Economía
Domingo 30 de Abril de 2017

La vigencia del 1º de mayo

El primero de mayo de 1886, los trabajadores de Estados Unidos produjeron una huelga general no solamente por reclamar ocho horas de producción, ocho horas para el ocio y el estudio y otras ocho para el amor y el descanso.

El primero de mayo de 1886, los trabajadores de Estados Unidos produjeron una huelga general no solamente por reclamar ocho horas de producción, ocho horas para el ocio y el estudio y otras ocho para el amor y el descanso. El pliego de convocatoria era también para terminar con la explotación que sufrían las mujeres, los niños y los ancianos. Para ponerle freno a la ferocidad del capitalismo. Sus principales activistas fueron a la horca y aquella huelga iniciada en Chicago, tuvo repercusiones que gambetearon los límites del tiempo y el espacio.

El primero de mayo de 1890, Rosario fue una de las ocho ciudades del mundo que conmemoró la rebeldía de los que todos los días le dan cuerda al planeta y Virginia Bolten, obrera textil, cerró el acto en la Plaza López.

En esta geografía rebelde, donde fue parida la bandera de la igualdad, donde los ingleses fueron echados en dos oportunidades y en que las llamas quisieron borrar de la faz de la Tierra la insurrección artiguista; en el mapa rosarino, las luchas sociales venían desde hacía tiempo.

Por ejemplo, en 1888 se produjeron dos huelgas ferroviarias exigiendo la libertad de un trabajador detenido, por las ocho horas de labor y aumento salarial.

A fines del 89, las costureras protagonizaron su propia pelea y el 23 de abril de 1890 se creó la sección de la Asociación Internacional de Trabajadores desde la que se adhirió al Congreso Obrero y Socialista de París.

Se habían incrementado las reuniones de los gringos extravagantes que usan corbata negra y moño volador, decía un parte policial de la época, rescatado en un brillante estudio del historiador Leonidas Ceruti.

Virginia Bolten fue detenida. "Demorada por distribuir propaganda anarquista ante los trabajadores de la Refinería Argentina, atentando contra el orden social existente", fue la razón argumentada por los pretores del sistema.

Sin embargo, la concentración se hizo en la plaza López.

Las crónicas señalan que fueron un millar de personas las que se movilizaron en Rosario en conmemoración de los mártires asesinados en Estados Unidos en reclamo por una sociedad más justa. Llovió aquel primero de mayo de 1890 sobre Rosario.

Hablaron Domingo Lodi, Juan Ibaldi, Guillermo Schutlze, Alfonso Jullen, Rafael Torren, Paulino Pallas y Virginia Bolten.

"La crisis actual del país ha agravado y empeorado en mucho la situación de todas las clases sociales, pero de ninguna manera en grado tan desastrosa como la obrera. En medio de esta situación, el pueblo trabajador de la República Argentina levanta por primera vez su voz potente compuesta por millones de desheredados, en demanda de la protección legislativa del trabajo de los obreros...", decía aquel manifiesto.

De regreso al café La Bastilla redactaron un telegrama a Buenos Aires: "Al Comité Internacional de Buenos Aires, Comercio 880: los obreros de Rosario reunidos en números de mil festejamos el primero de mayo. Orden del día: solidaridad con el congreso internacional obrero. Tiempo malo. Demostración imponente. Orden, tranquilidad y animación. Comité provisorio", sostenía aquel texto de lucha y alegría.

El primero de mayo de 2017, en el Día Internacional de los Trabajadores, jornada de lucha a favor de una vida con igualdad, justicia y felicidad para los que son más, encuentra vigentes las consignas de la huelga de Chicago.

En estos arrabales del mundo, donde los procesos políticos y económicos condenaron la ciudad obrera, portuaria, ferroviaria e industrial que era Rosario a ser un centro de servicios de los sectores exportadores, lavado de dinero y mafias que se tragan la vida de decenas de pibas y pibes que ni siquiera terminan la escuela primaria; en este punto del universo, la lucha de los que mueven el planeta es imprescindible para porfiar en la urgencia de frenar la prepotencia del capital concentrado.

En el segundo estado de la república Argentina como es la provincia de Santa Fe, los hacedores de la riqueza, los trabajadores, buscan ganarse la vida y suelen perderla con llamativa facilidad. Cada veinticuatro horas se registran 138 accidentes laborales y un laburante muere cada cuatro días. La mayoría de esos accidentes laborales se dan en grandes empresas que son grandes, justamente, por sus trabajadores.

Desde esta geografía, lugar de origen de las mayores exportaciones cerealeras, la distancia entre los que más ganan y los que menos tienen, presenta un abismo que marca el tamaño de la desigualdad. En el Gran Rosario, la distancia es de 15 veces (14,70), ya que el promedio de los que menos ganan es de 1.260 pesos y de los que más reciben, 18.534 pesos.

Los bellos discursos de inclusión, trabajo estable y en blanco se diluyen ante los números, las vísceras de la sociedad, como alguna vez escribiera Raúl Scalabrini Ortiz: la informalidad entre los asalariados privados en la provincia alcanza al 38%. Las empresas más pequeñas, con menos de cinco empleados, concentran cerca de la mitad del empleo asalariado privado, aunque también poseen una tasa de informalidad del doble del promedio provincial.

El Día Internacional de los Trabajadores, en la provincia de Santa Fe, en particular, y en la Argentina crepuscular del macrismo, exige la continuidad de la pelea contra la ferocidad del capitalismo. Para que la felicidad no sea solamente la propiedad privada del que la pueda comprar, sino el derecho de los que son más, de los que todos los días encienden historia, las trabajadoras, los trabajadores.

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