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Sábado 28 de Agosto de 2010

Donde todo calla

Cuando todos duermen, él termina de lavar los platos y se acuesta. Cansado, pero feliz. Porque lo esperan un libro y una copa.

Cuando todos duermen, él termina de lavar los platos y se acuesta.
Cansado, pero feliz. Porque lo esperan un libro y una copa.
El mejor momento de su día es la noche. Cuando hay silencio y el vértigo inútil se ha calmado. Cuando casi no quedan autos en las calles y se puede pensar. Se puede soñar.
(Entonces, el corazón de la ciudad late despacio y bajo la luz tenue del velador surgen, amigas, las palabras. Ellas le hablan y él escucha. A veces, hasta contesta).
Duerme su amor a su lado, su hija en el otro dormitorio. Pero él está despierto en el pecho de la oscuridad, con una estrella de papel entre las manos. Lee.

 

Consuelo, refugio, abrigo y sentido. Eso son los libros para él. Punto de partida y de llegada y al mismo tiempo, camino. Hay libros que ha perdido y extraña más que a mucha gente. Hay libros con los cuales sueña.
(Uno de sus sueños más amados es una librería escondida en una calle arbolada de una ciudad que podría ser Montevideo. Es una tarde soleada y silenciosa de primavera. La descubre y entra. Y allí están. Todos. Cada uno de ellos. Los que siempre buscó y nunca encontró. Los que buscó, encontró y perdió. Los que buscó, encontró, perdió y ahora vuelve a encontrar, ya para siempre. Son tantos y, a la vez, tan pocos. Allí está la edición íntegra de David Copperfield en la colección Robin Hood, que se manchó con sangre sobre la ruta la noche de la muerte de su madre. Allí están, también, la edición venezolana de Escúchanos, Señor, desde el Cielo, tu Morada, de Malcolm Lowry, y la primera edición en Fabril de la Antología de la Poesía Surrealista de Aldo Pellegrini. Y Señales de Mar, de Saint-John Perse. Y Del Tiempo y del Río, del genial y olvidado Thomas Wolfe, en la colección El Navío, de Emecé, que dirigía Eduardo Mallea. Y los libros que leyó cuando era chico: Ella y Ayesha, de Haggard; La Flecha Negra, de Stevenson; Marinero en Tierra, de Rafael Alberti).

 

“Queremos explorar la bondad, comarca enorme donde todo calla”, decía Apollinaire, ese poeta luminoso que tanto me acompaña.
Y ahora lo sé: los libros son la bondad misma. Son manos, que esperan que las tomemos para abrirse. Son viajes, que podemos emprender cuando queramos. Son ventanas que dan a la belleza, la sensibilidad, la inteligencia, la alegría. Puertas que nos comunican con lo mejor de este mundo. Amigos y más que amigos, amores. Amores inolvidables, que llevaremos en el alma hasta que las palabras nos dejen, hasta que seamos viento que canta sobre el mar.

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