Cultura
Domingo 18 de Junio de 2017

Una mirada intensa, gobernada por una implacable legitimidad

En los textos de A propósito de las mujeres, la escritora italiana Natalia Ginzburg vuelve a dar pruebas de su talento, de perfume chejoviano

La literatura italiana del siglo veinte ha dejado nombres inolvidables, escritores que pase lo que pase, venga lo que venga, nos acompañarán siempre. A pura memoria, digamos por ejemplo Svevo, Pavese, Vittorini, Pratolini, Bassani, Moravia, Pasolini, Gadda, Sciascia, Bufalino (algunos agregarían a Umberto Eco: pero como narrador no merece homenajes. Y Tabucchi es menor). Si sumamos a los poetas, la lista se torna imponente; Montale, Campana, Saba, Ungaretti, Quasimodo, el Pavese de Trabajar cansa y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Natalia Ginzburg juega en ese equipo. Su obra no es frondosa, aunque sí intensa. Todo de acuerdo con los parámetros de su gran amor literario, a quien biografió: Antón Pavlovich Chéjov.

En la Argentina la difusión de su obra comenzó gracias a la precursora acción de un sello inolvidable: Fabril Editora, que en sus días de gloria tuvo como conductor al gran Jacobo Muchnik y como principal asesor editorial al recordado Aldo Pellegrini. Fue Fabril la que lanzó en la hermosa colección Anaquel, a comienzos de los también hermosos años sesenta, Todos nuestros ayeres.

La obra de Ginzburg que acaba de difundir ahora Lumen es una recopilación de relatos, ilustrada por Oscar Tusquets Blanca, llamada A propósito de las mujeres.

El delgado volumen (apenas ciento doce páginas; en literatura —y en casi todo— calidad no tiene nada que ver con cantidad) arranca con un texto que curiosamente no es narrativo, sino ensayístico: su título es el que da título al propio libro. Y como punto de partida no sólo resulta original, sino que despierta el apetito del lector por seguir adelante. En él, Ginzburg (madre del gran historiador Carlo Ginzburg, que igual que la escritora lleva el apellido de su padre y primer marido de Natalia, Leone Ginzburg, intelectual antifascista que murió tras ser torturado por la Gestapo) despliega su mirada sobre las mujeres, profunda y solidaria, pero lejos de toda forma de demagogia o complacencia.

Lo que viene después de este pequeño manifiesto es una serie de relatos que dejan al lector conmovido. El tono oscila entre una brutal sinceridad —que lejos está de temerle a la crueldad absoluta— y una sensibilidad agudísima, con rasgos poéticos: simplemente chejoviana.

Ajena a la frivolidad del mercado, Ginzburg es una gran escritora. Quienes compren (y lean) este libro, o cualquiera de ella, se tropezarán con una figura inquietante, gobernada por una implacable legitimidad. Y que es capaz de escribir de esta manera: "Las mujeres tienen la mala costumbre de caer en un pozo de vez en cuando, de dejarse embargar por una terrible melancolía, ahogarse en ella y bracear para mantenerse a flote: ese es su verdadero problema... Las mujeres lo que tienen que hacer es defenderse con uñas y dientes de su malsana costumbre de caer, porque un ser libre no cae casi nunca en el pozo ni piensa siempre en sí mismo, sino que se ocupa de todas las cosas importantes y serias que hay en el mundo y solo se ocupa de sí mismo para esforzarse por ser cada día más libre. La primera que debe aprender a actuar así soy yo".


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