Cultura
Domingo 11 de Junio de 2017

Mucho más que geometrías

La obra de la rosarina María Suardi es reconocida mundialmente. En el ECU, una muestra de su producción seduce al espectador por su combinación de refinamiento y potencia

La gran muestra que exhibe María Suardi en la planta alta del Espacio Cultural Universitario (ECU), con curaduría de Rodolfo Perassi, ostenta un nombre que en un principio me sonó antipático.

Geométrica-mente, en una primera y apresurada lectura, parecía rendir tributo a esa moda —¡ah, la tiranía de las modas en el arte!— de someter las palabras a un proceso de desmembramiento, para transmutarlas en dos o más conceptos, diversos y simultáneos.

Pero un análisis más pormenorizado del tema me obligó a reconocer que la yuxtaposición de "geometría y mente" sintetizaba con bastante acierto esa personalísima poética que —sutiles variaciones mediante—María Suardi ha venido defendiendo, con calidad y dedicación igualmente encomiables, a lo largo de una carrera artística de muchos años.

Más allá del vigoroso impacto sensorial —y emotivo— que la producción de María produce en su contemplador, ¿cómo no asociar la rigurosa pulcritud de sus geometrías o la infranqueable frontalidad de sus planos de color, con las abstracciones de la mente o, para mejor decir, con las abstracciones que la mente se adjudica a sí misma, como su elaboración más distintiva y más genuina?

En la hojita plegada que sirve de catálogo a la muestra —y permítaseme la digresión de que un esfuerzo de tamaña magnitud hubiera merecido ser acompañado por un material gráfico de mayor lucimiento— se incluye un comentario crítico nada menos que de Norbert Lynton, quien asegura que, para los ingleses, "las líneas rectas, las formas geométricas, los cuadrados uniformes" (es decir, todos los vocablos que conforman el vocabulario formal de María Suardi), son un material intelectual que "no se parece en nada al arte". Y a renglón seguido, haciendo suya esa picante autocrítica con que los súbditos del Reino Unido suelen flagelar a sus propios hábitos y costumbres, Lynton agrega que lo abstracto (para los ingleses) tampoco es verdadero arte, "especialmente, si no se percibe como un paisaje".

Esta aseveración —pese a su carga de sarcasmo, o quizás a raíz de ella— bien podría servir de punto de partida para alentar otras reflexiones, por demás interesantes.

Es muy probable que una vista de la campiña inglesa, retratada por Gainsborough o Constable, a ciertas personas les resulte mucho más atractiva que un cuadro abstracto, pero sólo por esa malformación interpretativa que, como lo descubriera hace ya varias décadas José Ortega y Gasset, nos impulsa a atravesar "la obra de arte propiamente dicha" como si la misma no existiera, para ir a revolcarnos (creo que esa era la brutal expresión que Ortega utilizaba), en la anécdota que el cuadro condensa y nos relata.

Bastaría un leve ajuste en nuestro aparato perceptivo, en nuestro arsenal de prejuicios y en nuestra predisposición al goce estético, para comprobar que "la anécdota" que las pinturas, la obra gráfica y los objetos de María Suardi relatan, nada tiene que ver con los robles y los pastos, es cierto, pero sí con otras vivencias infinitamente más refinadas y sutiles: la vivencia de una vibrante gama cromática, que muda y se metamorfosea casi sin que podamos adivinar cómo, la de un exquisito diálogo entre lo brillante y lo opaco, la de una mágica generación de profundidades virtuales y de ritmos que, no por congelados, resultan menos intensos, y la de estructuras básicas (ancestrales, diría), que fueron empeñosamente depuradas, hasta librarlas de todo aditamento superfluo.

La obra que María Suardi produjo a lo largo de décadas pareciera compartir con el arte de algunas grandes civilizaciones del pasado la fidelidad a un discurso ininterrumpido, que no se modifica caprichosamente ni a saltos. Pero estas creaciones suyas de madurez, sin traicionar la esencia que las nutre y las identifica con un sello de autor, inconfundible, "transigen" con cierta suntuosidad sin estridencias, y con cierta vocación ornamental sin afectación. "Uno casi se olvida" —vuelvo a transcribir a Norbert Lynton— "de lo simples (es decir, concentradas y económicas) que son al mismo tiempo".

Y tal vez por esa razón es que operan el milagro de integrarse tan cómodamente al espacio que las contiene. Todos sabemos que no es tarea fácil exponer en el ECU, esa suerte de palacio vaticano —no en vano se lo conoce como "la catedral"— donde todas las galas del edificio (mármoles, bronces, estucados) se confabulan para disputarles obstinadamente el rol protagónico a las piezas que allí se dan a conocer.

Es que al margen de la meritoria labor de Rodolfo Perassi como curador, el mesurado barroquismo (ya sé que estoy usando un imposible oxímoron) que lucen estas obras últimas de María Suardi, las torna singularmente aptas para que continente y contenido no colisionen entre sí, sino que se complementen y se potencien mutuamente.

Al final de su comentario Lynton aconseja, no en alusión a estas producciones de María, sino a otras anteriores, puesto que el eminente crítico ya pertenece a la historia: "Mírenlas de a una por vez; es preferible unas pocas detenidamente, y no todas de prisa".

Con igual parsimonia debería visitarse Geométrica-mente, y no sólo para disfrutar de una formulación plástica bellamente concebida y mejor materializada, ya que su factura es inmejorable, sino para homenajear a una artista que, desde Rosario —y sin el aparato de marketing que hoy resulta absolutamente imprescindible para apuntalar a cualquier producto de la contemporaneidad—, cosechó respeto y consideración, en el país y en el mundo.

Rubén Echagüe

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