferencia está en un solo punto: los políticos deciden la forma de gobierno, la administración de la cosa pública, los dineros y, en algunos casos, hasta las actuaciones policiales y las gabelas. En muchos casos dependen de un sueldo del pueblo y de un nombramiento sin reválida popular

La mención a Catón es de fórmula. Se sabe que en todas las sociedades el enojo acompaña a la crítica (de eso se trata) y el poder exige silencio como primera actitud para convivir con él. En Argentina, apenas establecido el reinado de los K, desde el oficialismo como de la oposición, creció la intolerancia.

Debe preocupar a la sociedad y especialmente a quienes, me cuento allí, observamos la realidad y sacamos nuestras conclusiones, el grado de intolerancia. Escribir con temor al enojo del amigo del poderoso, del conocedor de secretos incalificables o del pariente del dueño del poder no es sano, no es bueno, no es positivo.

El tema merece reflexión: hay un grado creciente de intolerancia. Tenemos, en Argentina, un importante crecimiento de la intolerancia social. Creer que el cargo otorga impunidad y cierra la crítica, sostener que hay que pedir el silencio de alguna voz por la propia conveniencia es "totalitario". Las leyes, tácitas o explícitas, dictadas por conveniencia personal, se vuelven inconvenientes mañana. Para la sociedad son, siempre, leyes malignas. Atender este asunto es prevenir la muerte de la democracia, quitarle miedos, sacarla de terapia.

La pelea del grupo K con el grupo Clarín, que no ha terminado, no dejará ganadores absolutos, es imposible. Por lo pronto tiene una colateralidad desagradable. La tarea del periodismo está siendo enjuiciada. A caballo de las declaraciones del líder del grupo K sus seguidores abrieron una compuerta de desconfianza. Según este sector del poder, transitoriamente a cargo de todo el poder, la opinión en contrario es crítica interesada. Beligerante. Enemiga. Merecedora del castigo. Muchos opositores adhieren a este desatino. Asienten. Callan. Se regocijan. Llevado a extramuros, a los senderitos de la trocha angosta, lo que surge en cualquier población es la intolerancia, la amenaza. No es bueno resolverlo a trompadas, con quejas a "los dueños de la pelota", en tribunales, que parecen ser los métodos de muchos. Bueno sería, por el contrario, el debate alzado, la diferencia de opiniones que no humille ni denigre. El raciocinio, al cabo. El periodismo político está siendo atacado por una enfermedad mortal para la democracia. Hoy la irracionalidad del poder y su contagio, virulento, avanza sin dejar pueblo y medio sin virus, sin fiebre. Insistamos. La crónica da cuenta de los hechos. El reportaje muestra a este, al personaje, y el análisis despliega las presunciones, certezas y conclusiones del analista, que son eso, conclusiones del analista. Está instaurado el derecho a réplica. Debería ejercerse. Animarse a ejercerlo antes que concentrarse en la amenaza privada. Eso, solo eso, es lo saludable.

Algunos creen que matar al mensajero eliminará el mensaje. Ese criterio, matar al mensajero, que se ha exacerbado desde lo más alto del poder, terminará con la democracia, que postula la crítica como esencial. A la señora K le falta, apenas, pedir que castiguen físicamente a los periodistas que opinan en contrario. Tiene adherentes su desatino. Nadie garantiza, a quienes se aprovechan del impulso maligno que brinda la paranoia oficial, que el viento de la arbitrariedad los deje en pie. La historia, la historia del periodismo político también, indica que caen con más estrépito.

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