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Domingo 02 de Agosto de 2015

Dylan Thomas: la poesía como combustión pura

El notable creador galés sigue siendo imán para numerosos lectores en todo el mundo, atraídos por su exuberante talento. El poeta chileno Juan Carlos Villavicencio tradujo especialmente para Más dos de sus deslumbrantes textos.

El 9 de noviembre de 1953, en el hospital Saint Vincent de Nueva York, moría uno de los más grandes poetas de la lengua inglesa. Al galés Dylan Thomas le habían bastado apenas 39 años para producir una obra de intensidad y rigor únicos, moldeada por influencias tan originales como profundas.
El surrealismo, la Biblia y el trasfondo mítico de la cultura celta son las fuentes donde bebe su poesía, cargada de vitalidad y referencias a la naturaleza, siempre ajena a la ironía y la soledad urbanas. Para Thomas “la poesía debe ser tan orgiástica y orgánica como la cópula, divisoria y unificadora, personal pero no privada, propagando al individuo en la masa y a la masa en el individuo”.
Dueño de una voz inimitable, sus lecturas en voz alta convocaban a cientos de fanáticos.
En YouTube pueden disfrutarse tres de sus más bellos textos en su propia versión inimitable. También hay brillantes lecturas de Richard Burton y Anthony Hopkins, dos luminarias del cine británico.
Pero Thomas no sólo fue poeta: sus cuentos y relatos, incluidos entre otros libros en dos clásicos como Retrato del artista cachorro y Con distinta piel, son de notable factura y hondo lirismo.
Conocido por sus excesos alcohólicos y su impenitente bohemia, su muerte en plena juventud no hizo más que dar paso a una leyenda.
El poeta chileno Juan Carlos Villavicencio, especialista en la obra de su gran compatriota Jorge Teillier y destacado traductor, ha vertido al castellano especialmente para Más dos textos del hombre a quien Bob Dylan (nacido Robert Allen Zimmerman) homenajea nada menos que con su propio nombre.

Y la muerte no tendrá dominio

Y la muerte no tendrá dominio.
Los desnudos muertos serán uno
con el hombre en el viento y la luna del poniente;
cuando sus huesos sean descarnados y los descarnados huesos
se consuman,
en el codo y el pie tendrán estrellas;
aunque se vuelvan locos estarán cuerdos,
aunque se hundan en los mares se volverán a levantar;
aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor,
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
Los que yacen hace tiempo en los recodos bajo el mar
no morirán ahí en vano;
retorcidos en los potros de tormento cuando cedan los tendones,
atados a una rueda de tortura, aun así no serán despedazados;
la fe en sus manos se partirá en dos
y los males los atravesarán como unicornios;
cuando todos los cabos estén rotos, ellos no se partirán;
y la muerte no tendrá dominio.

En la dirección del comienzo (1938)

En la liviana tienda en el campo que se mece en el gran atardecer de primavera, cerca del mar y la rústica barca con un mástil de madera de cedro, el armazón de madera adornado con espolones y conchas, una plegada vela color salmón, y dos remos como aletas; con gaviotas en un vuelo alto allá arriba, cigüeña, pelícano y gorrión volando hacia el fin del océano y al primer grano de una tierra sin tiempo que gira en la cabeza de un reloj de arena, un aro de plumas bajo la oscuridad de la primavera en un año patas para arriba; como las rocas en la historia, por cada rasgo y miembro garabateado, ojo de una aguja, sombra de un nervio, corte en el corazón, por escindidas fibra y arcilla enhebradas, grabadas para el delirio de la odisea la caída de la hoja de laurel el volcamiento del roble el astillamiento de la piedra lunar contra la reencarnación del asesino animadas y numerosas olas, un hombre ha nacido en dirección hacia el comienzo. Y fuera del sueño, donde la luna lo ha erigido a través de las montañas —en los ojos de ella— y por los fuertes, escudriñados brazos que cayeron tras la mujer, llenos de dedos y mareas, hacia el mar y el viento, luchó al borde del atardecer, fue hacia el comienzo como un ganso hacia el cielo, y llamó a sus furias por sus nombres desde el índice de viento dibujado de tumba y aguas. ¿Quién fue esta extraña que vino como granizo, cortada en hielo, que tiene un arbusto marino de hojas nevadas como pelo, y más alta que un mástil de cedro, la blanca lluvia del norte descendiendo y el mar conducido por ballenas arrojado a las cuencas de aquel ojo, desde una ciudad de pescadores en la isla que ya flota? Ella era salina y blanca y viajera como el campo, sobre una hoja, se mecía con pájaros a su alrededor, atardecer centrado en el corazón que nunca ha sido, oyó él sus manos entre la copa de los árboles —una pluma sumergida, de ella sus dedos fluyeron sobre las voces— y el mundo fue ahogándose a través de una sirena visión de hierba de alguien extraño y bestias de agua y nieve. La palabra fue absorbida hasta la última gota del lago; la catarata de la última partícula se preocupó al empaparse de sudor a tierra, como si la lluvia del paraíso hubiera arrastrado sus nubes a caer como una tortuga volcada, como un maná hecho de temporadas de suaves barrigas, y el duro granizo, cayendo, esparcido y aturdido en una nube mitad flor mitad ceniza o el viento del carroñero de patas largas a través de una pirámide levantada alta con lodo o el suave y lento flujo de vapor mezclado y hojas. En el centro exacto del encantamiento fue él un habitante de la costa en alta mar, atado al ojo por su pelo en el pecho del cíclope, con sus abrazados muslos encordados entre su voz; blancos osos nadaron y se ahogaron marineros en la música que ella escaló y dibujó con sus manos y fábulas desde el erguido pelo de aquel hombre; de un tirón ella le arrancó su terror por los oídos, y lo aburrió cantando dentro de la luz a través del bosque de la peluda serpiente y la voz de piedra giratoria. La revelación miraba fijamente atrás por sobre su traspasado hombro. ¿Cuál fue la génesis de ella, la última chispa de juicio o el chorro de la primera ballena desde el vasto mar? ¿La conflagración en el fin, un fuego fúnebre saltando, un cohete gastado con su cola aún caliente, o, dónde la primavera originaria y su locura escalaron las barreras del mar y las cerraduras del jardín fueron magulladas, coronada y apagada agua sobre la vela de la montaña? ¿De quién fue la imagen en el viento, la huella en el acantilado, el eco golpeando para obtener una respuesta? Ella fue como una oropéndola de pelo serpenteante. Ella se deslizó en el campo de sal que todo traga, las rocas y la crónica, las anatomías oscuras, el mismo mar anclado. Ella hizo estragos en el útero de la mula. Ella titubeaba en la galopante dinastía. Ella era ruidosa en la vieja sepultura y guardaba una silenciosa, rápida lengua bajo el sol. Advirtió de ella su expulsada imagen, trazó el mapa con el pie de una pesadilla envenenada y enmarcó contra el viento la impresión de su pulgar que torció en su mano con la membrana de una sombra, interrogación de un eco familiar: ¿cuál es mi génesis, la fuente de granito extinguiéndose donde la primera llama es arrojada al esculpido mundo, o a la fogata de crines como un león en el umbral de la última bóveda? Una voz entonces en aquel atardecer viajó por la luz y las ondas en el agua, un lineamento desafió los deslizados ánimos, desde donde la cantárida de mar de oro verde tiñe el rastro del veneno de un pulpo arrastrándose a través de espuma, y desde las cuatro esquinas del mapa un querubín en una isla sopló las nubes hacia el mar.
 

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