18-10-09 | Por Andrés Abramowski / La Capital
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Una silenciosa pelea contra la exclusión en villa Banana

A sus 15 años, el flaquito dejó la escuela varias veces. Tal vez eso coincidió con situaciones que deben haber forjado el rostro adulto en torno a su sonrisa semidesdentada. Sabe que le conviene terminar 7º grado, pero levantarse a las 5 para ir al taller de panadería a veces le complica estudiar. Al volante de una camioneta de la Guardia Urbana Municipal (GUM), Fabián Bolaño le pregunta por su salud y, antes de despedirse, insiste en que vaya al dentista. "Si un día va a buscar laburo capaz que se lo dan a otro sólo porque tiene toda la dentadura", razona el agente y sigue avanzando a paso de hombre por la angosta calle de villa Banana.

Bolaño (43 años) recorre con sus compañeros Fabiana Pendino (40) y José Isla (45) las populosas villas Banana, la Boca y Pororó, frente al Centro Municipal de Distrito Oeste de Perón y Felipe Moré. La rutina comenzó hace dos años, tras la muerte de chicos del barrio por inhalar pegamento. Hoy, la GUM ya es parte de una red de reparticiones estatales y ONG que intentan velar por derechos básicos de los niños como vivir, comer y aprender. Un proyecto de seguridad comunitaria basado en la inclusión que, entre otras cosas, en los últimos meses ayudó a unos 50 chicos a retomar la escuela.

"La inseguridad no es generada por la pobreza, sino por la exclusión y la desigualdad", coinciden los guardias al recorrer el barrio en el que estiman unos 15 mil habitantes. El salvoconducto, sobre todo en sectores "complicados", es un gentil saludo a cada vecino. Así detectan y recaban demandas y problemáticas, entre ellas, que muchos niños no van al colegio por distintos motivos. Entonces se trabaja con otras instituciones para resolver esas situaciones.

La oreja. Un chico de 11 años no va a clases porque debe cuidar a su hermanita de 2 mientras la mamá trabaja. La GUM coordina con un centro Crecer —en este caso el Nº 14— para que reciba a la beba mientras le busca banco al niño en alguna de las seis escuelas de la zona. "La idea es ser un nexo entre las familias, las ONG y las escuelas, que reciben muy bien a los chicos incluso ahora, que está por terminar el ciclo lectivo, porque saben que para ellos es importante volver al sistema formal", explica el titular de la GUM, Mariano Savia.

"La mayoría quiere volver, la escuela es su lugar. Si bien hay una edad en la que cualquier chico es rebelde al colegio, más allá de su condición social, cuando un pibe de 18 advierte que no puede leer el nombre de una calle se convence de que necesita ir, porque no saber leer es hoy como una discapacidad", dice Isla sobre la tarea de "facilitarles el acceso a lugares que les pertenecen: la educación, la identidad y otras cosas que se les niegan por distintas razones, colectivas o personales".

La rutina de la GUM en la villa es recorrer calles y pasillos, charlar con los chicos y visitar centros comunitarios y escuelas. "Somos la oreja del Estado municipal que recibe demandas sobre violencia familiar, salud o educación. Problemas que mucha gente no sabe cómo canalizar porque tal vez vienen de provincias donde la presencia del Estado es distinta", cuenta Isla mientras recuerda a un hombre que no conseguía trabajo por no tener domicilio en su documentación: "Con ayudar a resolver un trámite sencillo, el padre de una familia que estaba excluida ahora tiene trabajo y obra social".

Para el, esos casos o el de una familia que después del parate de la gripe A dejó de mandar los chicos a la escuela sin motivo, reflejan una "demanda adormecida: a veces aparecen casos de desnutrición porque los padres no llevan los hijos al dispensario que tienen a 4 cuadras. Entonces hay que ir a buscarlos, a veces todos los días".

Narrarse. La Escuela Nº 1.422 Marcelino Champagnat es una de las paradas de la camioneta. Iniciativa del Colegio Maristas, hace 16 años ocupa una ex estación ferroviaria que hoy es el corazón de la villa La Boca, con 700 alumnos desde nivel inicial hasta 4º año del secundario. "La escuela surgió para contrarrestar la deserción escolar y también ofrece otros espacios de inclusión aunque no vengan como alumnos. Un lugar para contar su historia, su vida. Gran parte de la tarea de los docentes es charlar con ellos. Pueden narrarse, y eso no es poco", dice su directora, Analía Ruggieri.

Sobre el mediodía, una barra de pibes de 3 a 10 años les "cobra peaje" a los agentes de la GUM, que no pueden dejar el barrio sin antes permitirles subir a la caja de la camioneta y dar dos vueltas a la canchita de Villa Banana. Tan contentos se los ve que cuesta percibir la aspereza de sus vidas.
   El centro comunitario Brote de Esperanza ofrece apoyo escolar, alfabetización para adultos, clases de inglés, manualidades y asesoramiento jurídico gratuito. “Trabajamos con niños en situación de calle”, dice Herminia Perón. La “calle” está a una cuadra y es 27 de Febrero, que se abrió y pavimentó hace unos años. “Van a pedir monedas al semáforo y sus hermanitos, que apenas caminan, los siguen. Cuando los veo les grito «a las casas» y se vuelven”.
   Herminia vigila la salud, alimentación y educación de chicos de entre 5 y 14 años, también en sincro con dependencias de gobierno y juzgados. “Trabajamos mucho con las madres, algo muy difícil cuando no quieren que les digan cómo criar a sus hijos”, cuenta.
   “Tratamos de sacar a los chicos, que conozcan otra vida posible”, dice al mostrar un mural con fotos de un campamento con 60 pibes y 12 madres. Cada tanto, un chico que alguna vez pisó ese salón descalzo “hoy está en la facultad”.
   Los agentes de la GUM logran que los niños bajen de la camioneta. Al día siguiente repetirán el ritual, que incluye charlar sobre la escuela y la familia. La risa de los chicos es tan poderosa que parece un chiste de humor negro ver mutar esta escena, en 10 años, a una estampa violenta con agentes y vehículos de azul, y un potencial Lionel Messi —o un ingeniero, o un taxista— marchando preso en nombre de políticas de seguridad que no garantizan sus derechos básicos.
   En tanto, lejos de las soluciones mágicas que suelen proponerse en campañas electorales, una red de voluntades e instituciones trabaja por un presente que permita avizorar un futuro distinto.

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