Economía
Domingo 16 de Julio de 2017

El ataque a los obreros de Pepsico y la grieta de verdad

Primero fue la grasa militante, luego los empleados indiferentes a la angustiante necesidad patronal de despedir y los gremios que arriesgaban los puestos de trabajo con reclamos de aumento salarial.

Con el ataque a los obreros de Pepsico, el gobierno de Mauricio Macri profundiza la verdadera grieta. La que separa a su clase de los trabajadores, cualquiera sea su ideología o filiación política.

Desde Cresta Roja hasta el asalto armado a la planta de la multinacional, pasando por los empleados públicos, los docentes, los choferes de colectivos de Córdoba o las organizaciones sociales, la ruta de los palos sigue una lógica de clase que convierte en una anécdota de campaña la pretendida batalla del oficialismo contra una agrupación política determinada.

Primero fue la grasa militante, luego los empleados indiferentes a la angustiante necesidad patronal de despedir y los gremios que arriesgaban los puestos de trabajo con reclamos de aumento salarial. Le siguieron los asalariados que reclaman en la Justicia y al toque, los abogados y jueces que participan de ese fuero que, al parecer de Macri, sí puede ser presionado abiertamente por el Poder Ejecutivo.

Apenas asumieron, los funcionarios y referentes de la actual administración nacional encadenaron con prisa y sin pausa un relato de acusaciones contra los trabajadores. Desde poner en jaque la macroeconomía por haber creído que tenían derecho a comprarse un celular, hasta ser culpables de los cierres de empresas, sean Sancor o la pyme de la esquina. Una excusa infantil para esconder la causa del tendal de cierre de unidades productivas, que es la política económica.

La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, llevó este argumento, hasta ahora disfrazado de debates económicos o académicos, al terreno de los razonamientos descarnados de la segunda mitad de los años 70: "Las fábricas en las que hay comisiones internas de izquierda cierran", dijo en la huella que dejaron aquellos gerentes de las grandes firmas que en los años de plomo pidieron, financiaron y dieron apoyo logístico al terrorismo de Estado en los cordones fabriles.

La ministra salió en apoyo de la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, quien justificó la represión por la presencia de legisladores y dirigentes de la izquierda que intentaban evitar que las fuerzas de seguridad golpearan ferozmente a simples trabajadores asalariados que resistían los despidos, conscientes de que por fuera de su trabajo, sólo los espera un crudísimo invierno. Los mismos dirigentes a los que el policía politólogo que condujo el operativo les ordenó: "Dejen de hacer populismo".

La lista de enemigos a combatir por Cambiemos es cada vez más amplia y no se puede etiquetar en un candidato opositor, una agrupación o una organización gremial o social. La ofensiva es contra la ley de contrato de trabajo, contra las instituciones de protección y seguridad social, contra las industrias nacionales vinculadas al mercado interno y contra un conjunto de economías regionales consideradas no competitivas. Son blancos de la batalla cultural que publicita el Ejecutivo central. Frente a ello, se construyen líneas defensivas como la escuela itinerante, el acampe antidespidos de Zárate, la pueblada de Acebal en defensa de la industria del calzado, las luchas de trabajadores y autoridades para defender empresas, como Mefro Wheels. La frontera está sometida a una tensión permanente por parte del gobierno.

Su ofensiva incluye las humillantes colas en supermercados para comprar bienes básicos, a partir de una suerte de promo de la malaria financiada por bancos públicos. Docentes y empleados estatales, que en medio de un proceso inflacionario feroz fueron bastardeados y provocados como parte de un plan para obligarlos a firmar una paritaria a la baja, son convidados a comprar con descuento en momentos fugaces y previo sometimiento a una perversa pasarela de necesidad. La lógica que guió a la economía estadounidense hasta la crisis de las subprime en 2008, de reemplazar ingreso real por financiación del consumo, aterrizó aquí con su cara grotesca. Y con sus riesgos. Según el Banco Central, en mayo creció la morosidad del crédito a familias a raíz del mayor incumplimiento en el repago de préstamos personales.

Más allá de las acrobacias estadísticas, habilitadas por el desastre que hizo el gobierno anterior con el Indec, la crisis económica es inocultable.

Frente a eso, un circo de palos y humillación clasista se convierte paradójicamente en parte importante de una oferta de campaña, que el gobierno confía en plebiscitar con éxito próximamente.

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