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Jueves 12 de Junio de 2014

De un crimen político a un crimen ordinario

El asesinato del comisario Guillermo Morgans trasciende por la forma en que lo mataron...

El asesinato del comisario Guillermo Morgans trasciende por la forma en que lo mataron, por el cargo que ostentaba como jefe de las áreas de investigaciones delictivas y por su rol en la cúpula de la Jefatura de Rosario. Pero por la información ofrecida por los fiscales, sus asesinos no fueron a matar a un policía. Sí es posible que lo hayan atacado al advertir que era un policía, dado que su hijo afirma que se identificó al ser agredido durante el robo al negocio. Pero entre elegir a una persona para matarla por su condición de policía y terminar matando a un policía en el marco de un atraco hay una diferencia decisiva. Es la que separa un crimen político de un crimen ordinario.

La distinción no implica quitarle a este episodio nada de su inmensa y desgraciada relevancia. En el aspecto humano cada pérdida es igual de trágica. Pero en términos políticos no es lo mismo que a Morgans lo hubieran seleccionado como blanco de manera previa o que lo mataran delincuentes que buscaron asegurar un robo o doblegar una resistencia inesperada. Atentar contra un uniformado es lo que tendría enorme gravedad institucional. Pero lo que se está analizando, dicho por policías que lo apreciaron y fueron sus colegas, es el asesinato de una persona que estaba de civil en un negocio.

Otra cosa prematura es sostener que a Morgans debieron matarlo delincuentes veteranos o experimentados. No puede descartarse tal posiblidad. Pero en lo reciente los actos más cruentos contra policías resultaron de autores jóvenes. Por ejemplo en el caso del agente Emanuel Del Mastro, asesinado en un burdel de Mendoza al 900 por Matías Robledo, que tenía 21 años. O el del policía Leonardo Caro, ejecutado de un tiro en la cabeza en una concesionaria de Pellegrini al 5500 por Damián Abregú, por entonces de 26 años.

Como esos casos, el crimen de Morgans afianza una tendencia no exclusiva pero sí mayoritaria: en general los policías asesinados en Rosario fueron ultimados cuando vestían de civil. Decir esto, una vez más, no vuelve a los hechos menos afligentes, ni implica dispensa alguna para sus autores, ni desconocer los trazos de una sociedad violenta. Pero una cosa es atacar a un policía sabiendo que lo es y otra sin saberlo. La gravedad institucional es diferente si el policía es agredido por serlo y este no parece ser el caso. No hay diferencias, sin embargo, en la desdicha ante la pérdida intolerable de una vida. Ni ante la necesidad, equivalente en cada caso, de esclarecimiento.

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