Cultura y Libros
Domingo 17 de Septiembre de 2017

Una huida del sol que azota cuerpo y alma

Chaco, odio en el Impenetrable, aborda la violencia, el prejuicio y el tedio agobiante en un territorio onírico y real. Marcos Apolo Benítez dibuja su provincia con mordacidad en clave expresiva

La propia tierra como jaula, los paisanos como pesadilla amenazante, el paisaje como promesa de daño certero e inminente. Cuando lo más íntimo produce sensaciones monstruosas un remedio posible es no dejar de hablar de ello, subirse al lomo del dragón hasta el improbable cese del fuego. En Chaco. Odio en El Impenetrable, hay un narrador que busca sobrevivir a la tierra que lo parió. A una magia negra que a todo lo vuelve defectuoso, a un sol que ofusca los cuerpos y las almas, a un sueño maldito que produce soledad y miedo. Sobre todo miedo.

Marcos Apolo Benítez nació en 1983, es psicoanalista, vive en Rosario desde los 18 años pero hasta entonces su vida transcurrió en Juan José Castelli, la ciudad que es el pórtico de esa región de bosque abrumador con resonancias tenebrosas, El Impenetrable. En este libro hecho de textos que retratan aspectos del mundo y de la vida en esa zona el lector va quedando cautivo del latido de una pregunta. ¿Son la misma persona el escritor del libro y el narrador aterrado que trata de ponerse a salvo de una región que describe como meca del prejuicio, de la violencia y del aburrimiento?

La posible verdad está a mitad de camino. Y todo es así en un texto donde las alusiones al suelo y a las almas trastornadas están atravesadas por un lenguaje sarcástico que desea hablar en serio. El narrador está huyendo de todo. Del sol desesperante, del polvo tórrido que nubla la atmósfera y la mente, del hastío que achicharra cerebro y corazón. Y para alejarse se concentra en ese terruño infernal y en su prototipo, el homo chacus, efecto de una inversión del crisol de razas. Si el soñado producto de la argentinidad es resultado de la tolerancia de lo diverso, en Castelli todo se empasta. Los tobas, criollos, italianos, alemanes del Volga, judíos y yugoslavos se odian y se aniquilan hasta la desmesura. "Nunca falta el gringo degollado, el aborigen baleado, la blanquita o india violada y el criollo acuchillado", dice el cronista.

En las enumeraciones de la ferocidad de la luz, de las calles anegadas donde nunca llueve pero siempre hay barro o del tiempo que no pasa nunca se entrelazan una mordacidad intencionadamente ampulosa con filones de bella resolución poética. "Miles de chaqueños mueren bajo ese sol borracho de ira y rencor. ¡Algo habremos hecho para que el sol nos odie tanto!". O sobre la sequía que genera delirios y supersticiones en un desierto donde "el agua mata, cura, contamina, escasea, cotiza".

Con la acidez el autor no busca dramatizar la realidad sino satirizarla. Si la comicidad es una deformación para volver tolerable algo que existe también hay momentos donde, en ese paisaje de víboras en las veredas y batracios obesos, desfilan chaqueños conocidos que producen actos extraños o atroces. Algunos anónimos, como "ese puñado de abogados, jueces, matones y comisarios que son los reyes de ese gran campo-casino de exterminio que es Chaco". Otros auténticos, como el viejo Roseo, tacaño que subsistía comiendo bizcocho en una casucha miserable en La Felicidad, su estancia de 250 mil hectáreas, donde lo asfixiaron con una bolsa de residuos. O el grupo de adolescentes ricos, brutales y tilingos que destrozan a dos linyeras por pura diversión con el amparo de la jerarquía de sus familias opulentas.

Benítez ya va por su segundo libro, La paliza. Aquí comparece el primero, editado por el sello Santiago Arcos, en 2015. Bajo el humor, el ingenio y los juegos de palabras (hermoso chaco, milagroso chasco) en el texto maldito asoma el rasero del escritor psicoanalista, que no puede dejar de hablar de aquello que detesta y agobia lo que se vuelve, por eso mismo, una forma de pasión, seguramente no muy distinta del amor a lo próximo, a lo que es insolventemente propio.

Hernán Lascano

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