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Domingo 07 de Agosto de 2016

Deliciosa arbitrariedad

Sólo él podía hacerlo. Es que no resultaba sencillo, en 1965, dictar cuatro extensas conferencias sobre el tango sin mencionar ni una sola vez a Aníbal Troilo, Pedro Maffia, Juan D'Arienzo, Osvaldo Pugliese, Pedro Laurenz, Miguel Caló, Horacio Salgán, Astor Piazzolla, Francisco Fiorentino, Alberto Marino, Edmundo Rivero.

Sólo él podía hacerlo. Es que no resultaba sencillo, en 1965, dictar cuatro extensas conferencias sobre el tango sin mencionar ni una sola vez a Aníbal Troilo, Pedro Maffia, Juan D'Arienzo, Osvaldo Pugliese, Pedro Laurenz, Miguel Caló, Horacio Salgán, Astor Piazzolla, Francisco Fiorentino, Alberto Marino, Edmundo Rivero. Floreal Ruiz, Roberto Goyeneche, Julio Sosa, Homero Manzi, Cátulo Castillo u Homero Expósito, entre otros ilustres ausentes.

Sin embargo, él consigue salir indemne. Hablamos de Jorge Luis Borges, claro, para quien el tango encontraba en La noche triste, la inolvidable letra que Pascual Contursi le puso a la melodía de Samuel Castriota, su mismísima acta de defunción (Borges sostenía que el tango moría cuando en verdad estaba apenas comenzando). Pero además de discutir a Borges —sin perder jamás la sonrisa—, conviene también admirar al escritor que logra dibujar sobre el género mayor de la música popular urbana argentina las coordenadas de su instransferible universo.

Este libro aparecido hace días consiste en la prolija transcripción de cuatro charlas que el autor de Discusión y Ficciones dio en un departamento del barrio porteño de Constitución, los lunes de octubre de 1965, a las siete de la tarde. Habían quedado registradas en casetes que, tras esas vueltas de la vida, se convirtieron finalmente en este volumen.

Aquí Borges exhuma el Palermo y el Sur de antaño, poblados de compadritos, guapos, niños bien, prostíbulos y milongas, a fin de desentrañar el origen, los símbolos, los mitos y la lírica de esa música que surgió en el mítico triángulo compuesto por Buenos Aires, Rosario y Montevideo. La mirada borgeana se edifica sobre la nostalgia de aquel tango inicial, al cual no había llegado aún el instrumento que se convirtió en su sinónimo, el bandoneón. Masculina y picante, aquella música que se tocaba en piano, violín y flauta devendría luego, para pesar de Borges, en sentimental hasta la médula.

Este libro permite reencontrar la mirada que lanzaba el escritor sobre aquel Buenos Aires perdido: "Yo nací en una casa no más rica y no más pobre que la mayoría de las casas, en Tucumán y Suipacha. En esa casa se daba ese esquema del que he hablado, es decir: dos ventanas con barrotes de hierro, que correspondían a la sala con puerta de calle, con llamador, el zaguán, la puerta cancel, dos patios, en el primer patio un aljibe, con una tortuga en el fondo para que purificara el agua, en el segundo patio, cortado por el comedor, una parra. Y eso era Buenos Aires. No había árboles en las calles".

El tango se yergue, entonces, como una impensada oportunidad de volver a paladear la deliciosa arbitrariedad borgeana.

Felipe Bianchi

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