La ciudad
Domingo 09 de Octubre de 2016

Dos siglos de arte tratan de dialogar en el Museo Castagnino

Se presenta la exhibición itinerante "Congreso de Tucumán-Bicentenario 200 años de arte argentino", del Museo Nacional de Bellas Artes.

El Museo Castagnino tiene toda su planta baja "tomada" por su hermano mayor, el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA). Se trata de un centenar de obras de arte de lo más heterogéneas. Un masa de poliéster coloreado se enfrenta a una pintura de inicios del siglo XX, un video a un retrato de una dama del 1800. La idea, explican los responsables, es que ambas épocas "dialoguen". Algunos sentirán que, efectivamente, dialogan, otros, sólo percibirán una cacofonía chirriante. Así es, en sustancia, la muestra itinerante "Congreso de Tucumán-Bicentenario, 200 años de arte argentino", curada —esto es, proyectada— por dos expertos y que hasta el 30 de noviembre está de visita en el Castagnino (Castagnino+macro, en rigor). La exposición ya pasó por Tucumán y su próximo destino es Mar del Plata. Si después de recorrerla aún quedan energías, hay que subir las escalinatas y disfrutar de una exhibición del pintor rosarino Anselmo Piccoli (ver aparte).

   Espontáneamente, el visitante enfila para la gran sala central, que exhibe el cuarto ítem o "núcleo" de la muestra: Vanguardia y abstracción. Allí hay espléndidas telas de Emilio Pettorutti, Alejandro Puente, César Paternosto y otros grandes de la abstracción argentina del siglo XX, que se entrecruzan con objetos contemporáneos. Destaca sobre el piso en un ángulo una escultura de rojo reluciente plena de curvas, de Cecilia Teruel. Detrás del piano de concierto aparece un soberbio Petorruti del 61. Cerca se puede ver un pequeño Tomás Maldonado de 2005 y a su lado surge una figura en acero de la rosarina Fabiana Imola que hace pensar en unas raíces. Y a los pies de dos obras abstractas se retuerce una serpiente de cartón de Elías Tobares.

   A lo largo de la exhibición hay obras de gran tamaño y calidad de las grandes "firmas" nacionales —Seguí, Noé, Berni, Gómez Cornet—, pero también se ven artistas fundamentales representados con trabajos menores, como Carlos Alonso y Xul Solar. A los interesados en los fundamentos teóricos se les provee de un extenso texto de los curadores Andrés Duprat (director del MNBA) y Jorge Gutiérrez (director de la Escuela de Bellas Artes de Tucumán). Allí se dan las razones de cada una de las cuatro secciones o "núcleos" postulados: Paisaje y territorio ("el territorio es paisaje intervenido, la geografía dispone el espacio ecológico en el cual hombres y mujeres tejen sus vicisitudes históricas"); Visiones sobre la subjetividad ("El sujeto es la primera capa de sentido de la historia"); Los cambios sociales ("Es en el espacio público donde se dimensiona la emancipación en forma explícita....la protesta, la insurgencia, la memoria de actos resistentes o desesperados se vuelven potencia crítica...") y la ya citada Vanguardia y abstracción, que también se interpreta en clave política ("emancipadas de la representación, las vanguardias de vocación abstracta han sido apertura a futuros posibles o utópicos"). Un denso armazón teórico que, en un folleto informativo para público general, expone un lenguaje que parece más apropiado para una cátedra. Pero el visitante bien puede dedicarse simplemente a recorrer las salas con despreocupación "virgen" y ver qué le pasa ante las obras. Esto es casi siempre lo mejor. Se encontrará así a Raquel Forner, con una obra del 42, tenebrosa, que se enfrenta —dialógicamente, es de esperar—, con un sujeto aullante encapsulado en plástico de Juan Carlos Distéfano y una gran foto a color de Alejandro Kuropatwa, o, ahí cerca, el "David 2007" de Diego Figueroa, un David de la marginalidad conurbana; hay también un crucifijo camuflado de León Ferrari que cuelga junto a un obrero de overol martirizado como San Sebastián por Antonio Berni.    

Diversidades. Quien se llegue al Castagnino no saldrá indiferente ante esta sucesión de diversidades. Tal vez sirva la muestra para quebrar la férrea confusión popular entre arte moderno y arte contemporáneo, entre la abstracción de los años 50 o la Nueva Figuración del recientemente fallecido Rómulo Macció y obras muy posteriores y diferentes, tan características de este tiempo. Además, dentro de los contemporáneos reaparece esta diversidad, nítida, entre la "pecera" kitsch del misionero Mauro Koliva y la estricta monocromía de Pablo Siquier. Los cuatro colchones estampados con un mapa del consagrado Guillermo Kuitca, dentro del núcleo Paisaje y territorio, seguramente despertarán el estupor de más de un desprevenido.

   Se podrían seguir enumerando obras y autores, pero lo mejor es llegarse al museo de Pellegrini y Oroño una tarde de estas, antes del no tan lejano 30 de noviembre, y caminar con tiempo por sus salas de la planta baja. Cada uno se llevará sus impresiones, sus juicios y sus memorias. Porque ocurre que cada persona es mucho más que una capa de sentido impresa por las fuerzas históricas.

Exposición de Anselmo Pícoli

Después de la recorrida por la gran muestra del Bicentenario, o bien para "agendarla" para volver otro día, en el segundo piso del Museo Castagnino se despliega una muestra valiosísima de Anselmo Piccoli (Rosario, 1915-1992) como nunca se vio, que atraviesa todo el recorrido de este artista, de gran prestigio entre especialistas y aficionados pero no muy conocido por el público general. A la exposición retrospectiva se la llamó "Avatares de la forma".

   La exposición recorre todas las etapas del arte de Piccoli, desde su juvenil realismo social bajo la guía de Antonio Berni a las etapas diferentes de la más rigurosa abstracción geométrica y la estación intermedia en la que el artista, en una larga y cuidada evolución, fue "geometrizando" la composición figurativa, muchas veces con el expediente de recurrir a obras emblemáticas del Renacimiento o Barroco de las que abstrae -literalmente- los detalles de las figuras y deja sus volúmenes y valores. Llega por este camino, en los 70, a la abstracción completa, justo cuando ese movimiento en el mundo estaba en retirada. Los tiempos personales y los históricos no estaban acompasados, y al artista de verdad que era Piccoli esto no le importó en absoluto. "...la estructura y el color plano ocuparon el centro de un vocabulario plástico cada vez más despojado, que, sin embargo, encontró inflexiones para lograr matices en la interpretación", señala la responsable de la muestra, Cristina Rossi. La curadora también acierta cuando en el recorrido informa que en 1989 Piccoli sufrió un infarto y, ante la cercanía de la muerte, su obra tomó tonos extremadamente oscuros. Una última sala exhibe trabajos de otros artistas inspirados en Piccoli. Seguramente el más logrado y evocativo es una serie de fotos de un jovencísimo Norberto Puzzolo, en las que el fotógrafo aparece, espejo mediante, junto a Piccoli, totalmente concentrado en su trabajo.


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