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Martes 29 de Enero de 2013

Demócratas que apoyan a autoritarios

La cumbre de la Celac ratifica una tendencia que se viene dando en estos últimos años. Los países con gobiernos de tipo populista o francamente dictatorial reciben sostén diplomático y legitimación de las democracias gobernadas por socialdemócratas o laboristas, e incluso por centroderechistas.

La cumbre de la Celac ratifica una tendencia que se viene dando en estos últimos años. Los países con gobiernos de tipo populista o francamente dictatorial reciben sostén diplomático y legitimación de las democracias gobernadas por socialdemócratas o laboristas, e incluso por centroderechistas. Esta constante permitió la abusiva expulsión de Paraguay del Mercosur el año pasado —con el doble objetivo de hacer entrar por la ventana a Venezuela y sancionar a Paraguay por la defenestración “exprés” de Fernando Lugo. Estas mismas naciones avalaron la grotesca transición vista el 10 de diciembre en Caracas, un súmmum de irregularidades que violan abiertamente la Constitución venezolana. Ahora, en Chile, tocó el turno de Cuba, anacrónica dictadura que sobrevive gracias a la feroz represión interna (que Raúl Castro casi exigió imitar en Venezuela), al ingreso de los dólares enviados por los millones de exiliados y al petróleo que virtualmente le regala Chávez (100.000 barriles diarios en promedio).

Raúl, quien fue ungido presidente de Cuba por su hermano mayor Fidel como si se tratara de una monarquía del Antiguo Régimen, recibió un baño de legitimidad en Chile al entregársele la presidencia rotativa de la Celac. Esa presidencia debe, se supone, tutelar la democracia en los países miembros. La Celac es otra criatura multinacional de las que abundan últimamente. Reúne a las 33 naciones del Caribe y  América latina. Nació hace un año en Caracas. La proliferación de siglas de este tipo parece el resultado de una potente superstición del progresismo y de la diplomacia profesional, siempre encantada cuando de crear nuevos cargos se trata. El plan invariable, con Celac o con Unasur, es correr a un costado a la OEA. Como si esta tuviera necesidad alguna de otros actores para anularse. El contraste con la concreción y tangibilidad de la Alianza del Pacífico (México, Colombia, Perú y Chile) que se encamina hacia un tratado de libre comercio no podría ser mayor (ver información en esta página). “Libre comercio” es una expresión revulsiva para el pensamiento dominante. Pero hay un detalle molesto: funciona muy bien, a diferencia de la inflacionaria economía populista y el proteccionismo  agorafóbico. Cuba y Venezuela son bendecidas y apoyadas activamente por Brasil desde 2003, cuando llegó Lula a la presidencia, y esto continúa con Dilma.

El PT, partido laborista de extracción sindical de izquierda radical en su origen, maduró de golpe y a nivel interno se comportó desde aquél mismo año como un serio partido de gobierno de centroizquierda. Para dar alguna compensación a sus viejos militantes por tanto realismo de mercado y republicanismo soso, recurre a la política exterior. A la vez, Brasil exhibe musculatura de potencia emergente mostrándose en otro lugar del que desearía verlo Occidente. Otros países de la región lo siguen, como Uruguay con José Mujica. Argentina lo hace con más activismo, en un afán extremo por desmarcarse de todo lo que huela a Estados Unidos o Europa. El acuerdo con Irán por el crimen de la Amia parece impulsado por este objetivo. Es que lo firmado por el canciller Héctor Timerman aleja definitivamente a la Argentina del único punto en el que hubo coincidencia entre el Departamento de Estado y el gobierno kirchnerista durante años: denunciar y enfrentar al régimen de los ayatolás.

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