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Domingo 18 de Octubre de 2015

Disculpas

Desde el diván. El cerebro no se lava por la sencilla razón de que no es lavable.

Disculpar es un verbo de ejercicio diario llevado adelante por individuos a título personal, o bien por instituciones en representación de sus miembros o en ocasiones especiales por algún país en nombre de sus habitantes. Una de esas ocasiones ocurrió en el pasado 2012 cuando el presidente de Alemania,  Joachim Gauck, pidió disculpas por el holocausto en los que asesinaron a más de seis millones de judíos a manos de la Alemania de la Segunda Guerra Mundial. Alemania: uno de los países más cultos y más importantes del mundo atrapado por entonces en el delirio colectivo de ser la raza superior en su perfección blanca y aria. Por cierto un delirio muy patológico no del todo desterrado en el presente.
Transcurridos 70 años del fin de la Segunda Guerra Mundial todavía hay disculpas por aquellos delitos de guerra imprescriptibles cometidos por Alemania, el país, como se sabe, también derrotado en la llamada Primera Guerra Mundial. A consecuencia de dicha derrota Alemania fue sometida a un tratado de final de guerra (Versalles) humillante para los alemanes. Con las “razones” de dicha humillación Alemania desató la Segunda Guerra Mundial, en ese marco organizó y realizó el genocidio de los millones de judíos y de otros alemanes.

Con todo, las disculpas no terminaron con la polémica incluyendo una irritante novedad, a saber, la aparición de un segmento de la ultraderecha alemana y europea sosteniendo en conferencias y demás espacios que el Holocausto nunca existió. Semejante despropósito alcanzó tal dimensión que la Unión Europea se vio obligada tomar y analizar el asunto estableciendo que la negación del Holocausto constituye un delito bien tipificado con el nombre de “negacionismo”. Es decir a ojos vistas semejante síndrome consiste en la práctica de la negación de hechos o de realidades, un ejercicio por cierto al que es muy proclive el ser humano.
En el mundo de hoy a los 70 años (ya mencionados) de finalizada la Segunda Guerra Mundial en el país vencedor de dicha guerra, los EEUU, la Asociación Americana de Psicología pide disculpas públicamente por la participación de los psicólogos en los interrogatorios con torturas a sospechosos de terrorismo llevados adelante por la CIA y el ejército de los EE.UU. The New York Times reproduce parte del informe elaborado por David Hoffman y publicado en un libro donde se detalla la contribución de los psicólogos en los abusos perpetrados en dichos interrogatorios. No se trata de la participación de determinados psicólogos sino de la participación al respecto de la propia institución.
Lo que el informe denuncia es que la Asociación Americana de Psicología (APA) coludió con el gobierno de Bush (h) para que las reglas éticas de la asociación no impidieran a los psicólogos la participación en las torturas. En suma en una acordada “suavizó” la ética de forma de habilitar a sus miembros a violar la ética profesional establecida en sus propios estatutos para de ese modo colaborar en las torturas. Con la debida aclaración de que colaborar en las torturas es lisa y llanamente torturar. En la actualidad, por si la ética no alcanza la asociación de psicólogos prohíbe a sus 130.000 miembros participar en el extranjero en interrogatorios de la CIA.

¿Interrogatorios en el extranjero a cargo de la CIA? Es que para la CIA y para los EE.UU ellos nunca son extranjeros. Sus investigaciones, sus interrogatorios, sus sentencias tienen jurisdicción en todo el planeta. El planeta tiene inquilinos, ellos en cambio son propietarios. Las disculpas y las investigaciones de y por parte de la APA no son un hecho aislado, ni un momento poco feliz de la institución madre de los psicólogos del imperio. No es tampoco sólo un producto de su ideología perfectamente encuadrada dentro de la fuerte derecha del país del norte. Es también una suerte de efecto de su concepción de la ciencia, en particular de la llamada ciencia psicológica, en su actualidad más actual en artículos publicados en las revistas top de la ciencia consagrada. Como la revista Science, dedicada a la publicación de artículos que anuncian las novedades en el prestigioso campo de la ciencia.
Es el caso de una investigación psicológica de parte de investigadores de la Universidad de Northwestern (EEUU). El propósito de la alucinante investigación es lograr un método para borrar del cerebro los rasgos, machistas y racistas del cerebro. No deja de sorprender como ciertas mentalidades aun cuando tienen ideas progresistas en realidad insisten con sus prejuicios conservadores. Es la muy vieja idea del lavado de cerebros. Desde esta motivación progresista de lo que se trata es de borrar del cerebro los prejuicios más comunes. Sin embargo el problema reside precisamente en un prejuicio muy fuerte y previo en sí mismo a toda la investigación: el cerebro no es el domicilio de los prejuicios como tampoco es el asiento de las ideas.
Es sabido que el extraordinario cerebro de los humanos es la condición necesaria para la circulación de las ideas, de los prejuicios, de los estereotipos, de los lugares comunes y demás pensamientos congelados pero no es la condición suficiente para explicar el conservadurismo de las sociedades impregnado en las mentalidades retrógradas. El cerebro no se lava por la sencilla razón de que no es lavable y fundamentalmente porque no hay un camino directo del cerebro hacia la conducta humana. Ese es el sueño de una ideología que sueña que las leyes humanas son una parte de las leyes de la naturaleza. Sin embargo la evidencia reiteradamente olvidada por una parte del “pensamiento” humano es precisamente que el humano es un ser más social que biológico. Un cerebro y un cuerpo anegado de alcohol, drogas o medicamentos tendrán reacciones parecidas, hasta en un punto generalizable, pero en definitiva nunca iguales, de acuerdo a cada cual y a su historia de excesos. El ser humano es un ser de excesos y carencias, pero con toda probabilidad el mayor de los excesos y la mayor de las carencias sean el exceso de prejuicios y la carencia de reflexión, lo que a esta altura de la historia no tiene más disculpas.

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