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Sábado 04 de Mayo de 2013

De aulas y chicos: advierten que incluir no es lo mismo que integrar

Algunos procesos de inclusión escolar de niños con necesidades educativas especiales muestran prácticas más bien excluyentes

Detenernos a problematizar las experiencias derivadas de la intención de hacer de las organizaciones escolares, "escuelas inclusivas", parece ser hoy un imperativo impostergable. En particular para evitar se continúe avanzando en la profundización de un modelo que corre el riesgo de terminar legitimando prácticas que hasta puedan estar contribuyendo a desvirtuar los principios a partir de los cuales se justifican y se sostienen.

Propongo visibilizar algunas cuestiones que se han ido naturalizando, a través de diversas prácticas pedagógicas orientadas a la "inclusión escolar" de niños con necesidades educativas especiales, y algunos de cuyos "efectos" parecen —paradójicamente— estar promoviendo hasta lo opuesto, es decir: auténticos procesos de exclusión dentro de las escuelas.

Problematizando algunas cuestiones vinculadas a la tan mentada "escuela inclusiva" (1):

Cuando se comenzó a hablar de "integración", por los 90, la idea que se transmitía era la de un movimiento que tendía a cuestionar la constitución de las escuelas especiales en "ghettos" separados del mundo "normal". Se argumentaba —aludiendo a los derechos de la infancia— acerca de la necesidad que todos los niños contaran con la posibilidad de insertarse en la educación general con respeto de sus diferencias. Este proyecto incluía desde sus comienzos, no sólo modificaciones curriculares sino también, y a modo de ejemplo, adaptaciones arquitectónicas. Pero también, fundamentalmente, repensar la concepción de lo que es la educación, y qué requisitos serían los necesarios para poder acceder a ella.

Demandas y reclamos.Pero "nada puede existir por fuera de la realidad de su tiempo", advirtiéndose entonces que la promulgación de la ley marco para la integración creó a la vez la oportunidad para la aparición de distintos fenómenos no previstos en su espíritu. En primer lugar, como todo producto, generó su propia demanda, y muchas familias comenzaron a reclamar para sus hijos la posibilidad de ser admitidos en escuelas de educación común, llevados de su propia ansiedad o por indicación de profesionales, mal informados acerca de la incumbencia del servicio o imbuidos muchas veces de la soberbia de la "orden médica".

Muchas escuelas especiales comenzaron entonces a brindar el servicio de integración en una forma acrítica, basadas sólo en "prescripciones médicas" o en la solicitud parental, pero sin realizar evaluaciones propias, siendo que eran las más idóneas para efectuarlas y establecer la pertinencia de tales prácticas.

La integración escolar ¿mercantilizada? De manera paralela y sumado a las limitaciones de recursos con las que se encontraban las escuelas especiales de gestión pública para hacer frente a la demanda creciente, comenzaron a surgir numerosos "equipos privados" que —desde fuera del ámbito escolar, con todo lo que esto supone— empezaron a ofrecer como servicio la "terciarización" de todo lo requerido para este tipo de prestaciones, ocupándose de la selección, contratación (temporaria) y supervisión del personal que se requería para desempeñarse como "maestras integradoras" de estos escolares.

Pero el efecto más extendido y preocupante es el de una suerte de "inversión" de los procesos de la pretendida escuela inclusiva, sobre la cual resulta necesario detenerse a considerar, dado que —de manera casi imperceptible— avanza "de-construyendo" a su paso con lo mucho, o lo poco, que se venía trabajando en atención a los derechos de los niños.

La medicalización de la educación. Se trata de un fenómeno por el cual un niño que estuvo desde siempre en escolaridad común, y que a partir de la aparición de dificultades en sus avances pedagógicos, la escuela común encuentra en la solicitud de un maestro integrador un modo de derivar responsabilidades, haciendo que la "especial" se haga cargo de todas las dificultades escolares, como si la escuela común nada tuviera que ver ni en su origen, ni en su evaluación y resolución.

Estándares.Este fenómeno, estrechamente ligado al que se conoce como el de la "patologización y medicalización de las infancias y adolescencias actuales", avanza así hacia una pretensión de "estandarización", donde el "alumno normal" sería sólo aquel que no manifieste ningún tipo de dificultad o contradicción con lo esperable, de manera tal que, se pierde así la posibilidad de atender a aquellas cuestiones que hacen a su "singularidad". Puesto que son justamente las "singularidades", expresadas o no en un nivel sintomático, las que parecen producir inmediatamente la exigencia de "maestro integrador".

Comienza allí todo un proceso de des-integración. En primer lugar, los padres son citados y se les comunica que su hijo "debe tener maestro integrador porque tiene dificultades". No se trata de conversar acerca de qué puede estar pasándole al niño; es directamente sobre él que recae el estigma. Se les solicita entonces la consulta con un equipo médico, por lo general a cargo de un neurólogo, para que evalúe al niño e indique los tratamientos necesarios para que con prontitud se solucione el "trastorno" que éste manifiesta en el aula, de modo de "normalizar" su funcionamiento en la escuela. Se parte entonces de la idea que sus conductas "desadaptadas" (a las expectativas escolares) remiten a "supuestas deficiencias de carácter neurológico y origen genético" portadas por el alumno, y que se requiere de una intervención médica externa a partir de la cual se habilite la posibilidad de ofrecerle a ese escolar la asistencia educativa que precisa de acuerdo a sus necesidades.

Todo parece indicar que en estos últimos tiempos, sólo con el "diagnóstico/evaluación" de un correspondiente "Trastorno Mental" en mano, las "necesidades educativas especiales" de una llamativa cantidad de niños, derivadas de "etiquetas" del tipo de las que propone el DSM IV como TGD - ADD-H- TEA- TOC- Dislexia, etcétera, pueden ser atendidas dentro del marco de la escuela común, claro que con la asistencia protésica de un "programa/proyecto de integración" que posibilite las adaptaciones curriculares y/u otras necesarias para cada caso (4).

Pagar para integrar.Aparece entonces, nuevamente, la oferta de los mencionados "equipos particulares de integración" y las escuelas privadas. Como pocos pueden pagarlas de su bolsillo, las cubren la obras sociales y las empresas de medicina prepaga. Pero, la ley establece que para esa cobertura se debe contar con un "certificado de discapacidad", cuya tramitación por su parte, parece haberse facilitado en los últimos años para atender de manera más "eficiente" a estos niños portadores de una gran diversidad de "novedosos" síndromes y trastornos neurocognitivos, a los que —además— se les suele indicar como tratamiento de base drogas psicoactivas desde muy temprana edad; complementados con Programas de Adiestramiento Conductuales y o reeducativos que permiten de acuerdo a estas mismas lógicas "reordenar" rápidamente los "trastornos de conducta" que manifiestan los chicos en las escuelas.

La discapacidad certificada y los derechos de los niños en juego. En el marco de este tipo de procedimientos, se explica el incremento significativo de niños y adolescentes que llegan hoy a las escuelas comunes portando certificados de discapacidad. Así, una "medida" que originalmente se tomó buscando que la cobertura vaya a quien realmente lo necesite, hoy parece estar siendo objeto de ciertas prácticas de carácter abusivas que reclaman ser sometidas a un examen crítico para evaluar si con ellas no se están vulnerando los derechos de muchos niñas, niños y adolescentes. De manera particular aquel que sostiene que "todo niño, por el sólo hecho de ser un niño", tiene derecho a recibir toda la atención que precise tanto desde el campo de la salud, como desde la educación y lo social, de modo de garantizar por todos los medios su bienestar e interés superior.

(1) Los aportes aquí referidos forman parte de una serie de trabajos publicados y en vías de publicación que serán presentados en el IV Simposio "La Patologización de la Infancia. Intervenciones inclusivas y subjetivantes en la clínica y en las aulas", que será en Buenos Aires entre el 6 y el 8 de julio próximo (ver en foruminfancias.org.ar).

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