Cultura y Libros
Domingo 10 de Septiembre de 2017

Una ciudad que vive y avanza sobre otra que quedó enterrada

El levantamiento de Varsovia el 1º de agosto de 1944 contra el ejército nazi le permitió a Ana Wajszczuk contar la historia de su familia.

A los cinco años Ana Wajszczuk aprendió a escribir su apellido deletreándolo. Y a lo largo de su vida comprobó que todas las personas con las que se topaba, indefectiblemente, lo pronunciaban o lo escribían mal. Pero cuando llegó a Varsovia se encontró con que su apellido corría como el agua clara y era más común de lo que se imaginaba. Y fue ahí que hasta ella lo empezó a pronunciar distinto. Parecido a como sonaba en la boca de sus primas, de sus tíos, de su papá. Ese apellido que en Argentina era "guaisuk", allá comenzó a escucharse "vaishtchuk". Pero no fue lo único que descubrió al llegar por primera vez a Varsovia en 2008. En esas vacaciones, además, visitó el Museo del Levantamiento de Varsovia y se encontró con los nombres de los primos de su abuelo Zbigniew (Wojtek, Barbara y Antoni) grabados en el muro donde se recuerda a los insurgentes muertos en el levantamiento del 1º de agosto de 1944 contra los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial.

Ese movimiento de resistencia, que pensaba extenderse por sólo tres días, duró 63 en total y dejó 200 mil civiles e insurgentes muertos. Dos meses después, la capital polaca fue arrasada hasta sus cimientos. Destruida a ras del suelo por orden de Hitler. De esa tierra no quedó nada, excepto veinte millones de metros cúbicos de escombros.

El Ejército Nacional Polaco (Armia Krajowa o AK) resistió dos meses. Al punto que fue la rebelión más larga y sangrienta, por la respuesta nazi, contra la ocupación. Y a su vez uno de los episodios más desconocidos de la historia por fuera de los límites de Polonia. Es que en cierto modo, ese movimiento de resistencia en que el AK intentó recuperar sin éxito la capital de las manos del nazismo quedó solapado durante el período soviético (el Armia Krajowa se había opuesto también al comunismo). Pero el olvido no pudo reinar. Quienes fueron parte del levantamiento guardaron en su memoria aquella larga batalla.

En busca de la voz de esos sobrevivientes va la autora para entrelazarla con su historia personal en una especie de búsqueda de sus propios orígenes. Wajszczuk —periodista, escritora y editora— ya había escrito en 2004 El libro de los polacos, un conjunto de poemas que bucean en la trama familiar. Hasta ese momento ella conocía muy poco de lo ocurrido hacía más de medio siglo. Su abuelo había muerto cuando era chica y su abuela prefería no hablar de ciertos temas. Pero el correo electrónico de un primo de su abuelo que buscaba información para completar el árbol genealógico de la familia fue la llave para abrir esa parte, hasta el momento fantasmal, de su historia. En esa genealogía, la autora empezó a ver un montón de coincidencias y relaciones que hasta ahí desconocía: nombres, profesiones, cosas que extrañamente se repetían y se habían transmitido de generación en generación a millas y millas de distancia. "Sabía que era la única Ana Wajszczuk de Argentina pero ahí me enteré que no era la única en el mundo. En ese árbol había muchas más", cuenta la autora sin ocultar aún su asombro.

Pero fue recién en 2014 —cuando se cumplían 70 años de la resistencia polaca contra el ejército nazi— que escribió un artículo con sobrevivientes del levantamiento que vivían en Buenos Aires y otras provincias del país. Ahí se empezó a gestar Chicos de Varsovia (Sudamericana, 2017), un libro que se convierte en un mosaico de crónica de viaje, ensayo poético, investigación periodística e histórica, y conmueve a lo largo de cada página.

—¿Qué sabías hasta ese momento y qué necesitabas saber para escribir "Chicos de Varsovia"?

—Sabía la historia de mis tíos y me había impactado mucho por su juventud y por la magnitud de la tragedia. Era muy fuerte que entre los 200 mil muertos haya tres hermanos de mi abuelo. Siempre me había interesado la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto como tragedia extrema. Ya había escrito el libro de poesía, que no me había llevado demasiada investigación sino solamente información del árbol genealógico. A través del árbol empecé a preguntarle a mi abuela acerca de la historia y muchos de esos poemas se basaron en ella. Fue en 2014, cuando era el aniversario, una fecha redonda, digamos, que me encontré con hijos en Argentina que sabían la historia de sus padres. Empecé a hacer una nota para la revista de La Nación y la primera versión tenía 50 mil caracteres, la reduje y quedaba la historia de mi familia afuera. Y ahí me di cuenta que quería hacer algo con ese material porque tenía muchas cosas que no pude contar. Entonces decidí volver a Polonia, porque aunque había ido de vacaciones años antes, no había mirado de esta manera, o no le había puesto el ojo a esta historia. Enseguida me di cuenta que tenía que volver con mi papá, que él era parte clave en esto. Y aunque pensé que tenía todo investigado, comprobé que no era así. Fuimos para el 1º de agosto, para ver cómo eran los actos, quería ver la conmemoración del levantamiento, cómo lo vivía la gente común, ese minuto de silencio en que todo se paraliza para recordar lo que pasó. La ciudad se detiene sobre aquella que quedó enterrada y sobre la que hoy caminamos. Es algo que se realiza desde que cayó el régimen comunista en 1990. El primer día de agosto, la ciudad entera hace un minuto de silencio, en memoria de ese otro 1º de agosto, el de 1944, y ahí estuvimos con mi padre.

—¿Cómo fue recoger los testimonios de los sobrevivientes? Según el libro no todos quisieron hablar.

—Mi tío, el que escribió para contactarse con nosotros, fue una especie de Sherlock Holmes privado. Me facilitó el contacto con familiares de allá, con el museo de los judíos polacos, para saber de la participación de los judíos en el levantamiento. Muchos sabían que no se conocían sus voces y entonces me querían contar todo. En general fueron muy hospitalarios y me recibieron muy bien. A una mujer, Hanna, me costó al principio poder entrarle. No me quería contar pero sin embargo me hablaba una hora por teléfono. De a poco me tuve que ganar su confianza. Mi papá fue una especie de certificado de garantía en toda la investigación.

—Hubo alguien que no quiso contar su historia. ¿Te llevó eso a repensar el modo en que se construye la memoria?

—El peso de esas historias es muy fuerte. Por eso, hay quienes se sienten un poco los cancerberos, o dueños del relato de lo ocurrido. Aparece ahí la pregunta de quién es esta persona que viene para hablar de su tío, de su padre, de su familia, de su historia. Eso me pasó con un hombre al que en el libro menciono como J. y que no quiso hablar y hasta se enojó un poco porque yo rastreara esta historia. Son heridas abiertas durante muchas generaciones y lo que se pone en juego es quién se queda con la memoria. Es como decir que si no lo viviste o no lo llevas en la sangre no sabes qué pasó, no podés hablar de eso que yo conozco porque sí estuve ahí. Como una disputa de poder sobre quién se queda con la memoria. Mientras que toda memoria es un relato y a la vez una construcción.

—Entrelazás poemas, fotos, noticias, cartas, emails. ¿Cómo encontraste el tono en que querías narrar y cómo eso te permitió contar el pasado desde el presente?

—No sabía que iba a hacer hasta que me di cuenta que tenía que escribirlo en primera persona. Lo pienso retrospectivamente y se me viene a la cabeza una frase de William Faulkner: "El pasado no ha muerto, ni siquiera ha pasado". Algo así como que el pasado no pasa nunca, el pasado es siempre presente. Para mí fue como abrir esa puerta al pasado que en definitiva es inapresable. Lo único que podés hacer con el pasado es rondarlo. Porque cuando contás algo que te pasó hace unos años ya no lo contás de esa misma manera en que sucedió. De esa forma la memoria se vuelve siempre algo escurridizo. Quise rondar ese pasado disimuladamente para ver si me entregaba algo de ese tesoro. Y la idea siempre fue no aburrir al lector ni convertir al libro en un libro de historia. Quería que se notara que el pasado es una ficción de la cual nos llegan retazos que armamos como podemos. Me parecía un buen núcleo narrativo esa búsqueda del pasado que está muy presente, pero que es una reconstrucción compleja. ¿Quién sabe con precisión cómo fueron las cosas para esos tres chicos en sí? De los varones, no sabemos qué día murieron, ni si murieron fusilados o en combate. De la mujer se supo un poco más.

—¿Y qué lugar tuvieron las mujeres insurgentes?

—Polonia es un país con una tradición militar muy fuerte. Las chicas no habían colaborado nunca de esa manera. No se les daban muchas tareas en el frente porque las armas eran para los hombres. Ellas más bien eran las mensajeras, las enfermeras de combate, las que asistían en los primeros auxilios. Como muchas me contaron, no eran enfermeras pero hacían de enfermeras. Y también hacían todo lo que les tocaba. Tuvieron más trabajo, y más duro que los varones, pero fueron las menos reconocidas. Eran quienes salían bajo las balas a entregar mensajes y en muchos casos se llevaron la peor parte porque como prisioneras eran violadas. Pero esas son cosas de las que aún hoy no se habla.

—¿Cómo era tu relación con Polonia y esa parte de tu historia familiar antes de este libro?

—Polonia fue siempre un misterio para mí. Desde chica, a mis abuelos paternos que eran los polacos no los veía mucho. No hablaban bien el español, tenían un acento raro, no me cocinaban cosas ricas, no me hacían regalos, no me quedaba a dormir en su casa como sí me sucedía con mis abuelos por parte de mi mamá. Me acuerdo que cuando mi abuelo muere y se organiza una ceremonia a modo de misa llego a la iglesia y leo un nombre que para era impronunciable y desconocido. A él le decíamos Ireneo. Para mí ese era su nombre. Con los años me dieron muchas ganas de conocer Polonia. En 2008 me fui de vacaciones y me enamoré de ese lugar. De sus espacios verdes, de la parte histórica que está completamente reconstruida. Fue conocer una ciudad que le pertenecía a un pueblo que fue arrancado contra su voluntad, expulsado. Esos fantasmas estaban dando vueltas ahí, y aunque posiblemente era más fácil mudar la capital a otro lado, hubo un tesón para construir una ciudad ahí donde todo había quedado sepultado bajo las bombas. Esa perseverancia me intrigaba mucho.

—¿Y qué representó la experiencia de contarlo?

—Fue como un puente hacia ese misterio con la intención de que no se perdiera esta historia. También siento que fue una suerte de homenaje a mi papá. Contarle su propia historia para devolverle esa parte de la infancia vivida. Cuando él llegó a la Argentina los niños como él no iban a guarderías ni siquiera a preescolar. Hasta comenzar la escuela estaban con sus padres en su casa. Su círculo era bien polaco, la misa era polaca, las amistades eran polacas, la comida era polaca. Fue a los seis años que mi papá se encontró con el mundo argentino. Este libro fue un poco devolverle esta historia que había quedado sepultada. Y quizás al poder contarla también me permitió a mí, muy tardíamente, volverme adulta. Algún círculo se cerró.


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