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Domingo 19 de Abril de 2015

¿Dónde estás, otoño?

¿Dónde estás, otoño? ¿A qué se debe tu ausencia? Los que te queremos, los que te sentimos amigo, ya empezamos a preocuparnos.

¿Dónde estás, otoño? ¿A qué se debe tu ausencia? Los que te queremos, los que te sentimos amigo, ya empezamos a preocuparnos. ¿O acaso era concebible, no mucho tiempo atrás, que a mediados de abril la temperatura trepara cotidianamente hasta más allá de los treinta grados, como ocurre por estos días aciagos? Para esta época, en otras épocas (ustedes dirán lejanas y tendrán razón) ya habíamos apelado a la chalina, la campera de corderoy y las botas, y aspirábamos el perfume inefable del coñac en los bares nocturnos. Y salíamos a caminar por las calles de veredas solitarias con el único objetivo de sentir bajo los pies el crujido de las hojas secas. Ahora, en cambio, nos acechan los mosquitos y un calor pegajoso y persistente. Ya es hora de que regreses, otoño. Lo tuyo merece calificarse de vagancia. O, cuanto menos, de inexcusable negligencia.

¿No será que vos también, como tantas cosas y lugares que amamos, te estás yendo sin despedirte? ¿Acaso igual que los cines de barrio, las calesitas, las moreras e higueras en las plazas, la cortesía, los lectores de libros, los compradores de discos, la pizza que se come con la mano, los bares de billar y el silencio, estás emprendiendo una sigilosa pero irreversible retirada? No sabés cómo extraño esas tardes transparentes y frías, de luz purísima sobre los fresnos amarillos. Y casi sin darme cuenta, en este agobiante cuasiverano que nunca se termina, empiezo a tararear una canción de Serrat.

(“Llueve, detrás de los cristales/ llueve y llueve./ Sobre los chopos medio deshojados,/ sobre los pardos tejados,/ sobre los campos llueve”). Maldición, otoño, se te extraña. ¿Dónde fuiste? Donde sea que hayas ido, volvé. En el avión negro como el general o con la frente marchita como en el tango pero volvé rápido: ¿no te das cuenta de que hacés falta? Ponete a pensar: ¿qué vamos a hacer sin otoño? ¿Cómo vamos a vivir sin las largas caminatas, sin la barra de chocolate compartida, sin la tibia mano del amor en la mano y las veredas tapizadas por el oro maduro de los plátanos? ¿Cómo sin la llovizna lenta detrás de las ventanas y el libro en la mano junto al café caliente? ¿Perdimos tanta belleza por culpa del maldito cambio climático? ¿Te canjearon sin avisar, así nomás, por esta humedad que aplasta? Se te extraña horrores, otoño. ¿Por qué nos abandonaste de pronto, sin siquiera dignarte a mandarnos un miserable whatsapp? Dejo de silbar a Serrat y me paso a un tema de Artaud, del Flaco Spinetta.

(“Todas las hojas son del viento/ porque las mueve hasta en la muerte”). Aquí va una módica lista de deseos, que pueden considerarse reclamos, reivindicaciones necesarias y urgentes. Quiero volver a patear hojas en las veredas de la calle Santiago. Prender un cigarrillo protegiendo el fósforo de las ráfagas. Usar boina, despertarme con un estremecimiento en la madrugada y levantarme a buscar una frazada.

Quiero volver a abrazar al amor frente al río, bajo el cielo gris, y entrar a un bodegón a comer puchero sin fijarme en la marca del tinto. Y después, salir caminando en el frío de la noche bajo las estrellas. Pero sin otoño, ¿cómo podré? ¿Cómo haré para ser feliz, ahora que las hojas no pertenecen al viento y detrás de los cristales ya no llueve? Otoño, ¿dónde estás? ¿Dónde te fuiste, compañero?

 

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