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Miércoles 13 de Junio de 2012

Desprotección vs ilegalidad

Eramos unas diez mujeres con nuestras movedizas panzotas escuchando los consejos y los ejercicios de preparto que nos daba Nora en el hospital Salaberry, de Victoria, mi pueblo natal.

Eramos unas diez mujeres con nuestras movedizas panzotas escuchando los consejos y los ejercicios de preparto que nos daba Nora en el hospital Salaberry, de Victoria, mi pueblo natal. Todas primerizas, teníamos miedo a parir, pero no tanto como esa chica de unos 16 años que asistía a la clase calladita, sumisa, y se ubicaba pesadamente en un rincón, sobre su colchoneta. Le faltaba tan poco para dar a luz.

Un hombre muy serio de unos 45 años la llevaba al hospital y la acompañaba hasta la puerta de la sala y allí la esperaba parado, hasta el horario de salida. "¿Quién es?", pregunté a las enfermeras. "No tenemos idea, son de Rosario del Tala", respondieron. Y se me vinieron a la mente las charlas que un tiempo atrás había mantenido con un colega y amigo de esa ciudad, sobre las sospechas que por esos tiempos (año 2005) circulaban sobre una red de venta de bebés gestados allí, y paridos y entregados en Victoria y tal vez en otros lugares. Algo que jamás se comprobó y acaso muy poco se puso en duda.

La chica dejó de asistir (seguramente ya había parido) y no supe más de ella. De esa adolescente que hoy apenas recuerdo, me quedó, antes que una duda, una certeza: ella era humilde, estaba sola y muy triste, como se supone que estaría una mujer que debe entregar a su hijo, por necesidad, por dinero o por los motivos inimaginables que puede tener una persona desesperada. Tan triste como aquella mujer que se atreve a abortar y como aquellos que fervientemente quieren adoptar un niño, y no encuentran más que desprotección legal. Tan jodido como decidir enfrentarla, y lanzarse al ilícito.



 

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