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Lunes 29 de Abril de 2013

Donde vive la vida

Reflexiones, por Sebastián Riestra / La Capital. En Rosario, hay lugares donde basta entrar para ser felices. La histórica librería Longo, Sarmiento entre San Juan y Mendoza, por ejemplo.

En Rosario, hay lugares donde basta entrar para ser felices.

La histórica librería Longo, Sarmiento entre San Juan y Mendoza, por ejemplo. Desde la remota adolescencia tantas maravillas he encontrado en sus estantes, como el gran libro de Najdorf sobre el Torneo de Candidatos de Zurich 1953, en dos tomos, o un Pessoa de Alianza Tres que fue del poeta Héctor Paruzzo.

La panadería Rivadavia, de San Martín entre Cochabamba y Pellegrini, que conserva una venerable caramelera de vidrio, de esas que en nuestra infancia estaban cargadas de tentación y colores. Allí comprábamos los merengues de dulce de leche y crema que sucedían a los suculentos ravioles del domingo.

La plaza Bélgica, esquina de Zeballos y Colón, donde el vértigo de la ciudad se arremansa entre las hojas del ombú nuevo y los añejos eucaliptos.

La pizzería Santa María, en San Martín y Garay, donde todavía se puede comer con las manos la inolvidable fugazza con queso y tomar con sed un moscato helado.

El pasaje Mariscal Santa Cruz, entre las calles Ayacucho, Alem, San Juan y Mendoza, donde podrían aparecer mujeres con peinetón y miriñaque sin sorprender a nadie. En esa atípica cuadra surge una impensada Rosario "colonial", entre adoquines y árboles añosos. Es una cuadra de otra ciudad que un extraño arquitecto divino dejó caer por error en el paisaje de los rosarinos.

El bar Pasaporte, en la esquina de Urquiza y Maipú, frente a la aduana. En sus pequeñas mesas metálicas, bajo los jacarandaes, muchos se sienten como si estuvieran en París. Es el rincón más europeo de nuestra simétrica geografía.

El cine El Cairo, Santa Fe entre Sarmiento y Mitre. Debería estar dentro de esta lista sólo por el hecho de ser el último "cine-cine" de la ciudad, entre tanta indiferenciada sala de asépticos shoppings. Pero además es un cine hermoso, con su escultura de palmeras a un costado de la pantalla y sus legendarias butacas, donde tantas obras maestras hemos visto y tantos besos hemos dado. Sólo se extraña el bombonero que ofrecía helados envueltos en papel de aluminio, bloquecitos Suchard y las queridas cajitas de Sugus masticables o confitados.

La Marina, el entrañable bodegón de calle Juan Manuel de Rosas entre Rioja y Córdoba, donde el aroma de pescado frito impulsa a pedir de inmediato un jerez bien frío. Bajar por sus escaleras sigue siendo un acto que renueva el alma, antes de que se renueve el estómago.

La plaza Pringles, Córdoba entre Paraguay y Presidente Roca, con sus plátanos altos que acarician el cielo y su exquisito desnudo de mujer decapitado. Entre sus bancos aún anda el poeta Facundo Marull, buscando a su perdida María Luisa.

La Biblioteca Argentina, frente a la misma plaza Pringles, donde los libros duermen en estantes llenos de silencio, esperando que la mirada de un estudiante recorra sus páginas en busca del secreto de la vida.

La cancha de Central Córdoba, sur profundo de la urbe, barrio de Tablada, con sus vetustos tablones de madera donde ciertas noches, cuando todos duermen, parece sentarse el fantasma de Gabino Sosa a esperar la llegada del Trinche Carlovich.

El comedor Balcarce, mejor conocido como "El vómito", en Balcarce y Brown, donde se come bien, barato y abundante, lejos de los esnobismos de los nuevos ricos y la vulgaridad inconmovible de la burguesía.

El parque Alem. A pesar de que ya no estoy en edad, no renuncio a subir de nuevo al trencito.

La vieja rotativa en desuso de La Capital, en el tradicional edificio del diario, Sarmiento 763. Cada vez que bajo a ese enigmático sótano espero que el monstruo se ponga otra vez en movimiento y empiece a escupir páginas con la tinta aún fresca, entre el ajetreado ir y venir de los trabajadores, muertos de calor, bañados en sudor, gritando, felices.

Defendamos los lugares.

Quieren convencernos de que ya no son necesarios, de que podemos canjearlos ventajosamente por laberintos de acero, acrílico y aire acondicionado. Quieren hacernos creer que perderlos no sería una derrota.

Mantengamos los vínculos: intentan persuadirnos de que mirar al otro no tiene importancia, de que el miedo es inevitable y también el desamparo. La soledad comienza con el anonimato. Encontrémonos. Conversemos.

Defendamos los lugares porque sólo en ellos existen los vínculos. Sólo en ellos pueden vivir los hombres y mujeres que aún no han renunciado a cambiar el mundo.

Sólo en ellos vive la vida.

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