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Domingo 05 de Julio de 2015

Decir las cosas por su nombre también es incluir

Una campaña de responsabilidad social universitaria interpela los modos en que la sociedad se refiere a la discapacidad física.

“Tu madre no lo dice, no,
pero me mira mal.
¿Quién es el chico tan raro con el que vas?
Cuando yo estoy delante me trata muy formal,
y a solas te imagina un novio más normal.
Tu padre no lo dice, pero me mira mal.
¿Quién es esa chica tan rara con la que vas?
Cuando yo estoy delante me trata muy normal,  
y a solas te imagina una novia más normal”

Loquillo, “El ritmo del garaje”

Puede ser camino a casa, en el colectivo, en algún bar o en el trabajo. En esos mismos lugares que uno transita a diario, algo suele llamarnos la atención. Algo que se sale de “lo normal” pero que a la vez es tan frecuente que ya se ha incorporado a lo cotidiano. Algo que todavía nos cuesta nombrar y que genera sentimientos encontrados: nos asusta, nos da miedo, lástima o no sabemos bien qué.
Siguen llamando la atención las personas ciegas que caminan con sus bastones blancos. O los que hacen deportes en sillas de ruedas. Las mujeres con síndrome de Down que quieren tener novio. Los chicos con autismo que se convierten en grandes artistas. O los amputados que escalan, corren o hacen malabares en una esquina.
Pero no prestamos atención a cómo nombramos a cada de una de esas personas. Porque se sigue entendiendo la diferencia como algo que desestabiliza, y porque no miramos igual a las personas con discapacidad.
Hasta los años 80, los modos de nombrar a la discapacidad provenían del lenguaje médico. De allí se derivaba que la misma implicara un padecimiento, o que al no cumplir con las expectativas puestas en el normal funcionamiento del cuerpo o de la mente, la persona con discapacidad fuera considerada “diferente”. Como un yo imperfecto, como un caso en el que se necesitaba intervenir e, incluso, como objeto de lástima.
Desde la ciencia, la religión y la misma burocracia se fue construyendo un concepto que puso el eje en el problema individual de alguien eternamente enfermo.
Impregnando el lenguaje, la sociedad asumió con actitudes, modos de decir y hacer, que la discapacidad debía entenderse como algo “anormal” —en contraposición a los parámetros que regirían la normalidad—. Entonces palabras como discapacitado, inválido, inservible, lisiado, minusválido, sirvieron para definir a esas personas que podían tanto conmover como asustar cuando exponían sus “fallas”.
Entendiendo que el uso y la intencionalidad otorgan a muchas palabras contenidos distintos a los asignados teóricamente, organismos internacionales revisaron conceptos y definiciones. Asumiendo que aquellas palabras que antes definían a ese otro desigual, y que han sido socialmente naturalizadas, produjeron una actitud discriminadora contraria a la visión de una sociedad integrada.
El cómo referirnos a las distintas personas con las cuales convivimos cobra importancia al asentar las bases del respeto que cada uno merece como miembro de una sociedad. Porque con el lenguaje se puede determinar la inclusión o exclusión de una persona en la sociedad, y por ende, su pertenencia como ciudadano de pleno derecho de la misma.
Como se siguen repitiendo y reproduciendo conductas discriminatorias que se sostienen en lo discursivo, es un ejercicio para todos el preguntarnos: ¿cómo llamar a la discapacidad? ¿Es lo mismo decir “inválido” que persona con discapacidad motriz? ¿La discapacidad hace especiales a las personas? ¿Es un padecimiento? ¿Cómo le hablo a una persona con discapacidad?
Estos mismos interrogantes que sirven como disparadores para reflexionar acerca del decir, movilizaron a un grupo de profesionales del Instituto Universitario del Gran Rosario a intervenir en las redes sociales con una campaña original.
Reconociendo que en el lenguaje podemos expresar, voluntaria e involuntariamente, respeto o discriminación, y asumiendo que la discapacidad arrastra prejuicios desde donde se construyen estereotipos difíciles de desarmar, la propuesta fue reflexionar sobre conceptos socialmente naturalizados, y que asocian la discapacidad con dolor, soledad o  dependencia.
Decir que las personas con discapacidad son “especiales” es dotarlas de particularidades que se alejan de la propia discapacidad —como cuando  se las llama “angelitos” o se le reconocen “capacidades diferentes”—; decir que una persona con discapacidad motriz es inválida; o sustituir, por temor a ofender, la palabra ciego por “no vidente” produce cambios en las palabras que se usan para nombrar lo que molesta o lo que duele.
El lenguaje nos posiciona frente al otro de una manera determinada. A través de las palabras nos vinculamos con los demás, construyendo un sentido que puede estigmatizar o acercar.

Frases comunes

“Trabajaremos por una escuela especial que incorpore a las personas con capacidades especiales”, “La discapacidad se padece”, “Si sos discapacitado, dependés de alguien toda tu vida” son conceptos que afianzan en el sentido común una concepción errónea de la discapacidad, que la sigue considerando un problema individual y que se reproduce masivamente en las redes sociales o cuando los medios de comunicación las replican.
Entendiendo que la discapacidad no define a una persona,  la campaña denominada “Nombrar apropiadamente #TambiénEsIncluir” se planteó “de manera sencilla e irónica, el jugar con esos conceptos que se creen correctos. En sintonía con el cambio de modelo teórico, que se centra en las personas y no en sus capacidades o discapacidades, se trata de concientizar sobre la discapacidad como una característica más dentro de la diversidad”, según lo explican sus creadores.

El impacto de las redes

Reconociendo en Facebook un potencial de creatividad y participación, y apostando a que en las redes sociales se producen cambios a favor de la inclusión, se construyeron mensajes para el otro y con el otro, intentando persuadirlo, invitando a que escuche su propia voz mientras ironiza con las expresiones que se repiten a diario: discapacitados, inválidos, no videntes, personas con capacidades diferentes o especiales.
Cada una de las imágenes diseñadas para la campaña “Nombrar apropiadamente #TambiénEsIncluir” se compartió acompañada de una explicación de todo el contenido. De este modo, se garantiza la accesibilidad, propiciando que los mensajes además de ser legibles y comprensibles, sean apropiables por todos los receptores.

Según las estadísticas de la red social con más seguidores del mundo, más de 170 mil personas compartieron, comentaron, opinaron, se movilizaron con las imágenes propuestas; generaron una inteligencia colectiva, esa “nueva dimensión de la comunicación” que según el escritor y filósofo Pierre Levy, permite poner en común nuestros conocimientos y mostrárnoslos recíprocamente.
“Para mí es un hallazgo —afirma el José Luis Aguirre, Director del Centro Universitario Rosario Inclusiva (Curi)—. El impacto de la campaña tiene que ver con poder nombrar las situaciones que suceden en la vida cotidiana de la manera más cercana posible, y no esconder detrás de las palabras lo que las personas sienten y viven”.
En cierto punto, la red otorga libertad a las personas en la medida en que pueden disponer de este espacio virtual para dejar huella, para sentirse parte. Pensando entonces en un buen uso de la misma para entablar una relación comunicativa, los usuarios se convirtieron en prosumidores, es decir, consumidores que reflexionan y producen, repartiendo inteligencias para construir colectivamente el conocimiento. 

Qué significa la discapacidad

El concepto de discapacidad ha evolucionado de forma significativa, producto de las demandas de las personas con discapacidad y sus familias en defensa de sus derechos. De esta lucha surge la implementación de la Convención Internacional de los Derechos de las Personas con Discapacidad, que reconoce que “la discapacidad es un concepto que evoluciona y que es el resultado de la interacción entre la deficiencia de una persona y los obstáculos tales como barreras físicas y actitudes imperantes que impiden su participación en la sociedad. Cuantos más obstáculos hay, más discapacitada se vuelve una persona. Las discapacidades incluyen deficiencias físicas, mentales, intelectuales y sensoriales tales como ceguera, sordera, deterioro de la movilidad y deficiencias en el desarrollo”.
Esto rompe con un modelo que promocionaba la discapacidad como un problema individual, para poner el eje en la construcción social del concepto de discapacidad y en un contexto, un entorno, que puede contribuir a que esa discapacidad incapacite.
Al respecto, Aguirre reconoce que “si remarcamos que son personas con discapacidad, es para poder pelear por los derechos. En el momento histórico que vivimos es necesario que se rescaten las diferencias como un adjetivo, no como un sustantivo”.
Según el Informe Mundial de la Discapacidad (2011) publicado por la Organización Mundial de la Salud, en América latina existen alrededor de 85 millones de personas con algún tipo de discapacidad. Por ende, dada su importancia cuantitativa, las personas con discapacidad no son un colectivo menor al margen de la sociedad, sino que son miembros de la misma y tienen plenos derechos de participación social.

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