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Jueves 17 de Septiembre de 2015

De Baigorria a Montreal por amor a la ciencia

Una científica que estudió en la UNR logró uno de los descubrimientos más importantes de las últimas décadas en VIH sida. Cómo hizo para llegar tan alto en la ciencia mundial. Una historia de esfuerzo y talento.

—“¡Señor, señor!”.
El ferretero, que estaba en la parte de atrás del negocio, miró hacia la puerta pero no vio a nadie.
— “¡Señor, acá señor!”.
La vocecita venía del otro lado del mostrador. Se asomó, y vio a la nenita estirando la mano con un puñadito de billetes.
 —“¿Me vende sulfuro de cobre?”.
—“¡Sulfuro de cobre! ¿Para qué querida?...”.
—“Para un experimento”.
  Hace más de 30 años la pequeña Mariana Bego ya se animaba a sus primeras experiencias científicas. En su casa, bajo la atenta mirada de mamá Mirta, la nena se entusiasmaba con polvitos, tubos de ensayo y humitos de colores. Su curiosidad se completaba con los largos paseos en bicicleta por Granadero Baigorria, esa ciudad del Gran Rosario ubicada en la margen del río Paraná que le ofrecía un montón de terrenos ideales para encontrar tesoros como piedras, bichitos o pedazos de vidrio, mientras ella esperaba dar con el premio mayor: un fósil.
  “Obviamente nunca lo encontré”, recuerda, mientras no puede contener la risa. Esta mujer que hoy tiene 39 años es licenciada en biotecnología,  doctora en biología molecular y celular y acaba de ser parte de uno de los descubrimientos más importantes en el campo del estudio del VIH sida en el mundo. En el Laboratorio de Retrovirología Humana que funciona en el Instituto de Investigaciones Científicas de Montreal, en Canadá, Mariana logró junto a su jefe, el doctor Eric Cohen, y un pequeño grupo de trabajo, determinar cómo el VIH logra escapar a las reacciones antivirus del cuerpo. La novedad abre nuevas líneas de investigación que son una poderosa herramienta en la incansable búsqueda de una vacuna que evite el contagio de la enfermedad, o que la frene a tiempo. Y para siempre.
  Este camino dedicado a la ciencia, que hoy aparece más prometedor que nunca para Mariana, no fue nada fácil en su construcción. Para ella, como para tantos hombres y mujeres abocados a la investigación, ser parte de un descubrimiento trascendente es el resultado de un proceso que implica sacrificios, renunciamientos, esfuerzo y por supuesto mucho talento y dedicación plena.
  Los científicos no salen de un repollo ni son seres extraños. Pero aunque ahora los conozcamos más, aunque sepamos que no todos los investigadores son introvertidos ni todos usan lentes, aunque ya no nos sorprenda que además de la ciencia tengan otros intereses como por ejemplo viajar, cocinar o bailar salsa, lo cierto es que para investigar y hacer revelaciones trascendentes es imprescindible estudiar un montón, pasar muchas pero muchas horas con la cola sobre la silla, tener un considerable poder de concentración y mucha vocación. “Yo diría pasión, porque lo que me sostuvo todos esos años fue la pasión, no poder imaginarte haciendo otra cosa”, dice Mariana desde Canadá durante la extensa charla que mantuvo con Más.
  Primera hija de un joven matrimonio, la vida la toreó con dificultades muy precozmente. Con apenas tres meses Mariana perdió a su papá, José Carlos Bego, un químico de 25 años que murió trágicamente durante una explosión en su laboratorio de una jabonera de Capitán Bermúdez.
  Sin su protección, sin sus abrazos, Mariana se llenó de su papá a través de los libros que habían quedado en su casa, esos tesoros que ella abría con enorme placer y en los que descubría números, letras, tablas de elementos. La alquimia de José Carlos estaba ahí, presente en esas cosas.
  “Mi mamá tenía por entonces apenas 22 años. Era estudiante de ingeniería en sistemas y tuvo que dejar la carrera para trabajar mucho y que no me faltara nada. A pesar de sus temores lógicos no puso resistencia cuando dije que quería dedicarme a la ciencia. Cuando era más chica decía que iba a ser arqueóloga y después astrónoma. También pensé en estudiar en el Instituto Balseiro, pero se me pasó. Tal vez cuando empecé a decir que iba a estudiar química mi mamá se puso mal pero después me decidí por la biotecnología y se relajó”, rememora.
  De todos modos la tranquilidad de Mirta duró poco porque en plena carrera a Mariana empezaron a apasionarla los virus. Y no cualquier virus sino los que producen enfermedades severas en los seres humanos. “¡Pobre mi mamá! (se ríe). Se fue curando de espanto porque en el laboratorio trabajé con virus patogénicos de los más complicados; igualmente valoro mucho que siempre me alentó, confió en mi vocación y me dio toda la libertad del mundo”.
  Con ese espíritu libre y aventurero Mariana atravesó todas las etapas de la escolaridad y sus estudios superiores. Primero en la Escuela primaria 127 de Granadero Baigorria (“que quedaba en frente de mi casa, impagable”), después en Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa en La Florida, en Rosario. Al terminar la secundaria se decidió por biotecnología (“una carrera superexigente”) e hizo su tesina —durante los dos años que duraba en ese momento— en el Instituto Maiztegui de Pergamino, donde estudió el hantavirus.
  Terminar la carrera fue como subir una montaña. Se levantaba a las 4.30 en su casa de Baigorria para llegar a tiempo a la estación de ómnibus Mariano Moreno en Rosario y tomar el colectivo hacia Pergamino. Las largas jornadas de estudio y trabajo en el laboratorio la devolvían de noche otra vez a Baigorria para empujarla al día siguiente tempranito a la misma rutina.
  “Estudiar biotecnología es estresante. En general todas las carreras lo son, pero esta te demanda mucho, tenés que hacer un gran esfuerzo para sostenerla. La Universidad tenía en ese momento una capacidad limitada y había muchos interesados, entonces la vara de la exigencia era alta. Sí, había que sufrir para demostrar que querías quedarte. Esa fuerza, esa energía te la da el amor por lo que vas conociendo, por lo que querés ser. Había tanto por descubrir, tantas cosas nuevas, tantos motivos para seguir que valía la pena”, relata la entusiasta y locuaz investigadora.
  Los momentos más amables en aquellos tiempos laboriosos venían del lado de sus compañeros. “Era duro, pero por suerte me tocó un grupo muy lindo de estudio. Eran todos superinteresantes, capaces, inteligentes, trabajadores. Con la mayoría sigo en contacto por esos lazos tan fuertes que se tejieron en esa etapa. Los fines de semana íbamos a peñas o nos reuníamos a tomar mate... En general cuando hacés una carrera como esta, tu tiempo, incluso el de ocio, se relaciona con los compañeros de la facultad. La verdad es que fue una etapa hermosa”.
  Mariana hace otra referencia fundamental que ayuda a explicar el porqué de tanto aguante: “El respaldo de mi mamá y de mis tíos, que estuvieron siempre, fue motivador. Sin ellos hubiese sido casi imposible”.
Un largo camino

    Corría el 2001. Mariana Bego iba y venía desde el Instituto Maiztegui. Ya le quedaba poco para terminar su tesina. Cualquier científico que quiera progresar en lo suyo sabe que necesita un posgrado, como mínimo, y un doctorado. La crisis económica y social de la Argentina mostraba los dientes afilados. El instituto pertenecía al Estado y la carencia de elementos para investigar se notaba cada más. Una profesora le preguntó a Mariana por qué no probaba con una beca en el exterior y casi sin pensarlo, ni esperarlo, escribió a un laboratorio de Nevada, en Estados Unidos, donde ofrecían una experiencia por tres meses.
  “Lo hicimos a modo de prueba, como un ejercicio para saber cómo era eso de presentarse a una beca en el exterior, en inglés, y para mi sorpresa me aceptaron”, dice la científica. Hasta ese momento vivir lejos de su país no era un objetivo, pero la realidad no ofrecía demasiadas alternativas.
  Y allá partió Mariana con su maleta llena de expectativas, curiosidades y hantavirus. “Me pasó algo increíble porque además de ropa yo llevaba virus. Con todos los permisos habidos y por haber tenía conmigo muestras que me iban a servir en el laboratorio en los Estados Unidos. El tema es que aterricé el 3 de septiembre de 2001. Una semana después caían las Torres Gemelas. Fue el momento justo porque de verdad no sé si hubiese podido viajar más tarde. Como mínimo, jamás hubiera podido llevarme las muestras de mi trabajo”.
  Así, capeando temporales, la investigadora recién recibida se encontró en un país extranjero en un período muy especial. “Algo había cambiado y mucho en todo el mundo, y vivirlo desde allí fue muy loco. Aunque yo estaba en la costa oeste mi mamá me llamaba y me decía ¡volvete!, y yo le contestaba: «Bueno, me tomo un avión y voy», y ella me replicaba: «No en avión no». Hasta me llegó a preguntar si estaba muy lejos para irme en colectivo hasta México”.
  En medio de un mundo convulsionado empezó a pensar en la posibilidad de un doctorado en el país del norte. “Era una oportunidad y avancé en ese sentido. En menos de tres años tenía el doctorado (poco tiempo para el promedio). Tengo que reconocer que hacerlo acá me resultó bastante simple por la cantidad y calidad de los conocimientos que traía de la Universidad de Rosario. En el doctorado me daban algunos de los mismos libros que yo había estudiado en la licenciatura en la Universidad pública en mi país. El nivel que hay es muy bueno, los profesores, todo. Tal vez uno no se da cuenta hasta que no cursa en otro lugar, así que estoy eternamente agradecida a la UNR, una institución que todos debemos valorar. La calidad de la enseñanza es muy alta y los profesores ganan mucho menos en comparación con los de acá (por Estados Unidos y Canadá)”, enfatiza Mariana.
  Así continuó sus investigaciones en virus que enferman a las personas, su gran atractivo. Los herpes, por ejemplo, estuvieron entre sus objetos de estudio.
  Entre placas de Petri, pipetas y microscopios Mariana se hizo tiempo para el amor. Al lado de su laboratorio estaba el de un joven americano, también científico, que se dedicaba a desentrañar alguno de los tantos misterios del cerebro. En 2006 se casaron. “Empezamos a buscar un lugar en el que poder desarrollar nuestras actividades, los dos. Él nació en California y vivió mucho tiempo en Nevada pero conocía Canadá ya que algunas de sus investigaciones las hacía en colaboración con gente de Montreal. Yo encontré este laboratorio, tenía amigos en esta ciudad, y bueno, me aceptaron y acá estamos”.

La proteína “mentirosa”    

El virus del sida es el motor de todos los estudios del Laboratorio de Retrovirología Humana del canadiense Eric Cohen, y estaba entre los intereses de la científica argentina. “En los últimos años nos dedicamos a ver la interacción entre los primeros momentos de la infección        —cuando el virus apenas entra en contacto con el cuerpo humano— y el sistema inmunológico. Nosotros sabíamos qué pasaba en ese primer contacto, en los primeros días, y muchos colegas postularon que eso que sucede allí es relevante en cuanto a cómo se va a desarrollar la enfermedad 10 o 15 años después. La enfermedad se va a desenvolver en un futuro dependiendo de cómo responde el sistema inmunológico. Y eso es lo que empezamos a estudiar”.
  En el laboratorio comenzaron a infectar células humanas para ver qué pasaba con el sistema inmune cuando reconocía el ingreso del virus. Está claro que no todos los organismos en contacto con VIH actúan del mismo modo. ¿Por qué hay personas que no se contagian? ¿Qué particularidad tiene, por ejemplo, un grupo de prostitutas de África que han estado por años en contacto con el virus y ninguna se enfermó? ¿Cómo es posible que haya hombres y mujeres que conviven con el virus pero jamás se enferman de sida?

 ¿Por qué en algunos la enfermedad progresa y en otros no?
  “Suponemos que esto es multifactorial, que en algunos casos hay determinada mutación que permite a esas personas que ciertas células no ingresen, pero debe haber otros motivos. Tal vez hay quienes tienen la combinación justa para no enfermarse”, reflexiona la experta.
    “Lo primero que hay que decir es que hoy con los tratamientos existentes las personas con diagnóstico de VIH sida llevan una vida bastante normal y sin complicaciones por 20 o 30 años. Eso siempre que tengan acceso a la medicación y a los sistemas de salud, algo que por ejemplo en África —donde está la mayoría de los infectados— no existe. Pero si estás en un buen sistema no es tan complicado. De todos modos está claro que siempre es mejor no enfermarse y hay que transmitir el mensaje de que hay que protegerse para evitar la infección”, remarca.
  En ese mar de hipótesis sobre qué pasa en los primeros momentos de la infección Mariana Bego y su equipo estuvieron trabajando casi tres años. De sol a sol. Y ¡eureka! se encontraron con algo que no esperaban. Es más, la científica no duda en expresar que lo obtenido fue diferente a lo esperado, pero mucho mejor.
  “Nosotros vimos que en general cuando un virus entra a tu organismo el sistema inmunológico tiene cierto número de defensas. Esa es la primera barrera de protección que es inespecífica y después el sistema se empieza a adaptar y da una respuesta específica. La primera barrera, la inespecífica, produce interferones que son moléculas que justamente interfieren en la replicación del virus. Lo que vemos en laboratorio es que si le ponés interferón al virus no crece, pero los interferones generan inflamación y eso es algo que no debería liberarse todo el tiempo. Ahí entra en juego una proteína, la BST2 que avisa en un momento que no hay más virus y que entonces los interferones pueden parar la producción. ¿Qué descubrimos? Que el virus del sida produce otra proteína, VPU, que engaña al sistema inmunológico, que engaña al BST2 y le dice que la barrera se retraiga porque no hay más virus cuando eso no es así. Este mecanismo aparece muy temprano, cuando la infección recién empieza”.
  En presencia de esa proteína el sistema inmunológico actúa como si no hubiera virus. Justamente cuando más se necesita la producción de interferón el virus logra detenerla y reproducirse sin barreras. “Entonces el virus está más libre y se disemina a otros órganos y arma el reservorio viral. De ahí a un par de años comienzan a bajar las células T. Si bien se sabía que la BST2 controlaba al sistema inmune y conocíamos que había una proteína del virus que interfería en el ciclo normal, nadie había juntado los dos mecanismos. Nosotros sumamos uno y dos. Los científicos que trabajaban en sida usaban la proteína para evaluar las funciones antivirales, pero no la inmunológica. Y otros que trabajan por ejemplo en cáncer lo hacían sólo desde el punto de vista inmunológico. En nuestro laboratorio hicimos el puente entre la parte viral y la inmunológica y nos encontramos con algo sorprendente. ¡Lo mirábamos y no entendíamos qué pasaba!. Nos llevó mucho tiempo leerlo, comprenderlo”.
  Lo que Bego y su coequiper Cohen estaban viendo era, claramente, cómo el virus del sida evade las reacciones antivirus con las que cuenta el cuerpo. “Con este estudio encontramos que el VIH, con VPU, se aprovecha del papel desempeñado por BST2 limitando la producción de interferón. La expectativa de una vacuna efectiva ha sido frustrada por la propensión sin fin del VIH a derribar las defensas del ordenador principal y persistir en las pequeñas poblaciones de depósitos duraderos a pesar de terapia del antirretroviral”, explica con precisión.
  Este trabajo, publicado recientemente en la revista Plos Pathogens puede ofrecer herramientas para, por ejemplo, aumentar reacciones antivirus durante los primeros tiempos de la infección. El descubrimiento del equipo de Cohen y Bego abre, nada menos, que otro camino más hacia el fin del VIH.
  Y aunque Mariana se tomó un rato para brindar por su logro, para celebrar  con sus compañeros y agradecer a su familia por el apoyo en estos años, sabe que este hallazgo le traerá nuevos desafíos y sobre todo más trabajo, más horas sin dormir, más fines de semana dedicados al estudio.
  Mientras tanto recuerda aquellos días serenos en su ciudad, en los que la mayor ansiedad era esperar el sobre con fotos y folletos de la Nasa, un “regalo” que el cartero de Baigorria le llevaba cada tanto y que ella había conseguido, motivada por la curiosidad, y gracias a una carta que mandó a Estados Unidos con ayuda de su profesora de inglés. Una anécdota que sin lugar dudas le contará a su hijo o hija, el que espera para el próximo febrero, al que aguarda con paciencia, y con más amor que el que siente por la ciencia.

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