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Miércoles 20 de Febrero de 2008

De heterosexuales y sus "derechos naturales"

Cuesta entender que casi todos los derechos que hoy concebimos como "naturales" son apenas construcciones históricas. Por dar algunos pobres ejemplos, que la mujer hasta hace unas cuantas décadas no ejerciera el derecho al voto...

Cuesta entender que casi todos los derechos que hoy concebimos como "naturales" son apenas construcciones históricas. Por dar algunos pobres ejemplos, que la mujer hasta hace unas cuantas décadas no ejerciera el derecho al voto, que las parejas pudieran odiarse pero no divorciarse, que alguna vez la herencia sólo respetara el mayorazgo, que los maestros pudieran castigar físicamente a sus alumnos, que haya sido ley la esclavitud. Hoy, aberraciones que avergüenzan (aunque de hecho, sigan existiendo solapada o legalmente en muchos lugares del mundo), al menos en lo que, con timidez, llamamos Occidente tras la Revolución Francesa.

Digo, entonces, qué naturales parecen hoy esos derechos cuando en realidad costó sufrimiento, y hasta sangre, imponerlos.

Y pienso, hoy, en cuán monstruosa resulta todavía la inexistencia de leyes que protejan e igualen los derechos de las personas homosexuales. Que no se permita, por ejemplo, dar un marco de convivencia legal a quienes llevan una vida en común, comparten casa y trabajo, se cuidan, se quieren. Pienso en parejas que no pueden visitarse en un hospital, que a la muerte de uno de sus miembros no logran siquiera entrar a la casa común, pienso en el dolor y la furia, en la enferma negación a que se los somete. ¿Con la vara de la justicia de quién? ¿De la mayoría heterosexual que juzga "anómala" la orientación sexual de otros? ¿Sobre qué bases? ¿Las de la estadística? ¿Las de la biología? ¿Las de qué psicología?

Pienso en qué perversa puede ser una sociedad cuyo Código Civil sacraliza al "matrimonio", siempre de hombre y mujer, con las mismas estipulaciones que un contrato de compra-venta, sin siquiera disimular que de eso se trata en cuanto ley, pero escamotea a la vez que esos fríos derechos matrimoniales puedan extenderse a otras formas de convivencia. Porque, es claro, la ley no puede, ni debe, hablar de amor (eso sí: habla, y en abundancia, de la culpa. Invito al lector a incursionar por el Código). Y mientras a mí me horroriza la "naturalidad" con que la ley ampara a las parejas heterosexuales, incluso cada vez más a las no casadas, y desampara a las homosexuales, un simple proyecto de ley de unión civil duerme desde hace años en Santa Fe.

¿Qué poder, qué temor, qué hipocresías arrullan ese sueño? ¿Qué amenaza tanto a los legisladores como para que ni siquiera se dignen a discutir la cuestión? Es curioso. Lo que a algunos nos parece ya a esta altura "natural" a otros aún les resulta "antinatura". Más acá del inocultable poder de la Iglesia, más allá del siempre atento pensamiento conservador, no puedo evitar pensar que atrás de estas denegaciones de justicia se agazapa un miedo, un sentimiento de amenaza. El mismo miedo que en otros escenarios se disfraza de chanza, y en otros más se despoja de disimulos para revelarse como mera violencia.

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