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Sábado 26 de Febrero de 2011

De pibe, la fiesta era los domingos

Mi papá, empleado bancario de muchos años, apuraba el almuerzo y tomábamos el viejo colectivo 58 para arrimarnos a la cancha de Central. Pero la fiesta se completaba cuando al llegar a la casa de pasillo de calle 9 de Julio, me esperaban las historietas mexicanas que el sábado me habían comprado en el kiosko de Marcial, en el viejo mercado de Mitre y Tucumán.

Y después los libros de tapa dura de dos colecciones, la de Billiken con sus historias de próceres y la "Robin Hood", con Sandokán y el Príncipe Valiente. Con el tiempo apareció una historieta maravillosa que me hacía viajar con piratas que luchaban por la liberación de los pueblos oprimidos: "Roland, el corsario", de un tal Héctor Oesterheld que en aquellos días de los nueve años era imposible de pronunciar.

Entre ambas pasiones fijé un rumbo en aquella cabeza alimentada por los debates en la maravillosa escuela fiscal número 83, "Juan Arzeno": quería ser relator de fútbol y buscador de mundos perdidos. Una especie de Indiana Jones del Tercer Mundo.

Recortaba las fotitos de los jugadores de los equipos, los pegaba en la cartulina que encontraba y sobre un viejo sofá relataba los partidos. Cuando la Pochi, mi mamá, se cansaba de tanto grito pelado, empezaba a escribir relatos que juntaba a San Martín viajando por el espacio exterior en la nave del Capitán Kirk y el señor Spok. En hojas rayadas y a lápiz.

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