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Sábado 16 de Febrero de 2013

De niños, escuelas y vacaciones

María Beatriz Jouve / De la tradicional pregunta "¿Qué hiciste en el verano?" surge un muestrario de las distintas infancias que habitan en las aulas

¿Hablar de la escuela en pleno enero? Tarea ingrata...

Mejor hablemos de las vacaciones... Ese espacio tan esperado, tan soñado, que regula los flujos entre trabajo y descanso. Finalmente llegamos a la meta marcada en el calendario y el paraíso adviene por fin a la tierra. En las vacaciones creemos disponer del tiempo y del espacio. Pero el tiempo de ocio se llena con los materiales que nuestra existencia dispone, desde el peldaño de la escalera social en el que cada uno habita sus días.

Las vacaciones son muestrarios, caleidoscopios por donde se pueden ver nuestras humanas existencias fragmentadas.

Muchos docentes tienen la costumbre de preguntar a los pibes, en el primer día de clases, qué hicieron en las vacaciones. Es más, en la clase de lengua la maestra propondrá escribir una redacción con el tema: "Mis vacaciones". La profe de plástica invitará a los niños a dibujar bajo la consigna: "¿Qué hice en mis vacaciones?". Mucho se puede ver por el caleidoscopio de vidas infantiles en las aulas por esos días... Claro que no siempre se mira, no siempre se escucha, no siempre se lee.

Niños que salen del país, conocen otros mundos, escuchan otros idiomas, prueban otros sabores, se quedan bajo la tutela de la niñera full time que indefectiblemente forma parte de la comitiva.

Niños que se meten salpicando en el mar, se asombran frente a la montaña, mojan sus pies en el lago cristalino, se emocionan en la aerosilla, se atreven al canopy, al raffting, al rapel, al kayak.

Niños que andan en bici, van a la colonia o al club, toman helados y Coca Cola. Piden cajitas prometedoras de felicidad instantánea, arman los muñequitos que en pocas horas se romperán, así como la felicidad que auguraban las letras en el cartón pintado. Arman berrinches, lloran y se consuelan ante una nueva compra de algún otro "no sé qué" que el mercado ofrezca y que sus padres paguen. Pagadores puntuales de silencios, de minutos de tranquilidad después de agobiantes jornadas en el trabajo... "¡Es que no tengo derecho a estar tranquilo! ¿Cuánto cuesta? Andá, comprá, y callate".

Niños que se aburren en sus casas, hacen zaping, escriben en el Face, practican deporte con sus dedos jugando al fútbol en la play.

Niños que juegan con la manguerita, andan en patas por las calles de tierra, cuidan a los hermanitos, ayudan a los viejos, salen a paquetear, andan en el carro, se meten debajo de la cama cuando en el barrio zumban las balas.

Niños que van al comedor de la escuela y vuelven a sus casas tirando por el camino las cáscaras de naranja, pateando piedritas, jugando con los perros innumerables que siempre, siempre los acompañan.

Niños que portan armas, venden sustancias, consumen sustancias, andan en bandas. Miran vidrieras, adquieren y trocan en el mercado paralelo todas las marcas.

Niños, niños, niños. Tantos niños. Aturdiéndonos con sus gritos, ahogándonos con sus silencios.

En las vacaciones el tiempo de la escuela queda suspendido. El guardapolvo blanco de la ficción igualadora duerme retorciéndose en sus peores pesadillas, desde algún lugar del ropero.

Tantas vacaciones, tantos recomienzos... Mis vacaciones siempre han estado marcadas por ese tiempo de ir o no ir a la escuela, como alumna, como docente. Claro que la experiencia me ha enseñado y ya no pregunto más "qué hiciste en las vacaciones". Lo reemplazo por un: "Tanto tiempo sin verte, cómo estás, cuánto creciste, estamos otra vez acá".

Igual, las vacaciones son bárbaras. Ociamos, descansamos, exploramos los pedacitos del peldañito de la escalera en que habitamos. Nos recomponemos y nos reacomodamos para volver a empezar.

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