La ciudad
Domingo 26 de Junio de 2016

Dos rosarinos unieron la ciudad con Río de Janeiro para fomentar el uso de la bicicleta

Tardaron más de seis meses y uno de ellos hasta vendió una cama para poder costear el viaje. Una locura de 3.500 kilómetros.

El fenómeno de la bicicleta está en auge y hay personajes que ayudan a la causa. Tal es el caso de dos rosarinos que pedalearon desde Rosario hasta Río de Janeiro para fomentar y difundir la importancia de la utilización de este medio de transporte. La premisa que los acompañó fue clara: la mejor herramienta para viajar es uno mismo, la fuerza de voluntad y, obviamente, la entrañable bici.

En este viaje muy cercano a la locura se embarcaron Gonzalo García (26) y Agustín Alonso (25), amigos y vecinos de barrio Alberdi desde muy chicos. A través de la página de Facebook "Proyecto Oriente", fueron subiendo fotos del viaje y contando los pasos que daban hacia tierras cariocas.

"Armamos Proyecto Oriente porque la idea era fomentar y difundir el uso de la bicicleta y compartir nuestra experiencia", contó Gonzalo y recordó que por cada lugar que pasaron y los vieron en bicicleta, la gente se les acercó para preguntarle cosas.

Todo comenzó una noche cuando, entre cervezas, los viejos amigos decidieron unir Rosario con Río de Janeiro en bicicleta y por un recorrido que bordeara la costa atlántica de Uruguay y Brasil. Pero para salir a la ruta, hubo que hacer algunos sacrificios: Gonzalo dejó el departamento que alquilaba y su trabajo en un call center, vendió una cama y una de las tres bicicletas que poseía.

Por su parte, el viaje coincidió con un magro momento en la vida de Agustín, ya que había sido despedido del call center donde trabajaba.

Los hospedajes durante el viaje, que arrancó el 2 de diciembre pasado y culminó a principios de junio de este año, fueron de lo más variados: hostels, campings, bosques y playas en Uruguay, y hasta estaciones de servicio en territorio brasilero.

"Es muy común que en las estaciones de servicio de Brasil te dejen acampar. Pedís para poner una carpa y te marcan dónde podés hacerlo", contó Agustín.

Extenso. Si bien los 3.500 kilómetros de distancia que separan a Rosario de Río de Janeiro demandan una buena cantidad de tiempo, los jóvenes confesaron que tardaron casi el doble en hacer el recorrido. Además de tramos en los que llovía mucho y se les hacía imposible continuar, fueron parando en algunos lugares para, además de lograr el objetivo, disfrutar.

Por supuesto que no todo fueron sonrisas. Al momento de llegar a Florianópolis se quedaron sin provisiones ni dinero. "Nos quedamos sin nada de efectivo. Encima, llegamos y era temporada baja, justo cuando se terminaba. Tuvimos que usar unas tarjetas de crédito que me habían quedado del laburo. Ahora estoy pagándolas", se lamentó Gonzalo.

Además, hubo momentos ociosos por demás: "En Gramado (115 kilómetros al norte de Porto Alegre) nos agarró una lluvia tremenda. Estábamos en un camping en el que todas las personas que estaban eran grandes y descendientes de alemanes, re serios. No había nadie y se inundaba todo. Un embole bárbaro", confesó Agustín.

Ruta complicada. Una de las peores partes del periplo ocurrió casi llegando a la localidad de Bom Jardín da Serra. En una ruta que, según consignan, es más de piedra que de tierra, tuvieron muchos pinchazos en las cubiertas. "Capaz que en un tramo nos tocaban 350 kilómetros de piedras y pinchábamos cuatro veces en 30 kilómetros", dice Agustín.

Estuvieron durante horas con frío, bajo la llovizna y con la niebla baja esperando por un auto que los alcanzara hasta algún pueblo, luego de pinchar y quedarse sin insumos para arreglar las cubiertas de una de las bicicletas. "Estuvimos horas tirándole piedras a un poste para que pasara el tiempo. En un momento pasó una camioneta con un señor grande, desconfiado que no hablaba una palabra de español. Nos hicimos entender como pudimos y nos terminó llevando; apenas nos subimos, se largó una lluvia tremenda y nosotros sólo estábamos en bermudas, remera y pilotín", recordó Gonzalo.

Vivir de esto. Quien más contaba con experiencia en este tipo de viajes es Gonzalo, que ya se había ido solo hasta Montevideo en bicicleta. No obstante, comentó que este periplo a Brasil no se compara con ningún otro.

"Hay muchas ideas para hacer otro viaje, todo el tiempo. Igualmente, es feo volver y no tener qué hacer, no tener trabajo o no tener algo guardado como para mantenerse un tiempo. Tenés que volver y arrancar de cero", admitió Gonzalo, que consiguió trabajo en una cervecería. Agustín, por ahora, sigue buscando.

Ante la consulta sobre la posibilidad de vivir de esto, de conseguir algo o alguien que patrocine sus viajes para fomentar el uso de la bicicleta como medio de transporte, ambos responden sin dudar: "Lo hacemos. Nos gustaría vivir de esto, pero poder volver a casa después de los viajes".

"Desde acá puedo hacer dos mil viajes, pero yo soy de acá. No me gustaría vivir siempre viajando sin lugar fijo. Pero si me lo ofrecen, ni lo pienso: cargo las alforjas y vamos", aseguró Gonzalo.

Dos audaces. Distintos. Esos "locos lindos" que suelen poblar Rosario y llevar su locura hacia otras fronteras.

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