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Jueves 09 de Julio de 2015

De lecturas, lectores y la formación docente

Cómo ayudar a los jóvenes que eligen la docencia a superar los obstáculos que presentan los procesos de leer y escribir.

Hay escenas que fulguran e interpelan en el texto “El dador de recuerdos” de Lois Lowry. Una, el momento en el que el joven Jonás —quien vive en una sociedad aparentemente perfecta en la que todo está bajo control— es elegido para una función especial y única: ser quien recibirá el legado cultural de su comunidad. Otra, cuando entra por primera vez a una biblioteca en la que iniciará su aprendizaje junto a su maestro. Los únicos libros a los que Jonás había tenido acceso eran un diccionario, el directorio de la Comunidad que contenía descripciones de todos los organismos, fábricas, edificios y comités. Y el Libro de Normas, naturalmente. La novela se entreteje en torno a los interrogantes que movilizarán y llevarán a la rebeldía del protagonista —inspirado por su mentor— a partir de este momento: ¿Sería mejor vivir felices en la ignorancia total? ¿o poseer libre albedrío, a sabiendas de que las decisiones equivocadas pueden llevarnos al sufrimiento y al dolor? ¿por qué sólo uno —y no sus amigos, su familia y toda la comunidad— debe ser quien reciba esta herencia?
  Si focalizamos la mirada en los discursos actuales en torno a la lectura (y la escritura) y los propósitos de su enseñanza, podemos entrever que este quehacer es objeto de reflexiones, indagaciones, interpelaciones y posicionamientos desde perspectivas muy diversas que entraman figuras disímiles. Desde los primeros espacios en nuestro sistema educativo actual hasta el denominado nivel superior, día a día, los docentes nos abocamos —entre otras múltiples tareas— a enseñar a leer y a escribir textos variados y complejos. Y la interpelación sobre el porqué hacemos lo que hacemos y de qué modo elegimos hacerlo también nos coloca, al igual que Jonás y su maestro, ante paradojas y desafíos. En este sentido, Andrea Brito y Silvia Finocchio (2006), especialistas en lectura, escritura y educación. sostienen que: “Pensar pedagógicamente en la lectura y en la escritura conlleva algo de lo paradojal del acto de la transmisión cultural. Por un lado, implica considerar que enseñar a leer y a escribir es poner a disposición de otros un legado histórico y social, una vinculación con el pasado. Por otro lado, supone tener en cuenta que enseñar a leer y escribir es ejercer la generosidad de darles a esos otros la posibilidad de continuar la historia, el por-venir.”
   Y, si además, centramos la mirada en quienes serán los futuros docentes, las preguntas se actualizan pero siguen conservando su potencialidad (nuevas figuras en el tapiz). En este sentido, suele ser una aseveración muy común la que sostiene que quienes eligen la docencia llegan a los institutos de formación o a las universidades sin saber leer y escribir eficazmente, y que su vínculo con la lectura y la escritura, y con el mundo cultural en general, es escaso. Y también se encuentran enunciados que aluden a la ausencia o escasa disponibilidad por parte de los futuros maestros y profesores de saberes referidos a la lectura y la escritura.

Otras miradas. A estos diagnósticos-escenas queremos contraponer otros, parafraseando a Fernanda Cano (2007) quien nos recuerda que también es cierta la decisión de miles de jóvenes que siguen subiéndose al rodar escolar, sabiendo que allí hay algo que involucra positivamente la relación con generaciones precedentes. Y una de las cuestiones centrales en esa relación es la posibilidad de apropiarse de la lectura y la escritura ya que, actualmente, estos saberes siguen representando un bien social altamente considerado, particularmente por los jóvenes.
  Y nos preguntamos: ¿Cómo les damos la bienvenida a estos jóvenes que han elegido aprender a enseñar? ¿Leemos —como señala Bernard Lahire (2007)— el alto nivel de deseabilidad colectiva de estos jóvenes que quieren ser maestros y los indicios de profunda desigualdad social de las que muchas veces nos hablan estas supuestas “faltas” que nosotros solemos interpretar como rasgo constitutivo del otro? ¿Nosotros, los docentes, los que debemos acompañarlos en ese tránsito formativo y en formación, asumimos el desafío que esto implica y estamos dispuestos a actuar en consecuencia? ¿No debería centrarse la mirada donde el otro, con nuestra ayuda pueda darle, aquí y ahora, sentido a lo nuevo para poder asumir la libertad y la responsabilidad que implica enseñar a otros a leer y a reescribir el mundo?
  Corrernos de miradas totalizantes nos posibilitará buscar otras perspectivas que nos permitan ver de otro modo y tensionar antinomias erróneas, en la que la forma escolar suele escudarse en sus frustrados intentos por renovar el vínculo entre la lectura y las nuevas generaciones. La lectura (y la escritura) en el contexto de las transformaciones culturales suelen inscribirse en la lista de obstáculos a superar, de prácticas a tachar/ borrar en los entornos de la formación docente y, en realidad, consideremos que mirar a estudiantes en este contexto nos permitiría complejizar la enseñanza de la palabra escrita que nos toca concretar en las instituciones educativas. Y repensar un diálogo, con la sobreinformación, la confusión de géneros, la seducción de lo inmediato y efímero. Cuestiones que, sabemos, no se llevan bien con el clásico modo de entender la enseñanza del leer y el escribir.
  En muchos aspectos nuestro sistema educativo actual puede ser considerado antidialógico, por ende, generar y sostener espacios y momentos para compartir —en este contexto de transformaciones culturales— lecturas y miradas del mundo puede ser uno de los senderos a recorrer. Espacios y tiempos que permitan “jugar el juego” (con sus reglas ymovidas apropiadas, pero también con sus reescrituras) para iluminar, en las condiciones más favorables, los aspectos creativos, y potentes de un diálogo para así, contrarrestar las tendencias que hoy quieren considerar la enseñanza como una técnica. Diálogo como relación comunicativa con los otros, lo que supone no solo lo cognitivo sino también la formación de lazos emocionales como el respeto, la confianza y el interés, la capacidad de escuchar y la tolerancia ante el desacuerdo.

Desafíos. En suma, creemos que en tanto docentes debemos asumir —más allá del diagnóstico— una serie de acciones, desafíos y compromisos que impliquen (reinventando lo postulado por Teresa Colomer en relación con la formación del lector literario) seguir entramando los hilos- ejes que sostienen nuestro tapiz para conformar nuevas figuras:
  Leer y escribir con los demás: tender puentes y dar la oportunidad de cruzarlos.
  Leer y escribir, expandir y conectar: la literatura hasta en el aire.
  Leer y escribir con los expertos: llevar de la mano y abrir las puertas.
  Leer y escribir más allá: la decisión de cruzar las puertas abiertas.
 

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