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Martes 12 de Agosto de 2008

Dos en la noche

Cuatro de la madrugada de un domingo. Avenida Pellegrini es un desierto y apenas dos o tres oasis se abren en la helada soledad. En la esquina de Rosas una extraña dupla toma café o cerveza y charla. Habla, sí. Esa costumbre que tantos han perdido.

Cuatro de la madrugada de un domingo. Avenida Pellegrini es un desierto y apenas dos o tres oasis se abren en la helada soledad. En la esquina de Rosas una extraña dupla toma café o cerveza y charla. Habla, sí. Esa costumbre que tantos han perdido.

Los dos tienen más de setenta años. Pero todavía guardan dentro suyo el viejo fuego. La pasión que los alimenta desde siempre. Y los sostiene.

Uno viene de los libros pero la música lo acuna cada noche. Respira poesía y jazz. Borges y Miles Davis. Girondo y Oscar Peterson. Aunque Mozart no le es desconocido. Y tampoco Goyeneche.

El otro se duerme con la cabeza apoyada sobre un pentagrama pero el país nunca le fue indiferente. Furioso anticlerical, sus cartas de lectores publicadas habitualmente en La Capital son esperadas tanto por sus admiradores como por sus detractores. Ríspido polemista, conoce a Bach como muy pocos en la Tierra.

Los dos son parte de una Argentina que ya se fue. Pero tercos como son, duran y duran. No se rinden. No se quejan.

Ambos están enamorados de una mujer y lo dicen sin miedo. Jamás creyeron que el detestable paso del tiempo les impidiera dar y recibir. Y dan, dan y dan. A veces, como los buenos amantes, también reciben.

Son un ejemplo y aunque lo sepan no lo creen y aunque lo crean, no les importa. Esta ciudad que tantas veces elige espejos rotos para mirarse debería mirarse más en ellos y en quienes son como ellos. Que son cada vez menos.

A las siete de la mañana, cuando la fría penumbra del invierno se vuelve claridad, se despiden y vuelven a casa.

Gary Vila Ortiz y Cristián Hernández Larguía son amigos.

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