Economía
Sábado 31 de Diciembre de 2016

Neoliberalismo 3.0

La tercera vuelta del modelo de ajuste en el país se despliega en un contexto diferente. El escenario internacional y la política interna.

Unos admiten la pertinencia del concepto neoliberalismo y otros la ponen en duda. Basta con acordar sobre lo siguiente: en determinadas situaciones históricas la prioridad del Estado capitalista es reestructurar a la economía, la política y la cultura como para generar una recuperación de la tasa de ganancia empresarial y un despegue del crecimiento, que en el orden del capital tiene a la inversión privada como motor principal. Esto requiere un disciplinamiento de la clase trabajadora, ya que en general el neoliberalismo sucede a una etapa en la que el poder de negociación de los asalariados y sus organizaciones se ha visto acrecentado.

Más allá de consignas del orden de la pirotecnia electoral como "pobreza cero" y "los trabajadores no pagarán Ganancias", este objetivo define el sentido histórico del actual gobierno nacional. Sin embargo, y aquí está su talón de Aquiles, requiere de la conservación de un alto grado de respaldo social. Esto es así por la sencilla razón de que el actual despliegue de las políticas neoliberales se lleva a cabo en el marco de la vigencia del régimen democrático-parlamentario.

Para seguir adelante, el gobierno necesita que lo sigan votando. Así de simple, pero así de complicado, porque un marco de recesión económica, en cuanto masifica el desempleo, es el contexto más favorable para inducir ese "disciplinamiento" de los trabajadores al que nos referíamos más arriba. Pero a la par tiende a desarticular el bloque de fuerzas sociales que respalda al gobierno, toda vez que la regresión económica, si se prolonga, generaliza el hartazgo de amplias fracciones entre los trabajadores y de una parte considerable de las capas medias.

Más aún, las fracciones del capital más dependientes del mercado interno suelen pasar, en este contexto, a las filas de la oposición y la movilización. Si los neoliberales abren la canilla a las importaciones industriales no se debe a un odio congénito a las chimeneas, sino porque tanto la desindustrialización como las cesantías en masa en la administración pública son herramientas funcionales para maniatar a los asalariados con el fantasma del desempleo.

¿Cuáles fueron las condiciones de posibilidad, en el pasado reciente, para que este tipo de políticas se pudieran aplicar?

La irrupción de las políticas neoliberales comienza con la última dictadura. Como sabemos, esa irrupción se abre paso mediante una violentísima represión que tuvo como blanco principal a los trabajadores. La dictadura no necesitaba votos, pero si su caída requirió siete años y una guerra perdida, eso significa que tuvo respaldos sociales. Los halló, inicialmente, en el conjunto de la burguesía y en gran parte de las capas medias. Uno de los motivos que articuló esta alianza social fue el temor hacia el ascenso de las izquierdas en el mundo del trabajo. Fue ese temor al avance de la radicalización en el movimiento obrero lo que estiró la paciencia de las capas medias y de las fracciones menos favorecidas del capital hacia una política económica (la de Martínez de Hoz y sus seguidores) que los excluía o degradaba socialmente.

La administración de Carlos Menem pudo llevar a cabo, en gran medida, las asignaturas pendientes (por ejemplo, un amplio proceso de privatizaciones) que la dictadura no terminó de concretar. Incluso el hecho de que haya podido hacerlo a través del voto popular refuerza su rol de culminador virtuoso de lo que el "proceso" comenzó en los setenta.

Esta política se enmarcó y fue legitimada por un profundo cambio en la correlación de fuerzas a nivel internacional, en el que se sucedieron la unificación en términos capitalistas de Alemania, el desplome del llamado "socialismo real" en Europa del Este y finalmente la disolución de la URSS en 1991. En este contexto, Francis Fukuyama proclamaba el "fin de la historia" y el capitalismo parecía erigirse en el único paradigma sistémico viable. En el ámbito nacional, ya se ha vuelto lugar común afirmar que la hiperinflación de los últimos meses de la gestión de Alfonsín preparó el terreno para lo que vino después, en cuanto amplias capas de la población estaban dispuestas a dejar de lado otras aspiraciones a cambio de lograr una estabilización macroeconómica. Puede agregarse que cuando en 1991 Domingo Cavallo lanzó el Plan de Convertibilidad y "planchó" la inflación en unos pocos meses, además de exorcizar el caos del declive alfonsinista sacó al propio gobierno de Menem del marasmo inflacionario del bienio 89/91.

Una impresión general es que hoy están ausentes esas condiciones extraeconómicas o extraordinarias para lograr estirar la paciencia de la clase trabajadora, las capas medias y las fracciones más vulnerables del capital. Si esto es cierto, la continuidad de la recesión de la economía pone en marcha la cuenta regresiva que lleva a la licuación de las bases sociales y políticas que respaldan al gobierno nacional. ¿Estamos perdiendo de vista algo importante, así como en aquellas coyunturas pasadas sólo la perspectiva histórica permitió comprender como pudieron avanzar las políticas de Estado neoliberales? Es cierto que la administración Macri se enmarca en un avance de la derecha a nivel latinoamericano y mundial. Pero ese avance no carece de contrastes, y por ejemplo el giro "proteccionista" de la derecha en EEUU y Europa parece desautorizar más que legitimar el sesgo de la política económica del gobierno en muchos sentidos. ¿Es el "antikirchnerismo", el miedo al retorno del "populismo" arraigado en buena parte de las capas medias, el factor capaz de dilatar la tolerancia respecto a los efectos del plan económico de Macri? En todo caso, uno debería preguntarse si esta identidad colectiva abarca a más del 25 por ciento del electorado, y si aún ese piso no podría perforarse en caso de agudizarse el estancamiento.

Tal vez un auxilio inesperado para el gobierno proviene de las estructuras más influyentes de la oposición política.

Conscientes de que el consenso de la alta burguesía acerca de la necesidad del ajuste les dejaría poco margen de maniobra, están lejos de querer alimentar una "crisis de gobernabilidad" que los catapulte de manera precipitada hacia el gobierno.

Se produciría de esta forma una extraña simbiosis entre un gobierno en apuros y una oposición sin apuro para gobernar.

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