Escenario
Sábado 25 de Junio de 2016

Daffunchio, cantante de Las Pelotas, asegura que "al rock se lo devoró el sistema"

El líder del grupo, Germán Daffunchio, apuntó contra el "rock disney" que impera en los medios. Hoy la banda presenta su nuevo disco, "brindando por nada", en Club Brown.

"Estoy medio dormido, recién me levanto de la siesta", dice Germán Daffunchio al otro lado del teléfono. El líder de Las Pelotas tiene el ritmo tranquilo de Traslasierra, en Córdoba, donde está instalado desde hace años. Sin embargo, de a poco surgirá el Daffunchio más filoso que adora hablar del estado del rock, señalar lo que no le gusta y dejar en claro sus ideas. El motivo de la charla es el nuevo disco de Las Pelotas, "Brindando por nada", que el grupo presentará en Rosario hoy, a las 22, en Club Brown (Av. Francia y Brown). La banda que se completa con Gabriela Martínez (bajo y coros), Tomas Sussmann (guitarra), Gustavo Jove (batería), Sebastián Schachtel (teclados) y Alejandro Gómez (vientos, percusión y coros) volvió este año a las bateas con un álbum que sigue en la búsqueda de la belleza introspectiva de "Cerca de las nubes" (2012), con canciones de guitarras arropadas en capas de teclados y bases electrónicas.

   "Este disco es una resistencia al rock establecido", dijo Daffunchio sobre "Brindando por nada", y la definición es contundente. En charla con Escenario, el cantante y guitarrista también habló del desafío de no repetirse, las bandas nuevas y el gran aprendizaje de no bajar nunca los brazos.

   —"Cerca de las nubes" fue un disco que marcó una diferencia, un disco introspectivo y lleno de texturas. ¿Cómo describirías ahora a "Brindando por nada"?

   —Es una especie de continuidad de "Cerca de las nubes". Digamos que la búsqueda sigue estando y nos planteamos un disco un poco más volador, quizás esa sea la palabra. Sebastián (Schachtel) habla siempre de "profundidad", hablando a nivel sonoro. A mí me gusta mucho este disco, aunque no sé bien cómo lo definiría. A mí las cosas me gustan o no, en nuestra música es así (risas). Lo que pusimos en este disco es una idea grupal, y sentimos que en nuestro trabajo todo pertenece a una misma obra.

   —A veces el disco remite a cierto sonido de los 80, al post punk más melancólico, y otras veces recuerda al Coldplay más climático. ¿Hay nuevas influencias?

   —La influencia de los 80 se da porque nosotros crecimos escuchando todo eso, y uno no puede dejar de ser lo que es. Pero nosotros no somos una banda que busque influencias. No decimos: "vamos a hacer un tema que tenga texturas de Coldplay". Esas son las conclusiones que después sacan los periodistas, los que analizan la música. Nosotros nunca nos fijamos en eso, y realmente es así. Si hay influencias son inconscientes, no son buscadas a propósito. Lo que sí intentamos era hacer un disco un poco más arriba.

   —Pero el título "Brindando por nada" tiene un tono pesimista...

   —Sí, y ese título resume un poco nuestra forma de ser. Hay varios títulos nuestros así: "Esperando el milagro", "Basta". Nuestra intención con el nombre era crear algo de debate, que te digan "por qué «brindando por nada», cuando hay tantas cosas para brindar en la vida". Queríamos generar esa reflexión.

   —Una banda que tiene casi 30 años de trayectoria, ¿cómo se enfrenta al desafío de no repetirse? ¿Es algo que ustedes se preguntan?

   —No es algo que evaluemos todo el tiempo, pero es una consigna de Las Pelotas desde siempre no repetir patrones. Cada disco es una búsqueda. Este disco es una búsqueda que empezó antes de "Cerca de las nubes", empezó con "Despierta", cuando tuvimos que comenzar de vuelta sin Alejandro (Sokol). Todo es una evolución, y es una cuestión de necesidad nuestra. A esta altura de nuestra vida hacemos lo que queremos y sentimos. Nunca sentimos la presión ni le dimos la bola a nada, seguimos siempre haciendo la música que a nosotros nos gusta. Y el público que tenemos es el público que creamos a través de estar tantos años tocando.

   —Ustedes componen entre todos, siempre se habla del "espíritu grupal" de Las Pelotas. ¿Cuál es la base musical de ese espíritu, más allá de la amistad?

   —Eso es imposible de responder (risas). Sí existe una cosa que es netamente emocional en la música que hacemos. Todos los temas reflejan distintas situaciones. Hubo momentos en que yo no me sentía bien y Sebastián me decía, "esa, esa es la melodía, seguí tocando". Y eso sólo nos servía de terapia para descargar lo que nos estaba pasando. El espíritu de Las Pelotas tiene que ver con un grupo que nunca hizo lo que se esperaba que hiciera, hablando de cosas comerciales. Nuestro espíritu es trabajar grupalmente, compartir las cosas que nos pasan. Todo eso lleva a que podamos hacer música juntos. Porque una cosa es la parte poética de la música, tener un grupo de rock y querer tocar, y después está la realidad, enfrentarse en el día a día con un sistema voraz. Cuando vos empezás a tocar la guitarra y soñás con ser músico estás en un plano ideal, pero después cuando sos profesional es otra cosa. El artista, por el sólo hecho de ser artista, se ve obligado a entregar un montón de cosas para poder sobrevivir. Me refiero a eso de hacer canciones que queden bien y que la gente siempre quede contenta. En la Argentina hay muy pocos artistas que se han jugado diciendo cosas diferentes, o al menos poniendo una actitud que no sea la que todo el mundo está esperando.

   —En esta época de MP3 y de escucha tan dispersa ustedes sacaron un álbum que está hilvanado como para escucharse entero. ¿Esa es una especie de resistencia?

   —Sí, se puede ver así. Este disco es una resistencia al rock establecido. Nosotros sentimos que acá en la Argentina, de los grupos nuevos establecidos, no hay ninguno del que podamos decir "uy, qué bueno". En la Argentina se ha creado un patrón de música que suena toda muy parecida: cantantes que cantan todos iguales, guitarras que suenan de la misma manera. Eso lo veo en el rock argentino. Afuera los artistas tienen la gran habilidad de poder mutar. Acá en la Argentina, en cambio, nos hemos quedado. La música refleja lo que sucede en la sociedad. Yo siento que desde hace muchos años atrás, prácticamente desde la llegada de (Carlos) Menem, en la Argentina se empezó sistemáticamente a destruir la cultura. Este es un tema muy delicado porque se puede llegar a interpretar mal. Pero hablo específicamente de la música. Apareció lo que yo llamo el "rock Disney", ese rock del rockero que es hasta agradable, bonito, se viste bien y canta todas canciones para que las mamás les vayan a sacar las entradas a las chicas. Yo soy de una generación que creció con el rock como una herramienta para decir las cosas que uno sentía, una herramienta de cambio.

   —En una entrevista reciente vos dijiste: "Estamos generando una contracultura dentro del rock". ¿Te referías al "rock Disney"?

   —Claro, al rock se lo devoró el sistema. Pero vos lo decís y encima te cuestionan. Te dicen "por qué estás tan enojado". En el rock existen distintas corrientes. Hay una corriente que es muy intelectual, que le vende discos a sus amigos y a las 20 personas que los van a ver, y ellos son felices así. Yo creo que en el arte hay que tratar de expandir. Una de las funciones del arte es generarte algo a vos, una reacción dentro tuyo. Y si te dicen que sos comercial es estúpido, porque todo es comercial, te cobran hasta el nacimiento (risas). Uno tiene que hacer lo que siente en el corazón, y eso ya es una contracultura a lo que se fabrica actualmente.

   —¿Hay bandas que hagan la diferencia? ¿Alguna banda nueva te llama la atención?

   —Hay un semillero tremendo, y Rosario es uno. Yo tengo hijos viviendo en Rosario y ellos me cuentan. Pero no me preguntes por nombres de los grupos (risas), porque hay un montón de material, y no me acuerdo de los nombres. Además no creo que sea muy relevante que alguien te nombre. El camino lo tiene que hacer cada grupo con su arte. Lo más difícil es poder hacer tu música y expandirte, llegar a la gente con lo que querés decir. Es difícil abrirse a la sensibilidad externa. Eso no quiere decir que tenés que hacer la música que quieren los otros. No. Estoy hablando de tener una apertura. Cuando vos intelectualizás demasiado la música te quedás en el intelecto, y la música tiene una parte que es netamente emocional.

   —¿Qué fue lo más valioso que aprendiste en tu carrera?

   —Yo agradezco cada momento de mi vida y la oportunidad de seguir tocando. Cuando vamos a hacer un disco ya sabemos que es un período de extrema comunión, felicidad y lucha. Lo que aprendí después de 30 años de carrera es que nunca hay que bajar los brazos y que uno tiene que luchar por lo que cree. Es lo único que verdaderamente queda. Puedo tranquilamente escuchar desde el primero hasta el último disco de Las Pelotas y no sentirme avergonzado. Y eso no es poco (risas).

   —Hace casi tres décadas que vivís en las sierras de Córdoba. ¿Creés que serías un tipo muy distinto si vivieras en Buenos Aires?

   —Sí, porque la ciudad te enferma. Yo me vine a vivir a la sierras por una elección de vida y una cuestión de salud. En la vida que llevo trato de buscar un equilibrio. Eso no quiere decir que fue fácil. ¿Sabés lo que es viajar todos los fines de semana en micro a Buenos Aires? (risas). Ahora hay micros "ejecutivos", pero los micros fueron cualquier cosa durante años. Los millones de kilómetros que tengo en la espalda no te lo podés imaginar. Pero igualmente valió la pena. No estoy arrepentido. Al contrario. Estoy agradecido de haber tomado la sabia decisión de venir a vivir acá.

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