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Sábado 19 de Octubre de 2013

"Desde el nivel inicial hay chicos que son mirados como posibles de ser medicados"

Advierten sobre una preocupación creciente y conocida como "patologización de la infancia"

"Ya desde el nivel inicial hay chicos que son mirados como posibles de ser medicados" por sus comportamientos. El preocupante dato lo ofrece la coordinadora académica de la carrera de Psicopedagogía del Instituto Universitario del Gran Rosario (IUGR), Ofelia Madile. Define a las claras un fenómeno que afecta a cada vez más chicos, sin reconocer clases sociales, y que los expertos coinciden en denominar como la "patologización o medicalización de la infancia y la adolescencia".

Antes eran chicos inquietos que cada tanto molestaban un poco más que otros en las aulas. Ahora son niños "hiperactivos", "bipolares", muchas veces portadores de alguna "deficiencia de atención" o de otras patologías conocidas por sus siglas TEA, TOC o TOD, entre tantas otras; y para las cuales rápidamente se suele medicar con psicofármacos. Enfermedades y medicación encuadradas en el tan difundido como cuestionado DSM (que por su sigla en inglés, se lo llama Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales).

La profesora Madile analiza que "en términos generales esto ha venido a callar, a aplacar malestares sociales muy importantes". Habla entonces de aquellas problemáticas típicas "donde aparecen desdibujados los espacios del orden de lo familiar y de la convivencia, sin tiempos para mirar, escuchar y canalizar en el núcleo de las relaciones más próximas del niño. Eso termina en buscar otras salidas".

El resultado que suele imponerse entonces es una ligereza inusual para diagnosticar y rotular a los chicos con distintos problemas. Tanto desde las escuelas como desde los ámbitos familiares.

Como dato ilustrativo de cómo esto repercute luego en las aulas, comenta que "hay cifras comprobables que muestran que de un 100 por ciento de chicos que «fracasan» en sus aprendizajes, un 80 resulta de lo que produce funcionalmente el mismo sistema". Para contrarestar esto, considera que hay que empezar por recuperar la palabra. "La escuela fue históricamente un espacio privilegiado de producción de subjetividades donde el maestro trabajaba con la palabra", recuerda.

Malestar. ¿Qué pasa ahora entonces con esa palabra? "La palabra está desvalorizada, hay menos recursos para poder tramitar la realidad, y aparece entonces la acción como un modo brutal. Donde falta la palabra hay otros modos de conectarse, de expresar el malestar", dice y subraya que si bien la escuela como institución viene siendo objeto de cambios, ya que entre otras cosas, ya no es el único lugar donde un niño aprende, "sigue siendo irreemplazable".

El docente no está ajeno a esta problemática de la "patologización de la infancia". Todo indica que en la premura de entender lo que pasa más bien termina abonando a los diagnósticos rápidos, que etiquetan a los chicos bajo el rótulo de distintas patologías y hasta llegan a ser medicados para permanecer en la clase.

Madile opina que efectivamente hay una rapidez en diagnosticar por parte de la escuela. "Es un modo —dice— de tranquilizar a los padres y de alguna manera también al docente que históricamente ha sido evaluado por sus resultados ante el aprendizaje de los chicos".

Abrir el debate. Piensa así que la salida está en abrir debates y recuperar buenas prácticas y experiencias, necesarias de socializar entre los maestros. Advierte que desde las investigaciones y prácticas profesionales que realizan desde la licenciatura surge la necesidad de que "el docente vuelva a recuperar el derecho a enseñarles a sus alumnos, el placer de hacerlo, y que se corra de ser un trabajador social o un evaluador de por qué sus alumnos no aprenden".

"Hay que ayudar a los maestros —sostiene— a trabajar en lo que los chicos pueden, no a ayudar porque sus chicos no pueden". "La escuela tiene que trabajar con los alumnos que tiene, no con un alumno virtual" que responde a ciertas capacidades y mediciones cognitivas.

Se explaya en la necesidad de considerar al aprendizaje como un "intercambio" donde hay que privilegiar los distintos modos y habilidades que tienen los niños para aprender, más allá de los contextos. Para ser más ilustrativa cita su propia experiencia de trabajo en el norte del país, casi en la frontera con Bolivia, donde asegura que si se trataba de evaluar a los niños de esa zona con los parámetros más urbanos seguramente se les hubiesen diagnosticado "altos grados de autismo". "Sin embargo —continúa— son chicos con una capacidad de escucha y atención impresionantes.

Relevamiento. A principios de septiembre Psicopedagogía del IUGR organizó junto al Forum Infancias (integrado por un equipo independiente de profesionales que lucha contra la patologización y medicalización de la infancia y la adolescencia) y otras instituciones un seminario para analizar la problemática. Entre las metas de ese encuentro está la hacer un relevamiento para conocerla con algunos datos más cuantitativos.

Añade que al interior de la carrera el tema es tomado con mucha relevancia. Para eso primero se buscó generar consensos con los profesores para abordar esta problemática. "No nos podemos correr y formar alumnos que desconozcan la posibilidad de una patología, porque existen; y por otro lado también la medicación. Pero hay un salto importantísimo cuando hablamos de patalogizar y medicalizar la infancia".

Insiste en la necesidad de formar profesionales con claridad, bajo diferentes miradas. "Un alumno —dice— no se forma desconociendo que el DSM 4 existe y que viene el DSM 5. Aun cuando le vamos a decir que no estamos de acuerdo con estos manuales, debe conocerlo".

A manera de conclusión, insiste en la necesidad del debate, de aprovechar las experiencias valiosas que se dan en las aulas y que muestran que los chicos pueden aprender, además de ofrecer —como institución universitaria— respuestas a los maestros ante problemáticas tan complejas.

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