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Martes 18 de Diciembre de 2012

Dos historias unidas por su final trágico

Mary Moscarola y Aldo Pavón no se conocían. Sus vidas eran distintas, una anciana humilde y solitaria ella, un hombre activo y probablemente lleno de relaciones él, pero sus muertes se asemejan.

Mary Moscarola y Aldo Pavón no se conocían. Sus vidas eran distintas, una anciana humilde y solitaria ella, un hombre activo y probablemente lleno de relaciones él, pero sus muertes se asemejan. Ambos fueron asesinados por delincuentes que, cebados por una impunidad evidente y recargados de una violencia que no reconoce frenos, deseaban algo de ellos: querían robarles.

A Moscarola la mataron mientras atendía un modesto quiosco, el que le permitía subsistir a su sufrida vejez (lo contamos en la página 12 de la edición de ayer y se actualiza en la página 15 de esta edición). A Pavón cuando volvía a su casa, a reencontrarse con la esposa (el caso se despliega en la página 12 de esta edición). Fueron asesinados a la noche, cuando los peligros que acechan en una ciudad con índices de criminalidad  crecientes se potencian y cuando la ausencia del Estado se percibe más que durante el día.

Las suyas son historias diferentes unidas por su triste y violento final. Ahora están vinculadas, pero no por lo que fueron en vida sino por la manera en que encontraron la muerte. Hay otro detalle que iguala el capítulo final de esas historias. Moscarola y Pavón vivieron sus vidas como la mayoría de la gente, con sueños y proyectos, con éxitos y fracasos, con afectos o sin ellos, pero con perfil bajo. Nunca salieron en los diarios ni en la TV porque a lo largo de sus largas vidas (81 años Mary, 55 Aldo) jamás se habían constituido en sujetos de noticia alguna.

Nunca, hasta que los asesinaron en noches sucesivas. El protagonismo que ahora adquirieron es triste e irreparable. Ambos son sujetos de la crónica policial, la menos deseable de todas, porque murieron asesinados. Son víctimas, igual que los que sufren sus muertes. Y ahora también son una estadística: dos vidas truncadas que hay que cargar a esa etiqueta amplia e imprecisa a la que llamamos “inseguridad” y en la que caen episodios tan dispares como el robo de un celular o la ejecución de una persona.

Frente a episodios como sus muertes es cuando el debate sobre la seguridad  siempre parece vacío e improductivo.

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